La misión es más grande que las propias ideas o recursos, porque nace de la respuesta a la voz de Dios: un testimonio desde Chile.

Aquí ha llegado el verano con sus 35 grados, la escuela ha terminado y nos estamos preparando para las vacaciones de verano. Aún no me he acostumbrado a vivir la Navidad en este contexto, pero quizás es un bien, algo que me obliga a una mirada más profunda y verdadera sobre la Navidad: el Señor que viene, cómo y cuándo Él decide, rompiendo nuestras imágenes, por muy familiares o gloriosas que sean. Este sigue siendo el punto de conversión que veo más necesario para mi vida. De hecho, comienzo la jornada deseando seguir al Señor y llego a la noche dándome cuenta de haber seguido cualquier otra cosa: mis ideas, mis proyectos de grandeza, mi imagen de sacerdote, mi sed de afirmarme, mi ideal de utilidad…

A menudo pienso que el examen de conciencia de la noche sea la voz del Señor que me pregunta: «¿Cuándo me amaste hoy?». Solo puedo responder revisando la jornada e identificando los signos de Su iniciativa. Lo amo cuando lo que hago no nace de mis imágenes o de mis ganas. Lo amo cuando es Él que me incomoda.

Entonces empiezo a amar más también la regla de la casa, que a veces, y especialmente por la mañana, ¡es muy incómoda! Comienzo a amar más a mis hermanos, a la vida cotidiana banal y repetitiva. Empiezo a amar más los imprevistos e incluso lo que instintivamente evitaría, porque es una señal segura de su presencia.

He sido ayudado y lo sigo siendo a vivir esta conciencia por don Simone, uno de los seis hermanos con quien vivo en nuestra casa de Puente Alto. Estaba acabando un día muy intenso, ya había pasado la medianoche desde hace un rato. Yo y don Marco habíamos vuelto a casa poco antes. Pensábamos que todos estaban en la cama, cuando se abre la puerta y entra Simone, de vuelta del hospital. “¡He experimentado la perfecta alegría!” dice feliz. Luego nos explica que aún no había tenido tiempo de ponerse debajo de las sábanas, que lo habían llamado del hospital para llevar los sacramentos a un moribundo. Sin dudarlo, se había vuelto a vestir y había cogido la bicicleta para correr a abrir las puertas del paraíso a aquella persona.

Realmente es verdad, la “perfecta alegría” nace del responder a la voz de Dios, sin oponer la resistencia de nuestras imágenes, sean las que sean. Ahora pido siempre al Señor de quitar las mil dudas que aún quedan en mí cuando, de las formas más imprevisibles, me pide que Le ame. Hay un punto fundamental donde Él, en esta tierra de misión, quiere ser amado: el pueblo chileno, la gente que encuentro todos los días, siempre nueva y diferente. Cuando aceptamos el lugar donde el Señor nos ha puesto, la gente que tenemos cerca, entonces hacemos la experiencia de la plenitud, porque quien ama el Señor lo tiene todo. Después, justo a través de estos rostros, Él nos muestra su predilección.

Hay un episodio muy sencillo que me ha hecho reconocer esta evidencia. Estaba conduciendo por las callejuelas que rodean la pequeña capilla de San José Obrero cuando Dámaris, una niña de diez años, me para toda contenta para saludarme. “Hola, padre, ¿a dónde vas?”.

“Hola, Dámaris, voy a decir misa”.

“Pero ¿tú eres el jefe de la misa?”.

“No, el jefe de la misa es Jesús, yo soy el que lo ayuda”.

“¿Pero la misa la haces tú?”.

“Sí”.

“¡Entonces eres el jefe!”.

“Está bien, sí, soy el jefe”.

“¡Wow! Y ¿no extrañas a tu familia? “.

“No, estoy feliz aquí”.

“¿Porque tienes misa?”.

“Sí, porque tengo la misa y porque te tengo a ti”.

“Wow!”.

Aquel día, para mí, ha sido Dámaris quien ha puesto voz al Señor.

 

 

Don Lorenzo Locatelli está en misión en Santiago de Chile desde el 2013. En la imagen, junto con algunos chicos durante una excursión a El Quisco, Chile.

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