Stefano Tenti, ordenado sacerdote en Junio, nos cuenta su vocación.

Mi historia es un rio de rostros, dramas, poesías, amores, veladas transcurridas en la playa cantando, deseos, traiciones, gracia. Con el tiempo he percibido tras de todo esto el eco de una voz más profunda, discreta y potente, que ligaba con ello, también, los hechos más misteriosos y dolorosos, que bramaba para alcanzarme, para contarme lo valioso que era a sus ojos, para conquistarme.

No había pensado nunca en hacerme sacerdote, aun cuando había respirado la fe y el Movimiento desde pequeño, en casa. He deseado siempre una vida grande: un buen trabajo, y una bella familia. Así, tras licenciarme en Ingeniería, empecé a dar vueltas por Italia como asesor, mientras comenzaba a trazar un futuro más definitivo junto a una chica con la que estaba desde los años de la Universidad.

En poco tiempo, no obstante, mis proyectos se despedazaron. La relación con mi chica acabó de un modo repentino. El trabajo, que ofrecía tantas satisfacciones y pedía tácitamente que le consagrase la vida, no mantenía sus promesas.

«Stefano, ahora tienes delante un desafío. En cuanto salgas por esa puerta, puedes buscar otra mujer con la que formar una familia. Eres libre de hacerlo, pero te harás de nuevo infeliz a ti y a ella. Debes descubrir si es cierto que Dios puede llenar tu corazón, que sólo el que te ha creado puede ser el soberano de tu alma». Un sacerdote de Bolonia que conocí en la universidad me espetó estas palabras. Al inicio me mantuve como una roca pero no tenía nada más a lo que agarrarme. En el tiempo se revelaron como los fundamentos de un renacimiento.

Me trasladé a Milán. Cambié de trabajo. Comencé a frecuentar un grupo de jóvenes trabajadores del Movimiento. Las palabras de aquel sacerdote de Bolonia continuaron trabajando en mí: pedía a Cristo que me alcanzase con un abrazo más concreto que el de una mujer, que me concediese un rayo de luz sobre mi vida. Y él me mostró que era capaz de llevar al centro de mi corazón personas hasta poco tiempo antes desconocidas, creando relaciones en las que se entreveía la eternidad.

Silenciosamente mi vida comenzó a germinar. Tenía nuevas dificultades con el trabajo a causa de la crisis económica recién estallada, no tenía novia y tenía aún muchas heridas abiertas; y aún así me encontré diciéndole a un amigo: «Aunque pudiese volver atrás, no cambiaría mi vida en absoluto». Así, en una enconada lucha con Dios, acepté volver a darle el mazo de naipes para ver qué juego había pensado para mí.

Entre tanto, Milán se había convertido en una casa, las amistades se habían disparado, las preferencias afectivas renacieron. Una nueva plenitud de vida me estaba inundando. Era, por tanto, el momento de decidir. «¿Me amas tú más que a todo esto?» Es la pregunta que sentí revolverse, la pregunta de un amante celoso, que no acepta competidores, que no se contenta con menos que con toda la vida. Me había dejado esperar, me había hecho esperar y al final he debido ceder. Fue una lucha desigual: ¿quién puede resistirse a la fascinación divina? Desde el momento de ese deseado y tembloroso sí, Dios me está conduciendo hacia horizontes de una belleza y una intimidad inesperada, que mis pobres proyectos no habrían podido jamás ni hacerme acariciar.

 

En la foto, Stefano Tenti durante una reciente peregrinación a Roma con algunos chavales de Reggio Emilia, ciudad donde vive y colabora con el obispo Massimo Camisasca.

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