En el Antiguo Testamento todo es imagen y profecia de Cristo. En este artículo Paolo Prosperi nos introduce en la belleza del Cantar de los Cantares

Cada año, como primera lectura de la misa del 21 de Diciembre, la liturgia de la Iglesia nos invita a leer un pasaje del Cantar de los Cantares que aparece también en las lecturas aconsejadas para los matrimonios: Cant 2,8-14. La razón es sencilla: desde los primeros siglos la Iglesia ha leído este poema como un símbolo del misterio de la Encarnación. Según los Padres de la Iglesia, en efecto, bajo el «velamen de los versos extraños» el poeta sagrado había escondido el misterio de la «bajada amorosa» del Verbo en el mundo en busca de una esposa:

¡La voz de mi amado!
Ahí viene,  
saltando por las montañas,
brincando por las colinas.
Mi amado es como una gacela,
como un cervatillo.
Ahí está:
se detiene detrás de nuestro muro;
mira por la ventana,
espía por el enrejado.
Habla mi amado, y me dice:
« ¡Levántate, amada mía,
y ven pronto, hermosa mía!
Porque ya pasó el invierno,
cesaron y se fueron las lluvias.
Aparecieron las flores sobre la tierra,
llegó el tiempo de las canciones,
y se oye en nuestra tierra
el arrullo de la tórtola.

Ante todo es interesante que la Iglesia proponga de leer este pasaje pocos días antes de la Navidad, o sea en el pleno corazón del invierno. Por medio de esta extraña “asociación” la Santa Madre Iglesia nos sugiere algo más profundo. El “invierno oscuro y gris” de mi mundo, hecho de circunstancias a menudo duras o externamente monótonas, es transformado en una primavera llena de luz y fragancia no a través del cambio exterior de nuestro entorno, sino más bien gracias al asombro frente al amor que ha sacado el Amante divino fuera de sus altas moradas para asumir este mismo invierno oscuro y gris, por puro anhelo de unión conmigo. Quien ama intensamente, de hecho, es llevado por el éxtasis del amor a hacerse uno con el amado en tal medida, que sufre y siente como propio todo lo que el amado sufre y vive.
Aquí está la paradoja de la Navidad: el asombro frente al Dios niño, al Dios que sufre el frío en el pesebre de Belén, tiene el efecto paradójico el calentarse del corazón, como si fuera justamente la necesidad de aquel cuerpecito frío la que nos llena de un extraño calor, de aquella extraña calidez, única, que todos asociamos a la Navidad.
Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2, 12). Estamos siempre en busca de signos “grandes”. Sin embargo no hay signo más grande de este: el milagro que aquí obra Dios, a través de su personal dejarse envolver por el hielo de nuestro invierno, es algo más grande, más asombroso incluso de la mágica superación del mismo. Él lo transfigura. Lo cual significa: Él cambia su significado y su “resultado”, aún sin cambiar su aspecto, la “corteza exterior”, la apariencia. Él recrea, por así decirlo, la oscuridad de la noche de tal forma que la misma oscuridad se transforme en fuente de luz y el en hielo fuente de calor, porque ambos se convierten en signo, lenguaje, “cuerpo” del Amor.

El cervatillo
Fijemos ahora nuestra atención al comienzo del poema, donde la venida del Esposo se describe con la imagen de un joven ciervo:

¡La voz de mi amado!
Ahí viene,
saltando por las montañas,
brincando por las colinas.
Mi amado es como una gacela,
como un cervatillo.

Desde que empecé a ir a correr por el bosque Cabin Jones, detrás de nuestra casa en Bethesda (USA), los ciervos se han convertido en una presencia casi cotidiana en mi vida. Es fácil encontrarlos aquí y a menudo llegan hasta a meterse en nuestro jardín. Una vez, muy de madrugada, mientras giraba detrás de un espeso matorral, me encontré el camino bloqueado por un cervatillo. Quizás por la espesa vegetación no me había oído llegar. Me quedé clavado. Nos separaban a lo sumo dos metros. El magnífico animal me fijaba directo en los ojos, como paralizado. Después de un par de segundos, empecé cautelosamente a moverme hacía él para intentar acariciarlo… pero en vano: aún no había levantado el brazo que aquel con un increíble doble salto ya había volado. Mis pensamientos corrieron de forma espontánea al poema del Cantar. Me parecía entender mejor el sentido profundo del lenguaje bíblico. No existen montañas, ni siquiera “las montañas” de mis pecados, que puedan impedir al Señor de alcanzarme: con la misma libertad soberana, con la misma facilidad y graciosa naturalidad de aquel ciervo, Él es capaz de saltar por encima de cualquier obstáculo, para hacerse presente donde quiera que esté. El amor del Señor es así: irrefrenable, incontenible, libre, realmente todopoderoso.
Incluso el pobre pesebre de Belén nos lo atestigua: no existe lugar, ni siquiera el más improbable, donde el Señor no sea capaz de “saltar”. Nuestra tentación, al contrario, es la de meterle en una jaula: en la jaula de nuestros proyectos, de nuestras expectativas, de nuestra medida. Pero esto significa impedirnos gozar del aspecto más bello, más espectacular, de Su poder de hacerse presente: es decir justamente Su libertad soberana, Su poder de irrumpir inesperado en las situaciones más imposibles.
La actitud opuesta es lo que Jesús llama “pobreza de espíritu”, a la que el mismo cantar de los cantares nos introduce en el misterioso final. Justamente en el último verso vuelve la imagen del cervatillo, pero esta vez la amada, en lugar de abrazarlo, parece extrañamente invitar el Amado a huir, a volver a las montañas de los aromas de donde Él ha venido. Pero ¿cómo? Desde el comienzo y por todo el poema, la esposa no había hecho otra cosa que atormentarse y afligirse por las frecuentes ausencias del Amado. ¿Por qué ahora ella parece empujarle a volver a alejarse, casi como para volver a empezar todo de nuevo?
Porque ella por fin ha entendido. A través de un doloroso camino de “iniciación”, la esposa ha entendido que para entrar en la “felicidad plena” de la comunión con Él ella debe dejarle libre de venir siempre de nuevo cómo y cuándo Él quiera, para poderla sorprender con manifestaciones de amor siempre nuevas y más grandes. «Si comprehendis non est Deus», escribió Agustín. >Esta “incomprensibilidad” no es un concepto negativo, si no que es la figura de la inagotable riqueza del misterio del Tú que, en cuanto libertad personal, tiene el poder de cantar la misma canción de forma siempre distinta y siempre nueva.
María, la esposa por excelencia del Infinito dios, nos guía en esto. Así don Giussani ha sintetizado la postura de la Virgen delante del misterio del Señor: «La Virgen ha respetado totalmente la libertad de Dios, ha salvado su libertad; ha obedecido a Dios porque ha respetado su libertad: no le ha contrapuesto un método suyo. Aquí está la primera revelación de Dios».

Ahí está, se detiene detrás de nuestro muro
Para concluir, volvemos una vez más a nuestro pasaje del Cantar. Tan pronto el ciervo/Amante llega frente a la puerta de casa de su amada, su ímpetu desenfrenado parece calmarse de repente. Él no intenta entrar, ni siquiera llama. Se detiene detrás del muro a mirar por la ventana, espía por el enrejado:

Ahí está:
se detiene detrás de nuestro muro;
mira por la ventana,
espía por el enrejado.
Habla mi amado, y me dice:
« ¡Levántate, amada mía,
y ven pronto, hermosa mía!

He aquí otro misterio: si Él está tan ardiente de pasión, ¿por qué no trata de entrar? Porque es un verdadero amante y por lo tanto no quiere imponerse con la violencia, Él se para respetuoso frente al “muro” de mi libertad. He aquí entonces otro aspecto del amor de Dios que se revela por medio de la “ventana” del cuerpecito del Niño Jesús: la “castidad” y con ella la sed del Señor de recibir de Su criatura una respuesta libre a Su iniciativa.
Justo velándose en la oscuridad del hambre y la sed del Santo Niño de Belén, Dios abre el “espacio” al libre movimiento de la fe, y así revela una hambre y una sed bien distintas: Su infinita sed de mi atención. Porque solo ojos bien atentos saben ver aquello que no está inmediatamente a la vista. A menudo, como escribas y fariseos, nos quejamos porque el Señor no nos desborda con signos más gloriosos, más poderosos. Y sin embargo ¿no es justamente el hecho de que se abstiene a menudo de hacerlo, que Él “vela” Su gloria, dejándola translucir a través de “las rejas” de las circunstancias de cada día, el don más “glorioso”? Es justamente cuando se “vela”, de hecho, que Él expresa toda su hambre y sed de que responda con mi atención a la suya. Es justamente entonces cuando Él me está mirando “a través de las rejas”; es justamente entonces cuando Él me está mirando hambriento de mi atención, como aquel pequeño niño en el pesebre miraba su madre, hace dos mil años.

En la imagen, un detalle del mosaico del ábside de la Basílica de San Clemente en Roma.

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