Lo que sé sobre el Paraíso me lo ha mostrado gente que se ha preparado para ir allí.
El Paraíso es un lugar donde encontraremos a nuestros santos.
Pienso en Marisa, una simpática viejecita que he conocido en Canadá, donde en nuestra casa se le encomendó una parroquia italiana. Marisa había emigrado hace muchos años y ahora estaba sola y enferma. No hacía más que hablar de «su Madonnina» [N.d.T.: «su Virgencita»], su constante fiel compañera. A veces, al final de la misa, se cantaba «Iré a verla un día», un hermoso canto mariano que habla del cielo y del encuentro que tendremos allí con María. A Marisa le gustaba mucho, es más, ella realmente lo vivía. Cada vez que se cantaba, al llegar a las palabras «iré a verla…» se oía, desde el final de la iglesia, un fuerte y espontaneo « ¡Ojalá!».  Era siempre Marisa que no refrenaba su alegría al pensar que un día hubiera ido a estar con «su Virgencita».
El Paraíso es un lugar donde podremos realmente ayudar a aquellos que amamos.
Me lo decía siempre el señor Pedro. Cuando estuve en Chile iba a verle cada sábado, en su pobre casa de Puente Alto, en la periferia de Santiago. Él estaba siempre allí, atrapado en su cama por una enfermedad. Pedro había sido un gran trabajador y ahora sufría sobre todo debido a su inactividad. Veía que su esposa, su hija y sus nietos vivían en la pobreza y no había ningún hombre para llevar la casa. Hubiera querido hacer tantas cosas y en cambio tenía que estar allí, postrado en la cama, y pedir ayuda para todo. Pero tenía una gran certeza. «El Señor me está llamando – me decía – y pronto podré realmente ayudar a mi familia, porque yo los conozco bien y diré a Dios lo que necesitan». Desde entonces pienso en mis abuelos y en mis amigos como aquellos que me conocen bien y saben qué pedir a Dios. Es verdad lo que decía Santa Teresita de Lisieux: «Existe un cielo, y este cielo está poblado de almas que me aman, que me miran como a una hija».
El paraíso es un grito de nuestro corazón.
Hay en nosotros algo del cielo, una semilla de la vida eterna. Me lo dijo un día mi amiga Marta. Estaba enferma de un tumor que la habría llevado a la muerte a los pocos meses, con 27 años. Un día por teléfono me contó asombrada de cómo, dentro de todos los dolores y las fatigas de la enfermedad, vivía una profunda certeza: «El mío es un caminar hacía la vida, estoy segura». Es verdad. El nuestro es un camino hacia la vida verdadera. Cada acción pide el Paraíso, pide que todo sea eterno y lleno de sentido. Que todo esté unido. En nosotros hay una especia de nostalgia del Paraíso, porque todo en nosotros clama por una vida sin fin.
El Paraíso es una promesa recibida.
Hace algún tiempo hablaba con un querido amigo ateo. Me dijo de una manera provocativa: «Pero ¿qué es el Paraíso en el fondo, si no una convicción para consolarse? ¿Cómo te has convencido tú?». Me dejó helado. El Paraíso no es una convicción. Una convicción no te sostiene en las últimas horas, se desvanece delante de la muerte. El señor Pedro, la señora Marisa y Marta no estaban convencidos, estaban ciertos. El Paraíso no es una convicción, es una promesa que hemos recibido. Entonces la verdadera pregunta no es como convencerse del Paraíso, si no quien es Aquel que nos lo promete.

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