El 25 de Marzo, en Roma, en la parroquia Madonna del Rosario, sor Erika Bracaglia de las Misioneras de San Carlos Borromeo emitió sus votos definitivos en las manos de la superiora Rachele Paiusco. Al mismo tiempo se celebró el 10º aniversario del reconocimiento eclesial de las Misioneras. Publicamos su historia.

Cuando era niña yo también soñaba, como Cenicienta, con encontrar un príncipe azul y vivir en un castillo: quería ser una buena princesa amada por todos. Deseaba ser feliz. Hoy puedo decir que vivo una vida llena de alegría y quisiera contar el camino que me trajo hasta acá.

Crecí en Frosinone, ciudad en el corazón de Ciociaria, lugar donde pasé mi infancia y juventud y donde mi vida fue marcada por un encuentro fundamental. Agradezco a mis padres por el don de la vida y por haberme educado en la fe cristiana. Mi padre es un hombre generoso, siempre atento a satisfacer cualquier necesidad de la familia; de él aprendí la precisión, el orden, la atención a las personas y a las cosas, los buenos modales. Mi madre es una mujer afectuosa, que me enseñó la devoción a Dios y el respeto de las personas. Gracias a ella no abandoné completamente la Iglesia en los momentos de inquietud en los que habría querido hacerlo. ¡De ella aprendí a cocinar tantos platos típicos de la tierra ciociara de los que estoy orgullosa!

Asistí al instituto Técnico Comercial y después me inscribí en la facultad de Economía y Comercio de la universidad de Cassino. Para pagar los gastos trabajaba en una concesionaria de autos donde hacía de todo un poco. Aparentemente, no me faltaba nada: tenía un trabajo, un novio, los amigos con los que salía el fin de semana, de vez en cuando daba algún examen. Seguía yendo a misa los domingos, pero solamente por deber y para no disgustar a mi mamá. Cada vez que podía, encontraba una excusa para no ir. Llenaba las jornadas haciendo cosas lindas; y sin embargo, en la noche volvía a casa con una sensación de insatisfacción y de aburrimiento. Tenía todo pero no sabía quién era y qué quería de verdad. Era una muchacha frágil, que difícilmente tomaba decisiones sin seguir las elecciones ajenas por el temor a recibir críticas.

En el 2004, la Fraternidad San Carlos abrió una casa de sacerdotes en mi parroquia y mi hermana Katia me presentó a padre Mario Follega, con el que empecé una linda amistad. Cada domingo, después de la misa de mediodía, iba a saludarlo a la sacristía. Él me recibía siempre con la pregunta: “¿Cómo estás?”. Al principio me las arreglaba con un fugaz “Bien, gracias”: me había acostumbrado a considerarla una pregunta retórica. Pero con el tiempo descubrí que esas palabras no eran para nada banales. Padre Mario estaba verdaderamente interesado en saber cómo estaba llevando mi vida. Su pregunta pedía una respuesta leal de mi parte: fue así como empecé a mirarme a mí misma y no solamente a lo que hacían los demás. En ese momento empecé a cambiar. Recuerdo en particular la noche de un domingo de marzo del 2005: estaba en la oficina y algo me turbaba. De pronto me puse a llorar y escapé de ese lugar tan familiar que sin embargo en ese momento me parecía oprimente. Fui a misa a la iglesia del Sacro Cuore y me confesé. El sacerdote me propuso vernos el día siguiente, pero yo necesitaba hablar en ese momento. Daba vueltas por las calles de la ciudad, en el auto, sin una meta, y llegué delante de la parroquia de padre Mario. Eran las ocho de la tarde, algunas personas salían todavía de la iglesia, entré y me senté en la última banca. Padre Mario me vio y se acercó: le conté mi malestar.

Desde entonces, las conversaciones con él y la participación en la Escuela de Comunidad me han ayudado a mirarme dentro, hasta llegar a la decisión más importante, la decisión de dar la vida al Señor. ¡Nunca me he sentido tan segura de haber hecho la elección adecuada!

El encuentro con padre Mario y la compañía de los amigos del movimiento han sido el modo en que Dios se ha presentado a mi vida, el modo en que Él me ha hecho objeto de Su amor, transformando mi vida. Me he sentido amada y estimada con todos mis límites. Cuando uno se siente mirado así, encuentra el coraje de vivir plenamente su vida, sin tener miedo de nada, con la mirada vuelta hacia el Alto. Siempre trabajando, me titulé. Deseaba vivir como los sacerdotes de la casa de Frosinone, quería llevar al mundo la mirada de Cristo y seguir el carisma de don Giussani dentro la compañía de la Fraternidad. Fue entonces que encontré sor Rachele, que había dado vida a las Misioneras de San Carlos.

En estos seis años pasados en la Casa de formación, he podido experimentar el abrazo de Dios a mi vida a través de la compañía de las hermanas y la enseñanza de los superiores. El desafío ha sido descubrir los talentos que el Señor me ha donado y usarlos en el mejor modo para servir la obra de Dios.

Hoy tengo la responsabilidad del economato del instituto. Aunque tenga un gran deseo de partir para la misión, estoy feliz de esta tarea que me permite descubrir otras cosas de mí misma.

Sigo experimentando el ser mirada y amada, y me siento feliz como una princesa en su reino. Por esto quiero decir mi sí definitivo al Señor, perteneciendo para siempre a las Misioneras.

 

En la foto, sor Erika con algunos chicos de la parroquia romana de San Eusebio.

lea también

Todos los artículos