Acercándonos a la mirada que Jesús tiene sobre nuestra vida, el catecismo se vuelve ocasión de un cambio de perspectiva. Testimonio desde Ciudad de México.

Durante la misa, el sacerdote hace preguntas a los niños sobre el contenido de las lecturas. Los niños cantan, leen las partes del día y llevan los dones al altar. Pero lo que realmente sorprende es la profundidad y sencillez de sus respuestas. «¿Quién es el profeta?». «El que reconoce la voluntad de Dios y la manifiesta a los hombres», responde Raquel, una niña de doce años. «¿Por qué no se puede servir a dos señores, Dios y el dinero?». Israel –denominado el «teólogo»– responde: «Un hombre rico piensa que lo tiene todo, pero siempre está triste. En vez de lanzarle hacia arriba, el dinero lo tira hacia abajo».
No faltan momentos divertidos: «¿Qué significa el fuego eterno del que Jesús habla en el Evangelio?». Un niño levanta la mano: «Seguramente es el mar Rojo».
Es bonito ver que también algunos adultos participan con gusto en el momento de las preguntas. Muchos van a esta misa y, aunque pedimos a los niños que antes de responder levanten la mano, a veces un adulto responde precipitadamente provocando la risa entre los más pequeños. Para ellos, la catequesis es la mayor contradicción respecto a su modo habitual de vida. En definitiva, se trata, en todos los sentidos, de una «revolución» divina.
También es así para las catequistas. Todos los jueves por la mañana nos vemos para preparar la catequesis del fin de semana. Siempre concluimos con un tema sobre el que profundizar: la creación, Adán y Eva, Caín y Abel. Las catequistas tienen que prepararse, partiendo de su experiencia personal y de lo que más les sorprende.
Al principio de este trabajo en común había una cierta resistencia: «Padre, antes leía la Escritura y entendía todo. Ahora ya no entiendo nada», dice una de ellas, medio en broma. Después de dos años de trabajo juntos, son las primeras en buscar este momento de generación común. «Padre, hemos leído muchas veces estos textos, pero ahora, mirando nuestra experiencia, nos damos cuenta de que son más verdaderos, nos hablan».
Para ellas no ha sido fácil poner en duda el modo tradicional de hacer catequesis, basado solo en el aprendizaje a memoria de ciertas verdades doctrinales. Ahora empiezan a descubrir que el estudio directo de la Sagrada Escritura se convierte en ocasión de crecimiento personal.
Cuando trabajamos sobre el tema de los encuentros de Jesús, por ejemplo, intentando identificar los rasgos característicos de su rostro, fue bonito ver en ellas un cambio de perspectiva. Fueron momentos de verdadera conmoción.
Comentando el encuentro entre Jesús y Zaqueo, una catequista decía: «Padre, he entendido que en mi vida sucede lo mismo que le sucedió a Zaqueo. Mi marido y yo nos escondemos frecuentemente el uno del otro, para no mirarnos. He entendido que Jesús, de un modo imprevisible, siempre toma la iniciativa y se revela a nosotros de un modo más verdadero. Después de haber leído el episodio del Evangelio, hablé con mi marido de muchas cosas que tenía olvidadas». Un hecho simple revela un profundo cambio. Abraza lo que Dios hace suceder y nos abre al secreto para afrontar los desafíos de la vida.
Como dijo una vez Massimo Camisasca: «Nuestra vocación tiene que ver con el presente y el futuro del mundo más que cualquier otra vocación, porque nos hace partícipes del corazón con el que Cristo mira la historia, ama el mundo, lo renueva y lleva a los hombres al conocimiento y a la experiencia de su destino».

 

(David Crespo, 36 años, es vicario de la parroquia María Inmaculada, en Ciudad de México. En la foto, con algunos jóvenes de la parroquia).

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