Al donarnos a los demás somos instrumentos del diálogo entre Dios y los hombres. Testimonio desde Taiwan.

La señora Songmei tiene en torno a 65 años. Está paralizada por una enfermedad degenerativa, que le llevó de ser una bailarina profesional a estar actualmente en una silla de ruedas. Cuando la conocí, casi no podía caminar. Vivía con una señora que cuidaba de ella. Después, de repente, la cuidadora se fue, dejándola sola, lo cual forzó a la familia a tener que trasladarla a una residencia.

La segunda vez que fui a verla como sacerdote, llevaba poco tiempo en la residencia. Cuando la vi, estaba deprimida y sin fuerzas. A pesar de que su casa era humilde, la residencia no era tan acogedora y las personas que vivían allí se encontraban en unas condiciones peores a la suya. Nos pedía que le ayudáramos a volver a casa, se lamentaba del hecho de que su familia le hubiese obligado a ir allí. Nos decía que no podía ni levantarse para tirarse por la ventana. Viendo su estado de ánimo, intentamos asegurarle de cuánto le quería su familia. Le animamos a rezar, a ofrecer su sufrimiento y a fiarse del Señor. Justo aquel día, llevaba conmigo un rosario con la imagen del padre Pío. Así, prometiéndole que le habría contado su vida, le di el rosario.

Songmei empezó a rezar más. A pesar de que las dificultades seguían, la veía más tranquila, con el rosario al cuello. Una de las sorpresas más bonitas sucedió una vez cuando, nada más llegar a la residencia, me preguntó: «¿Podría recibir la eucaristía?».

Siempre me sorprendo cuando voy a llevarle la eucaristía, porque realmente sucede el encuentro entre ella y Jesús. Yo solo soy el emisario, llamado a servir a esta relación, a veces con las palabras, explicando alguna lectura del Evangelio, a veces con el silencio, dejando que hable la liturgia.

Al cabo de unos meses de sufrimiento y soledad, vividos con más confianza gracias a la fe, Songmei consiguió otra cuidadora y pudo volver a casa. Le expliqué mejor la historia de padre Pío. Quería que viese la película sobre su vida pero al llegar a la mitad, con subtítulos en chino, tuvimos que cortar porque Songmei no podía mantener los ojos abiertos. Debido a su enfermedad tiene problemas de vista. Mientras tanto, sin embargo, su fe ha crecido. Se han dado episodios inesperados.

El primero fue cuando me pidió confesarla. Habilitamos un lugar en la cocina y le confesé antes de volver con el resto. La primera vez que le habíamos propuesto la confesión no había entendido su valor. Pero aquel día, sí. El segundo momento fue cuando vimos la película. Me dijo que tenía una gran necesidad de conocer más las Escrituras y me preguntó: «¿Qué diferencia hay entre Antiguo y Nuevo Testamento?». Me sorprende su necesidad, que no puede darse por supuesto. Entiendo que sus ganas de aprender más sobre las Escrituras son un modo de profundizar más en su relación con el Señor.

Desde que soy sacerdote estas visitas me ayudan a aprender a vivir la caridad, a donarme a los demás como Jesús, que nos permite convertirnos en instrumentos a través de los cuales Dios y los hombres vuelven a dialogar.

 

(Antonio Acevedo, sacerdote desde 2018, es misionero en Taipei, Taiwan. En la foto, Phil Stokman, seminarista, durante la caritativa en una residencia de ancianos).

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