El encuentro con los detenidos en las cárceles en Rusia: la confesión instrumento de esperanza.

La cárcel nº 22, situada en Pot’ma, a 400 km. de Moscú, no es de grandes dimensiones: acoge 250 detenidos divididos en cuatro edificios de dos pisos y se presenta como un pequeño pueblo rodeado de altos muros de chapa, con la parte superior recubierta de alambre de espino. La miseria hace parecer más bellas las flores que los presos cultivan en verano, en el terreno que circunda los varios edificios, como un rayo de sol que atraviesa un lugar oscuro y lóbrego. Hasta hace dos años la prisión albergaba sólo extranjeros: por ello, se traían aquí a todos los católicos condenados en la Federación Rusa. Es ésta la razón por la que el sacerdote anterior a mí que se ocupaba de ellos, durante muchos años, ha podido construir una pequeña iglesia católica al lado de la ortodoxa. El verano pasado, gracias al dinero ofrecido por la comunidad italiana de Moscú, los presos, con conmovedora pasión, han podido restaurar la que consideran su iglesita. “Tras estos muros me siento libre” me ha confesado Adam, un polaco, mostrándome el trabajo que habían realizado. Ha sido nuestro último encuentro: pocos días después, ha recibido la extradición y ha vuelto finalmente a su país.
Entre las cuatro paredes de esta iglesia, encuentro a los presos. Llegan de uno en uno, tras haber recibido el permiso del director de la sección educativa. Cuando entro, habitualmente ya están todos. Los saludo y me coloco al fondo, para comenzar las confesiones. Cuando vino a confesarse por primera vez, C. me dijo que no lo había hecho antes por temor a que mi modo de mirarlo pudiese cambiar. Es el temor que tenemos todos, el de ser juzgados a partir de nuestros límites. Es inevitable para quien no reconoce o no sabe, que Dios se ha hecho hombre para que el pecado no fuese la última palabra sobre nuestra vida. Después de haber confesado, celebro la Santa Misa. La homilía es la catequesis que tengo sentado junto a ellos sobre los bancos. Al final, merendamos con el té y el poco de comida que me permiten traer: salami, queso, fruta, chocolate…
En Marzo ha llegado García, 25 años. Viene de ciudad de México donde está inscrito en el segundo año de la facultad de Matemáticas y Cibernética: está en Moscú por un intercambio cultural. Le han impuesto una pena de doce años de cárcel en régimen estricto por posesión de unos pocos gramos de heroína. En Rusia, las penas ligadas a la droga son muy severas. Un compañero de García ha colaborado con la policía y lo ha acusado para obtener una reducción de pena. Una vida destrozada: en la cárcel no es posible continuar estudiando. Frente al sufrimiento de García, me doy cuenta de cómo una bravata juvenil puede condicionar toda la existencia de una persona y tengo un sentimiento de impotencia terrible. No hay condiciones que puedan cancelar el deseo de felicidad con el que Dios te crea. No es humano vivir años, ni tan sólo un día, poniendo este deseo entre paréntesis, en la espera de que se creen las condiciones en las que este deseo pueda ser satisfecho.
“¡Padre, no puedo más!”. “García, no desesperes, no permitas a nadie privarte de la libertad, incluso aquí dentro, y de la posibilidad de estar alegre, incluso en el dolor. Pide a Cristo vivir estos años, no como en una fosa sino como en un camino hacia tu cumplimiento. Es el desafío que Jesús te plantea a ti que, como yo, como todos, tienes necesidad de ser feliz ahora, no cuando salgas de aquí”.
Cuando hablo con los detenidos, me parece claro que ninguno, habiendo perdido la esperanza, puede recuperarla por sí solo. Es necesario que te llegue a través de otro. Esto vale para García y para mí: también yo, en efecto, estoy tentado de pensar que mi alegría me viene da aquello que vivo ahora o de los frutos de mi trabajo, poniendo entre paréntesis a Aquél que da sentido a todo.
Frenk viene de Camerún. Desde hace algunos meses no participa en nuestros encuentros porque se halla en una celda de aislamiento por mala conducta. Tras muchas peticiones, finalmente, me permiten de verlo durante unos pocos minutos. Un policía me escolta de una puerta a otra, en un camino que recuerda los círculos del infierno de Dante. La celda está completamente cerrada por una puerta blindada. No le han avisado de mi llegada: no olvidaré jamás la mirada estupefacta y alegre que me devuelve cuando sus ojos se encuentran con los míos. El entorno es pequeñísimo: una mesita de noche, una silla, un tablero colgado de la pared que de noche se convierte en cama, sin colchón. “Padre, ¿qué puede hacer por mí?” me pregunta Frenk tras un largo momento de silencio. “Te puedo confesar” le respondo. Él cae literalmente de rodillas y yo le absuelvo, desde detrás de los barrotes, tras haber oído sus pecados. Entiendo que cada uno de nosotros puede estar contento, aún en las circunstancias más terribles, sólo si reconoce que hay alguien, presente hoy, que tiene en el corazón tu destino, que te ama.

(Foto Andrey – flickr.com)
giampiero caruso

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