La santidad de la Iglesia, reflejo del rostro de Cristo, permite que los cristianos sean santos y que el mal sea salvado. Una reflexión de Francesco Ferrari.

San Ambrosio decía que la Iglesia es como la luna, que no brilla por tener luz propia sino gracias a la luz del sol. Del mismo modo, la Iglesia brilla como reflejo de la luz de Cristo.

Se trata de una imagen fascinante y rica, porque nos ayuda a profundizar en el origen de la belleza de la Iglesia. ¿Es posible hablar hoy de una Iglesia bella, de una Iglesia santa? La Iglesia está formada por hombres pecadores, y el pecado no tiene nada de bello. Es cierto que hay muchas experiencias positivas, pero el amor hacia la Iglesia no puede sostenerse en la medida en que haya más buenos que malos.

Creo que lo que está en juego es volver a emitir un juicio claro sobre qué significa la santidad, y, por tanto, la belleza de la Iglesia.

Cada vez más, debido a los mensajes mediáticos, en nuestro camino se puede dar una confusión: juzgamos la santidad de la Iglesia en función de la bondad o maldad de sus miembros. Del mismo modo, podríamos juzgar a un equipo de fútbol únicamente partiendo de la habilidad de sus jugadores. Pero ésta es una lógica demasiado mundana, que trae consigo juicios desastrosos. Ante todo, esconde una idea de santidad reducida a la perfección moral, como si coincidiese con un modo de ser intachable, a un tipo de santidad sin Cristo que no tiene nada de fascinante. En consecuencia, se reduce la santidad de la Iglesia a la capacidad de los fieles. Si la Iglesia es santa porque los cristianos son buenos o coherentes, hay dos alternativas: o negamos la santidad de la Iglesia porque existen demasiados pecados, o la reducimos a una asociación en la que solo entran hombres perfectos, ya salvados. La santidad de la Iglesia no nace de nuestra “santidad”. Tiene otro origen. La Iglesia es santa porque Cristo la ha elegido. Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella (Ef 5, 25). La santidad no es una conquista de la coherencia humana, sino un don de Dios, quien elige a algunos hombres. San Pablo usa esta imagen del matrimonio para explicar la unidad definitiva entre Cristo y la Iglesia. La Iglesia es esposa de Cristo. De Él proviene la santidad y la belleza. Como la luna, que brilla gracias a la luz del sol.

Hace tiempo, cuando empecé a formar parte definitivamente de la compañía de GS (Gioventù Studentesca) no fue porque aquellos jóvenes fueran especialmente geniales, que por sí mismos eran más bien débiles como yo, sino por la pretensión escandalosa que anunciaban: «¡nosotros somos felices porque aquí está Cristo!». La belleza de la Iglesia es reflejo de la belleza de Cristo. Aquello que fascina a cualquier hombre es que en esta compañía de pecadores habita el más bello de los hombres (Sal 44). El mal de los hombres, aunque los aleje de Cristo, no puede eliminar el hecho de que Cristo haya querido a la Iglesia como esposa. Es precisamente este amor de Cristo el que hace renacer en nosotros el deseo de convertirnos, de cambiar, de ser santos.

No es la santidad de los cristianos lo que permite a la Iglesia ser santa, sino que es la santidad de la Iglesia, puesto que es amada por Cristo, la que permite que los cristianos sean santos, en función de su disponibilidad para caminar en ella. Aquellos jóvenes que encontré en bachillerato no eran perfectos, pero estando con ellos mi vida empezó a cambiar, a ser renovada por la presencia de Cristo, que brillaba a través de sus rostros.

El mal, que a veces parece que cubre todo alrededor nuestro, no podrá jamás eliminar la verdadera santidad y la verdadera belleza de nuestra casa. La Iglesia es esposa para siempre, unida a Cristo, que será siempre camino hacia Él, signo que indica Su presencia real en medio de nosotros. Es bella y santa porque Cristo es fiel. En toda la Biblia, la Iglesia tan solo dice una palabra (es en el Apocalipsis). Se vuelve hacia el Esposo y le dice: ven.

 

(En la foto, Ruben Roncolato, en la entrada de la capilla de Nuestra Señora de Lourdes, en San Bernardo, Chile).

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