El padre Paolo Paganini ha estado en Madrid para contar cómo es su misión a 40 grados bajo cero en una de las zonas más gélidas del planeta.

Desde octubre hasta abril la temperatura media en Novosibirsk (Siberia) es de menos 40 grados, pero el padre Paolo Paganini, de la Fraternidad San Carlos Borromeo, coge a menudo el autobús o el tren para visitar a los fieles católicos de su misión. Son apenas 20.000, pero en ocasiones tiene que recorrer hasta cuatro horas para celebrar un funeral o presidir la Eucaristía.

«El clima es muy frío, pero se puede soportar», dice con humor, mientras explica que muchos de los católicos en esta gélida zona de Rusia son hijos o nietos de deportados, muchos descendientes de alemanes que repoblaron el Volga por órdenes de Catalina la Grande, y enviados al exilio cuando Hitler entró en la URSS. También hay descendientes de polacos del siglo XVIII que tras unas revueltas fueron deportados a Siberia por el zar; y, más recientemente, ucranianos emigrados al norte para trabajar en los campos de petróleo.

«Son exiliados como nosotros», dice entre risas Paolo. «Cuando cayó la URSS, pidieron sacerdotes que atendieran a la población católica, y nos hicieron llegar a la petición a nosotros», cuenta. Hoy hay allí tres curas, todos italianos, dedicados por entero a los católicos de la zona. «Es gente de mucha fe, muy religiosa. Los que sobrevivieron a las deportaciones intentaron conservar la fe de su familia. Han vivido su fe en casa durante muchos años».
«Cuando cayó la URSS, muchos esperaron un renacimiento de la fe después de tantos años de comunismo, pero a día de hoy la situación no es muy distinta de la de Europa. Sin embargo, hay una diferencia: aquí la gente tiene una idea positiva con respecto a la religión, sin los prejuicios negativos que te puedes encontrar en Europa», cuenta.
«Aquí tienen fe hasta los borrachos. Una vez un hombre bastante bebido vio mi alzacuellos y me pregunto: “¿Puede perdonar mis pecados?”, y me pidió rezar por él. Me llamó mucho la atención. Existe un interés muy genuino, aunque muchos no hayan dado el paso definitivo hacia la fe», dice Paolo.

Después de tres años en Siberia, este milanés de 38 años utiliza los mismos medios de transporte que los rusos, aunque eso le lleve a emplear un día entero solo para para acompañar a un pequeño grupo de católicos. «Nuestra misión comprende unas cuatro horas a la redonda. Los católicos no son muchos, pero están muy dispersos. Es muy bonito y muy interesante compartir la misma vida que ellos. Este es un buen pueblo, buena gente», reconoce.
En lo personal, la misión es para Paolo «muy interesante, y aquí soy superfeliz. Los tiempos y las distancias son distintos a los de Europa, por eso es bueno concentrarte y rezar para no dispersarte, porque aquí el Señor te pide dejar todos los esquemas y los planes que traigas».
La Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo fue fundada en Roma en 1985 por Massimo Camisasca y sigue el carisma del movimiento católico de Comunión y Liberación. Está formada hoy en día por 150 sacerdotes misioneros y 35 seminaristas. Sus miembros viven en casas de tres o cuatro personas diseminadas por cuatro continentes y atienden parroquias, cárceles, colegios, universidades y obras de caridad. La misión en Siberia fue la primera de la Fraternidad san Carlos y empezó en 1991. En España, la fraternidad está presente en Fuenlabrada desde hace 20 años.

Foto: Archivo personal de Paolo Paganini

 

Alfa y Omega – 7 de Noviembre de 2017

 

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