Clase impartida durante las vacaciones de verano de la Fraternidad San Carlo en Madonna di Campiglio (Italia), 3 de Julio de 2011.

En 1959 don Giussani escribió un texto titulado: Vida como vocación1. Es una expresión que ya nos es familiar, quizás demasiado para que pueda ser percibida todavía como significativa. Debemos por tanto redescubrirla para poder ayudar a los demás a comprenderla.
La desorientación que serpentea por el mundo en el que vivimos puede convertirse en una gran ayuda para nuestra vida, si esta resuena dentro de nosotros como una invitación a tomar conciencia de lo que nos ha sucedido.

La vocación: una serie infinita de hechos
Quiero empezar desde mi experiencia de la vocación. Si pienso en mi vida, puedo notar que la vocación dentro de mí, antes de ser una reflexión sobre Dios o sobre los demás, aún antes de ser un sentimiento de amor hacía Jesús, hacía Dios o hacía los hermanos, antes de cualquier pensamiento o sentimiento mío, es un hecho acontecido.
Nuestros pensamientos pueden ser profundos o áridos, nuestros sentimientos pueden fallarnos, pero lo que no nos falla nunca es el reconocimiento que él nos amó primero (1Jn 4,19). Esta reflexión de San Juan, que ha constituido la causa agente de la conversión de tantos hombres, nació en su corazón de rebelde, llevado después a la calma y a la conmoción de la madurez, justo por la consideración que Él lo había amado primero.
En el origen de todo hay un hecho: Dios me ha querido. Y como me ha querido, me quiere y me espera. Creo que ninguno de nosotros puede razonablemente pasar una jornada sin acordarse de esto.

«Dios me llamó de la nada»2, escribe don Giussani en este texto del ’59. La simplicidad absoluta, casi chocante, de esta anotación es como un pozo sin fondo. Podía no existir y aquí estoy. ¿Qué hay más radical, más sencillo, más fundamental, más conmovedor, más capaz de alimentarnos que esto? Habrá muchas otras experiencias que aclaran esta, que la profundizan, pero ante todo está la evidencia que yo estoy aquí. Esta es la connotación de nuestra vida, de tantos momentos aislados, como el instante del nacimiento. Momentos puntuales, que no hemos creado nosotros, en los que Dios nos ha llamado.
La vocación es una serie infinita de hechos, que sólo Dios conoce, porque para nosotros sólo existe lo finito. Advertimos, sin embargo, por la sucesión de estos momentos individuales, que la serie de hechos creados por él es infinita.
Pienso por ejemplo en mis padres. Hace falta quizás tener sesenta años para empezar a entender quiénes han sido nuestros padres. Es un tema sobre el que vuelvo muy a menudo con los seminaristas, porque lo juzgo radical: reconocer a nuestros padres; incluso cuando no se han conocido, como le ocurrió a mi padre, cuya madre murió cuando él nació. Hay algo arquetípico en este acontecimiento: se trata de aceptar la carne como gracia de Dios, como camino a través del cual Dios habla y actúa. «Caro cardo salutis»3. La carne es el punto sobre el que está arraigada nuestra salvación. ¡Cuánto son importantes los lugares de nacimiento para el establecimiento de nuestra vocación! En esta expresión “lugares de nacimiento”, participan muchas otras realidades, la geografía y la historia de nuestra existencia.
Cada uno de nosotros podría relatar acontecimientos aparentemente casuales, que han marcado su vida. En la mía, por ejemplo, un primer hecho significativo ocurrió al comienzo de los años cincuenta: como Fanfani había hecho construir casas nuevas en Milán, mis padres, que ya no tenían casa y por tanto se habían trasladado a Leggiuno en el lago, volvieron a vivir en Milán. Si no hubiese ido a Milán en 1953 todo hubiera sido diferente. Pienso en el hecho de que el barrio donde vivía tenía como bachillerato clásico el Berchet donde enseñaba Giussani. Entonces no había muchos bachilleratos clásicos en Milán e, incluso si vivía en la periferia, los que habitaban en mi zona hacían referencia justamente al Berchet.
Cada uno podría recordar la gratuidad de ciertos hechos de su vida. Porque si uno está aquí, es porque han ocurrido aquellos hechos, que hubieran podido no existir. Las casas en Milán no las he construido yo; que el Berchet fuera el bachillerato que le tocaba a mi barrio no lo he decidido yo. Que tu aquel día encontrases aquella persona que te dijo justamente esas palabras y que quedaras tocado por sus ojos, por su pelo, por su ropa, y por tanto fueses allí, te quedases, y volvieses… No has creado tú estos hechos.
No estoy hablando de un automatismo. Está claro que hubiera podido ir al Berchet, encontrar a don Giussani y decir «No me interesa». No se trata de un mecanismo imparable que ocurre independientemente de mí. Nada acontece independientemente de mí. Pero por supuesto todo acontece antes de mí. Antes de mi “sí” hay un hecho. Mi “sí” lo registra como un acontecimiento que reconoce interesante y decisivo para sí mismo
La existencia de cada uno está entretejida de hechos aparentemente casuales que después, si los miramos en conjunto, revelan un diseño. Un diseño en el que se entrelazan la objetividad de la obra de Dios y la modalidad con la que él me había tejido.
No somos un tablero blanco en frente de lo que Dios hace. No somos una grabadora. Recibimos lo que Dios lleva a cabo a través del entramado de la naturaleza y de la gracia con los que él nos ha constituido y nos constituye. Es una trama: me he encontrado con las personas sintetizando en mí mismo todo lo que Dios ya me había hecho encontrar y el encuentro con ellos.
Por ejemplo, el modo con el que por años me he empapado de don Giussani y lo he propuesto, es inseparable de mi sensibilidad, de los talentos que Dios me ha dado, de la historia que me ha hecho vivir. Y todo esto es gracia.

Dios me ha llamado de la nada
Sigue escribiendo Giussani: «Entre miles de millones de seres posibles Dios ha elegido y llamado justamente a mí. Mi vida continúa porque él sigue llamándome, impidiéndome recaer en el silencio de la nada de la que fui sacado»4.
Mirar mi vida como vocación es el gran antídoto al nihilismo que respiramos cada día, este veneno que infecta el aire del que deberíamos alimentarnos. Frente al nihilismo, según el cual venimos de la nada y vamos hacia la nada, así que todo da igual y no hay nada que quede, nosotros trágicamente intentamos responder con nuestra autoafirmación. Respondemos al miedo a la muerte diciendo: «Sólo existo yo». Pero no hay escapatoria del nihilismo de esta manera, si no reconociendo lo que me une al todo, a la vida, o sea reconociendo cual es el sentido del mundo y de mi persona, mi dependencia, el diseño sobre mí mismo que está hecho de luces y de sombras.
Frente a todas las preguntas que surgen justamente de los terremotos, de las tragedias mundiales, pero también y sobre todo de las tragedias personales, de los niños que mueren, de los maridos que huyen, sólo hay dos grandes alternativas: o la vida está dirigida por el azar, por la nada – como decía Pascoli en el verso más dramático y también más terrible de toda su obra poética «Y estamos solos en la noche oscura»5 -, o bien ésta expresa un diseño, es expresión de una voluntad personal, que todo ha querido y todo guía. Una voluntad que me ha llamado de la nada porque me ama y por tanto quiere que yo sea ante él una persona libre y amante. Y por tanto nos corrige, nos amonesta. Nos hace pasar incluso a través de la oscuridad para volver a entregarnos a la luz.
A esta consideración no se llega si no es por una gracia particular o bien por una pureza de corazón ante los hechos de la vida. Incluso Israel, recordando los caminos que Dios le había hecho recorrer, tuvo que concluir que en el origen de todo hay un Dios creador, un Dios personal, amante y libre, que nos quiere libres y amantes como él.
No es fácil librarse del antropomorfismo, de la tentación de percibir que Dios es como nosotros, de la dificultad de adorarle y del reconocimiento que el que nos ama y nos ha querido no es como nosotros, se hizo como nosotros pero no es como nosotros.
Los Salmos y muchos otros textos documentan la continua lucha de Israel frente a la alteridad de Dios. En los Salmos pero encontramos también la respuesta de Dios: “¿Crees que yo soy como tú? ¿Crees que necesito de tus sacrificios? ¿Crees que yo voy a comer las cosas que tú preparas?”. La composición entre la libertad de Dios y la libertad del hombre es lo más difícil que hay. Así que debemos atenernos a los hechos, en lugar de alejarnos con pensamientos. Y el hecho es que esta libertad me ha querido.
Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles. El autor del salmo no se atreve a decirlo, pero quería decir esto: lo has hecho un poco menos de Ti. En efecto lo coronaste de gloria y esplendor; le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies. (Sal. 8).
Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre: te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras! Tú conocías hasta el fondo de mi alma y nada de mi ser se te ocultaba, cuando yo era formado en lo secreto, cuando era tejido en lo profundo de la tierra. Tus ojos ya veían mis acciones, todas ellas estaban en tu Libro; mis días estaban escritos y señalados, antes que uno solo de ellos existiera. (Sal. 139)
Tú, Señor, me sacaste del seno materno, me confiaste al regazo de mi madre; a ti fui entregado desde mi nacimiento, desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios (Sal 22).
Tú me enseñaste desde mi juventud…  Y aún ahora, que estoy viejo y lleno de canas, anuncio tus proezas. Dios mio, no me abandones (Sal 71).

La voz de Dios
Quisiera ahora introducir una nueva consideración. ¿Por qué Dios me ha querido y me acompaña?
Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía. Esta vez es Dios que habla a Jeremías. Antes de que salieras del seno, yo te había consagrado (Jer 1,5). He aquí entonces porque me ha querido: para consagrarme, por una tarea en el mundo. En la palabra consagración, que es verdadera para todo hombre, sobre todo en el bautismo, está todo el mecanismo dual de la vocación.
Ante todo la vocación consiste en ser suyos. Él te rapta, como dice Pablo: yo, prisionero de Cristo (Ef 3, 1). En segundo lugar esta consagración es expresión de Su deseo de que yo sea signo. Dios establece conmigo un diálogo, me da un nombre, y este nombre es una tarea que no se borrará nunca más, a pesar de mis errores y mis infidelidades. Entonces debemos estar atentos, debemos escuchar lo que nos dice Dios, lo que Dios nos revela en el nombre que nos ha dado, a qué nos ha llamado.
En aquel tiempo Elí estaba descansando en casa. El arca de la alianza no tenía morada estable en Jerusalém. Elí era el sacerdote que custodiaba la alianza, un hombre que Dios había llamado, pero de quien Dios después, por desgracia, se arrepintió. Aquí hay una grande e importante consideración: debemos pedir a dios la gracia de decir “sí” hasta el último día. Nuestra libertad es una cosa seria, tanto como adhesión a Dios, así como posibilidad de dar marcha atrás. Dios nos llama, debemos estar atentos a lo que nos dice.
Un día, Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzaban a debilitarse y no podía ver. Estaba en la habitación contigua de donde estaba el arca.
La lámpara de Dios aún no se había apagado. Había un niño que había sido consagrado por sus padres y llevado al templo: Samuel, aquel que constituirá la raza de la realeza en Israel. Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Estaba allí, justo debajo del arca, en un lugar sagrado. Un niño acurrucado. No sabía quien era Dios. Sabía que los suyos le habían consagrado a él.
El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». Dios llama. Y tenía la voz de Elí, aunque Elí dormía. Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. El Señor llamó una vez más: «¡Samuel!». El se levantó, fue adonde estaba Elí. Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». En realidad, señala el libro de la Biblia, hasta entonces Samuel aún no había conocido el Señor, la palabra del Señor aún no le había sido revelada.
El Señor volvió a llamar «¡Samuel!» por tercera vez, como hará Jesús con Pedro. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha».
Es Dios quien llama, pero nosotros escuchamos la voz de un hombre. Nosotros escuchamos la voz de un hermano, de un amigo, o de un maestro: pero aquella es la voz de Dios.
Llamó otra vez como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». El respondió: «Habla, porque tu servidor escucha». El Señor dijo a Samuel: «Mira, voy a hacer una cosa en Israel, que a todo el que la oiga le zumbarán los oídos». (1Sam 3, 2-14).
La voz de Dios habla a través de las personas, las cosas, las circunstancias. Escribe Giussani siempre en el mismo texto: «La voz de Dios que llama se encarna y se traduce normalmente en el mecanism mismo de las cosas»6. Quisiera hacer tres breves apuntes sobre esta voz de Dios.

La voz de Dios es misteriosa.
La voz de Dios es misteriosa: debe ser infinitamente escuchada. No podemos pensar tenerla definitivamente archivada porque ya la hemos escuchado suficientemente. La voz de Dios es siempre nueva, revela siempre nuevos matices, nuevos significados de lo que has vivido y que vives y que antes no habías entendido.
Esta es quizás la cosa más importante que os pueda decir. Como dice Agustín: «Si comprehendis non est Deus»7, «Si entiendes, no es Dios». Dios es aquel que nos llama a abrirnos a una cosa nueva que aún no hemos visto. No queda dicho que sea lo que nos esperamos, algo que nos hace enseguida contentos.
En la adhesión a Dios está el gozo del hombre, pero esta adhesión por nuestra materialidad puede también que implique un tiempo largo. El contragolpe con el que Dios nos llama, no necesariamente es acogido al instante y enseguida digerido con facilidad.

Dios llama prometiendo el bien.
En la película The tree of life, Terence Malick ha querido poner al inicio esta frase del libro de Job: ¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? (Jb 38, 4). Al mismo tiempo, como contrapunto necesario a esta afirmación de Dios, está la positividad. Si tú lo sigues, Él te lleva dentro del bien. Dios llama prometiendo el bien. Continua don Giussani: «Dios nos llama al dialogo con Él, Él es amor que responde al amor»8. Sólo en la adoración está la alegría del hombre. Ninguna figura -a parte de la de Cristo- ha sintetizado en su vida personal ambas estas connotaciones como Abraham quien, por fe, siguiendo la llamada de Dios, obedeció y partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia (Heb 11,8).

Nuestra sabiduría es adherirnos a su voluntad
Toda la vida discurre a lo largo de la dialéctica entre estos dos polos: la soberanía de Dios y su voluntad para el bien. Por tanto la sabiduría de la vida consiste en conocer y adherirnos a su voluntad.
El tercer capítulo del Éxodo, junto con el trozo de la vocación de Samuel, constituye el texto decisivo para entrar en el misterio de la vocación.
Es el episodio de la zarza ardiendo: Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, [se había ido de casa porque le buscaban] llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Angel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza.
Moisés se encuentra entre la maleza. Las zarzas en el desierto son parte de una vegetación que necesita de muy poca agua y en la que todo lo que se expone al sol se convierte en espinas. La zarza es parte de la vida en el desierto y es una vida llena de espinas.
El miró y vió que la zarza ardía, pero la zarza no se consumía. Hay para mí en esta imagen la síntesis de todo lo que he querido deciros: la soberanía de Dios y su voluntad de bien, la sacralidad de Dios y la pequeñez del hombre.
Dios lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió él [como Samuel]. Entonces Dios le dijo: «No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa». No puedo disponer de la sacralidad de Dios como yo quiera. No puedo decirle yo a Dios lo que tiene que hacer, decidir yo lo que es bueno para mi vida. Lo decide Dios. Al mismo tiempo él es fuego que quema, fascinación que atrae con su luz y su calor.
«Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». O sea el Dios que actúa. El Dios que hace, el Dios que elige y hace a través de los hombres. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios (Es 3,1-6).

Educar a la vocación: comunicar viviendo
El descubrimiento de la vocación no se trasnmite a los demás como un discurso o como una reflexión. No es cuestión tanto de dar clases sobre la vida como vocación, si no de invitar a participar en algo que me está sucediendo. En la medida en que vivo mi vida con esa intensidad y verdad que nos han mostrado los Salmos y los Evangelios, llamaré los demás a tomar conciencia de lo que ha acontecido en ellos. Quisiera pero detallar algunos aspectos.

Descubrir la positividad de la vida
El primero y más importante: ayudar los que viven con nosotros al hecho de que hay una experiencia buena y positiva en el origen de la vida. En una entrevista suya al periódico Avvenire, Jean Vanier dice «Anunciar la buena nueva no consiste en decir “Dios te ama”, si no “Yo te amo y quiero comprometerme contigo”»9. Es una expresión que puede ser mal interpretada, pero que pedagógicamente es muy importante. Lo que cambia a la persona, diría don Giussani, no es un discurso, sino una presencia. Para anunciar la buena nueva es necesario acompañar a los chicos en los diferentes ámbitos de su vida, mostrando cómo la hipótesis de que Dios me ha querido y me ama es la más razonable y fecunda para entender todas las situaciones de la existencia.
Hay un diseño, un Tú que te llama, una utilidad a la que sólo tu puedes responder. No eres una mota de polvo perdida en el océano del universo. Eres un ladrillo para la construcción de la casa que es el mundo.

Aprender a escuchar y a ver
Debemos ayudar a los chicos a captar las sugerencias de Dios. Don Giussani en Huellas de experiencia cristiana habla de la vocación usando justamente la palabra sugerencias10. Las sugerencias de Dios nos llegan a través de los hechos de la vida, porque Dios habla normalmente a través de ellos. Debemos por tanto acompañar a los chicos dentro los acontecimientos de la vida de cada día.
Esto significa también ayudarles a escuchar. Es difícil escuchar a otro, salir de uno mismo para escuchar a otro; a menudo nos limitamos a escucharnos a nosotros mismos o a la prolongacíon de nosotros mismos que son las tecnologías. Por tanto debemos ayudar los chicos a ver las cosas y a escuchar las voces. Es lo primero que Dios ha hecho, tomando a Adán de la mano y llevándolo a ver las cosas.

Abrirse a los demás
Dios habla principalmente a través de otros hombres. Aprender a abrirse a los demás es algo tan primordial como difícil. Como hemos visto en el episodio de Elí y Samuel, Dios habla con la voz de hombres. Dios necesita de los hombres y a través de su voz nos hace entender lo que quiere decir Él.
Dice San Juan: ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? (1Ju 4, 20). Parecería que es verdad lo contrario, y en cierto sentido lo es, pero es cierto también esto. Si pienso llegar a Dios sin pasar por los hermanos, generalmente llego tan solo a la copia de mí mismo.
Abrirse a los hermanos significa ante todo abrirse a las personas que Dios ha elegido para ponérmelas al lado, como camino hacía él. Una compañía vocacional, como un marido para su mujer, o una mujer para su marido. No todas las personas son iguales. En el tiempo algunas podrán tener más importancia, otras menos, otras pueden ser más significativas más allá de la compañía vocacional, pero no pueden nunca pasarle por encima. No se puede sustituir a los que Dios te ha puesto al lado. No se puede pensar encontrar la felicidad en el futuro, borrando el presente y el pasado.

La certeza de la fidelidad de Dios
Siendo Dios más grande que nuestro corazón, porque por naturaleza él es «id quo maius cogitari nequit»11, seguirlo implica un sacrificio, una gimnasia continua para poder entrar en una cosa siempre nueva, así que a veces podemos sentirnos desorientados.
«Permanecen las tentaciones y los pecados, pero lo más importante es que todas las fibras de nuestro ser toman otra dirección, se ponen al servicio del reino de Dios. Incluso las tentaciones y los pecados se vuelven útiles para nuestra humillación, y se convierten por lo tanto en instrumentos de conversión»12. El mal es un instrumento que Dios usa para llamar nuestra atención de la enorme distracción en la que vivimos.
No debemos por tanto tener miedo del sacrificio, ya que produce un enorme fruto de alegría. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, dice San Pedro. Y hablaba a personas que no habían podido ver a Jesús. Él lo había visto, pero ellos no. Ustedes lo aman sin haberlo visto y por tanto se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria (1 Pt 1,8), mientras esperáis la plena manifestación.
Tenemos que aprender a entrar en la dimensión más vedadera de la existencia, que es la esperanza. La esperanza no es una ilusión, no es el intento de olvidar aquello que no funciona, no es tampoco una ideología sobre el futuro. La esperanza es la certeza de la fidelidad de Dios. Dios es fiel, y por esto los llamó (1 Cor 1,9).

Notas al pié
1 L. Giussani, Porta la speranza.
2 L. Giussani, op. cit.
3 Tertulliano, De resurrectione mortuorum, VIII, 6-7.
4 L. Giussani, op. cit.
5 G. Pascoli, «Los dos huerfanos», en Poesias I.
6 L. Giussani, op. cit.
7 Agostino d’Ippona, Sermo 52, 16.
8 L. Giussani, op.cit.
9 J. Vanier, Fragilità. Il nostro grido di salvezza, en «Avvenire», 10 luglio 2011.
10 L. Giussani, Huellas de experiencia cristiana.
11 Anselmo d’Aosta, Proslogion, II, 1.
12 M. Camisasca, Una voce nella mia vita.

Foto Ciol.

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