La historia de la vocación de Luis Javier Rosales, ordenado sacerdote el pasado 5 de septiembre en Bogotá (Colombia).

Nací en Los Mochis, una pequeña ciudad al norte de México de apenas cien años de vida, que ha ido creciendo en el corazón de un inmenso valle agrícola, bañada por el sol y por la brisa del mar. Después de una infancia tranquila, en los años de secundaria y bachillerato sentí que crecía en mí un fuerte sentimiento de insatisfacción: ya no me bastaba aquel “pequeño mundo”, las cosas que hablaba con los amigos, la música y las tradiciones locales. Definía todo esto como una “falta de horizonte”. Cuando llegó el momento de elegir universidad, no lo pensé ni un segundo. Ya lo había decidido, quería ir a la universidad más importante de Latinoamérica, la universidad Nacional Autónoma de México en la cosmopolita Ciudad de México. Lo quería todo: hablar con grandes profesores, tener amigos interesantes, aprender de personas que conociesen el mundo. Quería vivir en el corazón de mi país, para conocerlo y amarlo hasta el fondo. Con gran sorpresa para mis padres (porque no era muy buen estudiante…), me aceptaron en la facultad de ciencias políticas, centro de referencia histórica de los grandes intelectuales mexicanos y latinoamericanos, para graduarme en Sociología. Durante los primeros años de universidad, muchas veces contaba que había salido de mi tierra como un “exiliado”. De hecho, mi pasado ya no tenía nada que ver con la cantidad de experiencias y rostros que me acompañaban cada día.

El primer año fue durísimo: probé el gusto amargo de la soledad. Era como un vagabundo, estudiaba pero no sabía lo que estaba construyendo, a dónde me estaba llevando la universidad, para qué servían los pocos nuevos amigos que tenía. Iba a grupos y centros culturales de izquierdas pero sentía que nadie comprendía hasta el fondo lo que deseaba realmente. ¡Cuántas tardes discutiendo hasta tarde sobre el futuro de México, sobre el sentido de las cosas, sobre las injusticias y lo que hace que la vida sea bella! Volvía a casa cada vez más melancólico.

Empecé el segundo año y, de repente, sucedió el encuentro esperado desde siempre, el abrazo que deseaba. Gracias a mi hermano y su novia, conocí a Javier de Haro, misionero de la Fraternidad, ahora responsable del movimiento en México. Nos hicimos amigos de inmediato y a través de él conocí la comunidad de CL. Me abrazó tal y como era. La verdadera revolución, la que Cristo obra en la inteligencia y en el corazón del hombre, empezaba a suceder en mí como un amanecer, trayendo consigo una luz que ya nunca desaparecería. Fueron años de gracia absoluta en la universidad, con los amigos y la comunidad. Todo se volvía fascinante y precioso: profundizar en la sociología, el diálogo con los profesores de izquierdas, el deseo de dar todo mi tiempo y energías a la comunidad del movimiento, la vuelta feliz a Los Mochis por Navidad. Y, más aún, el encuentro con los amigos del pasado, la posibilidad de abrazarles y gozar de la sencillez de mi ciudad, la familiaridad con don Giussani y con la historia del movimiento, los viajes a Italia con el CLU, el equipe en La Thuile, el trabajo en el Meeting.

De esta manera llegó también la idea del sacerdocio, a principios del 2011. ¿Por qué no dar todo a Cristo,  aquel que me lo ha dado todo? Miraba a Javier y a los demás sacerdotes de la Fraternidad en México y veía a hombres verdaderos y felices de dar la vida por Cristo y por el movimiento. Felices también de vivir esta tarea en la misión, junto con otros. Yo también quería vivir así, comunicando lo que había hecho cambiar mi vida. Y, aquí estoy hoy, después de estos años de formación y de diaconado: puedo decir que Dios da todo a aquellos que quieren vivir solo de su abrazo.

(Luis Javier Rosales, 32 años, mexicano, vive en la casa de Bogotá, donde colabora en la parroquia de Nuestra Señora de Las Aguas. Imagen: un momento de fiesta en la parroquia, diciembre 2019).

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