En un mundo que ha excluido la verdad de la existencia, nos descubrimos cada vez más frágiles y solos. La soledad se vence únicamente en la experiencia de una amistad que corrige porque ama.

Hace unos años conocí a una chica. Quería hablarme de sí misma, de algunas decisiones problemáticas que había tomado a nivel afectivo y de cómo su vida era compatible con la Iglesia. No quería renunciar a lo que vivía, pero tampoco quería renunciar a la fe.
No fue un diálogo fácil. Le dije lo que pensaba, intentando ser lo más delicado posible. Le hablé de cómo Cristo ama a las personas y de cómo la Iglesia ha aprendido de Él a querer. Le pregunté qué tipo de amor buscaba, y qué tipo de amor había conocido. Al final de la conversación se fue más bien enfadada y nada convencida.

Yo me quedé un poco triste por no haber sabido encontrar las palabras adecuadas, pero también con una paz de fondo por no haberle mentido, por haber sido verdadero y auténtico con ella. Y es que percibía que había buscado la verdad, no había buscado complacerle o intentado esquivar la conversación.

Así me siento mirado por muchos amigos, personas que saben sostenerme, valorarme, pero también corregirme. Así es la amistad. Don Giussani la describe como el lugar donde amas más el destino del otro que tu propia vida. Desear el destino significa desear la felicidad, el cumplimiento, la verdad. Por eso, la corrección es expresión de amor, de caridad. Deseo para ti el bien, amigo mío, y, por tanto, la verdad (que es la respuesta a la pregunta de qué es el bien), y lo deseo más que mi provecho.

Sin embargo, la cultura contemporánea está marcada por muchas objeciones a la verdadera amistad. Pensemos en cierto modo de concebir los derechos individuales, en el que tu pensamiento y lo que quieres son un absoluto que no se puede poner en discusión, y no porque puedan ser verdad, sino simplemente porque son tuyos y lo que es tuyo es intocable. O pensemos también en todo lo que hemos interiorizado respecto a un modo de relacionarnos que responde a lo políticamente correcto, tan de moda hoy en día: está bien lo que digo o hago si lo digo o hago en un cierto modo, pero no porque sea verdad. Pensemos en el relativismo, tan arraigado en nosotros que incluso hace que nos sintamos culpables si nos descubrimos realmente convencidos de algo. Por otro lado, el lenguaje es tan mutable o está tan ideologizado que hace difícil una comunicación objetiva, común o simplemente verdadera.

Estamos inmersos en una cultura que ha excluido la verdad de la existencia en muchos aspectos, y así, la verdadera amistad se ha convertido en una experiencia inusual. La impermeabilidad a la verdad nace precisamente de tanta soledad, en nosotros y en torno a nosotros. Es difícil quererse cuando no se puede creer en un bien. Es difícil ser amigos cuando ya no podemos decirnos aquello en lo que creemos.

Pero la verdad es indestructible y fascinante. No desaparece tan fácilmente. Y el deseo de amistad está tan arraigado en nosotros que nos convierte en buscadores incansables de ella.

Hace poco vi de nuevo a esta amiga. Me dijo que la conversación entre nosotros había sido importante, no porque había entendido entonces lo que le dije. Lo entendió con el tiempo (y no me escondía que, efectivamente, mis modos le habían herido). Pero incluso en ese momento se había sentido querida porque le había tratado con verdad. La amistad es invasiva e incómoda porque busca la verdad para el amigo. Sin amistad probablemente estamos más tranquilos, pero también más solos. El mismo Cristo, que tenía un sentido tan alto de la amistad que la consideraba digna del don de la vida, reclamaba a sus discípulos corrigiéndoles, les corregía constantemente. Al amigo que se equivocaba primero le corregía en privado, si esto no era suficiente, delante de algún amigo, y si ni siquiera esto bastaba, delante de toda la comunidad.

Cuando mis hermanos en casa me corrigen –y no es tan raro que suceda–, siempre experimento un cierto cansancio, pero al mismo tiempo una gran alegría. Tengo amigos que aman mi vida y no me dejan en el error, en nombre de una paz fingida. Doy gracias a Dios cada día por este don inmenso.

Hoy, más que nunca, se necesitan lugares de amistad verdadera, lugares donde se busque la verdad y se la afirme como expresión de amor. Lugares que se conviertan en casa, donde descubrirnos a nosotros mismos, con nuestro rostro y nuestro valor, donde volver a sentirnos queridos. Como escribía Joseph Roth, «la amistad es la verdadera patria».

 

(Imagen: momento de las vacaciones de verano de la Fraternidad San Carlos, agosto 2019).

 

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