La renovación del sacerdocio y la recuperación de un sentido positivo de la tradición son el camino para que la Iglesia renazca en la vida de los jóvenes. Una reflexión de Paolo Sottopietra.

Para reflexionar sobre el tema de nuestro encuentro me gustaría tomar como hilo conductor las direcciones que han tomado dos hechos recientes relevantes en los medios de comunicación de todo el mundo. Me refiero a las dimisiones presentadas al papa por los obispos chilenos tras los abusos admitidos por numerosos sacerdotes y a la victoria del sí del referéndum para la legalización del aborto en Irlanda.
Dos hechos, cuya interpretación dominante por parte de los medios de comunicación ha tocado el tema de la pertenencia a la Iglesia Católica. En resumidas cuentas se ha dicho que el pueblo irlandés ha dado un paso hacia adelante en el camino de la emancipación de la influencia de la Iglesia y que el pueblo chileno ha tenido por fin la ocasión de abrir los ojos.
Por lo que respecta a Irlanda, el dato interesante es que el 85% de los jóvenes que han votado pertenece al grupo mayoritario (el del partido que se denomina pro choice). Tengo impresa en la memoria la imagen publicada por un periódico italiano: una chica a hombros de su chico sobresale entre el gentío con el puño en alto y expresa su júbilo con un grito exultante de victoria. Un entusiasmo libertario que tiene por objeto directa o indirectamente precisamente a la Iglesia y su influencia. Es este el icono de lo que está sucediendo y en el que se identifican hoy casi de forma natural muchas personas, especialmente los jóvenes.
Pero me interesa sobre todo Chile, por el hecho de que en esa tierra tenemos una misión numéricamente importante, caracterizada en estos años precisamente por la propuesta dirigida a los jóvenes de la periferia de Santiago, donde vivimos.
Lorenzo Locatelli, al volver de una asamblea del Sínodo diocesano, refiriéndose a algunas intervenciones que había escuchado, me dijo: «No son las palabras que se esperarían de hijos doloridos por los errores de los padres, sino un grito desilusionado que pide justicia y venganza». Le pedí que me escribiera las observaciones que os refiero: «Los abusos (sexuales, de autoridad y de conciencia), son la consecuencia de una evangelización que ha olvidado a la persona de Jesús; ha olvidado la verdadera naturaleza de la Iglesia como lugar de encuentro con el Señor». Continuaba más adelante especificando que «se ha perdido el centro espiritual de la vida sacerdotal que es, ante todo, la relación personal con Cristo». Al final añadía: «Escuchando las intervenciones de los sacerdotes y de los laicos en los encuentros que hemos tenido en este tiempo nos hemos dado cuenta de otra gran consecuencia de esta crisis. ¿Consecuencia o causa? No sabría qué decir. En cualquier caso, se juzga la figura del padre, de la autoridad, del sacerdote, tomando como punto de partida su distorsión. De aquí nace el juicio de que toda paternidad en sí misma es sospechosa, un mal que hay que prevenir. Por desgracia, es un sentimiento compartido por los mismos sacerdotes que, en muchos casos, jamás han tenido una figura significativa a la que mirar. En Chile, de hecho, ha habido sacerdotes influyentes, grandes figuras de referencia, que han traicionado esta confianza. Por consiguiente, muchos sacerdotes (incluidos amigos nuestros) están asustados por el simple hecho de que su sitio en el pueblo de Dios implique la responsabilidad de ser guías».

 

Jóvenes que se alejan de la Iglesia

Volveré más adelante sobre estos juicios que nos llegan de nuestros hermanos chilenos. De hecho, creo que éstos llegan al corazón de la cuestión sobre la crisis que la Iglesia está atravesando o, por lo menos, a uno de sus focos principales. También identifican la aportación que nosotros estamos llamados a dar. En todo caso, antes quiero señalar una preocupación que va mucho más allá del ámbito de nuestras misiones.
Al principio de los años 30, François Mauriac denunciaba un fenómeno del que pocos se percataban. Al hablar de la primera comunión que recibían los niños en las parroquias francesas de su época, el autor de la famosa Vida de Jesús escribía:

«Podemos incluso conmovernos por esta fiesta de un jueves de primavera, de las calles repletas de niñas pequeñas con velos blancos y de chicos a los que les molesta su primera camisa de cuello almidonado; pero para muchas familias con esta ceremonia no se empieza nada y se termina todo. El joven se ha liberado por fin de la Iglesia y del cura; de ahora en adelante será suficiente con ser responsable. El día más bonito de la vida: formalidad que perpetúa entre nosotros la traición (…). Muchos niños han recibido a Cristo, pero esto supone una especie de signo, el signo oficial y por todos reconocido de que están a punto de abandonarlo». (François Mauriac, Giovedì Santo, Morcelliana, Brescia 1955, pp. 61-62).

El desinterés de los jóvenes por la Iglesia (consumado desde hace tiempo) se ha convertido en una preocupación general. También se ocupará de esto dentro de unos meses el sínodo de los jóvenes convocado por el papa en Roma.
El pasado 21 de mayo, hablando con los obispos italianos en la asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, Francisco sacó un tema explícitamente unido al alejamiento de los jóvenes de la Iglesia: el de la crisis de las vocaciones. «¡Es nuestra paternidad la que está en juego! (…) ¿Cuántos seminarios, iglesias y monasterios y conventos se cerrarán en los próximos años debido a la falta de vocaciones? Solo Dios lo sabe. Es triste ver esta tierra, que ha sido durante muchos siglos fértil y generosa para dar misioneros, monjas, sacerdotes llenos de celo apostólico, junto con el viejo continente entrar en una esterilidad vocacional sin buscar remedios efectivos. ¡Yo creo que se buscan, pero no logramos encontrarlos!» (Francisco, Apertura de los trabajos de la LXXI Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 21/05/2018).
No conseguimos encontrar remedios adecuados, dice el papa (más allá del problema de las vocaciones en concreto), que permitan volver a crear las condiciones de un encuentro positivo de los jóvenes con la Iglesia de modo que crezca de tal manera que se convierta en sentido estable de pertenencia. Esta crisis no solo toca a la Iglesia en general. Nos toca a nosotros de manera directa. Es la razón por la que don Julián Carrón ha insistido recientemente subrayando que el núcleo del problema es la falta o la fragilidad de los adultos y de los educadores (Cfr. Julián Carrón, Un salto de autoconciencia, en «Huellas», 4 (2018), I-VIII). La crisis está también en los ámbitos donde nosotros, sacerdotes de la Fraternidad, somos directamente responsables o en los que nos involucramos. La participación en las iniciativas que proponemos no llevan automáticamente a la experiencia de un encuentro personal con Cristo y, con frecuencia, tenemos que constatar que solo en pocos surge profundamente algo.
Más allá de las condiciones en las que trabajamos o del número de chicos que conocemos vemos la dificultad de encontrar modalidades adecuadas para llegar a ellos y que se impliquen. Es significativo que las cuestiones surgidas durante nuestros últimos encuentros son parecidas a las ya mencionadas por el papa y por Carrón. «¿Qué tipo de adultos encuentran los niños cuando entran en catequesis?», se preguntaba Giovanni Musazzi; «los chavales tienen demasiados ejemplos contradictorios», añadía Nicola Ruisi; «hombres y mujeres que dicen tener fe pero viven según el mundo; hombres y mujeres que tienen una fe insulsa o para los cuales la fe es solo un aspecto tradicional de la vida; hombres y mujeres que son enemigos de la fe; profesores, padres, compañeros que maximizan la ciencia y tratan la fe como un invento fruto de la fantasía humana».
Por lo que respecta estrictamente a la Fraternidad San Carlos creo que supone un bien tomar nota honestamente de esta situación mirando humildemente nuestra acción sin descargar la responsabilidad en el contexto cultural, en el momento histórico o en las elecciones de los demás. Quiero, por tanto, señalar dos condiciones que considero importantes para que vuelva a nacer la Iglesia entre los jóvenes y que tienen que ver directamente con nuestra vocación y con la tarea que Dios nos ha confiado.
La primera es una renovación del sacerdocio. La segunda es un sentido positivo de la tradición.
Es superfluo incidir en que estas consideraciones no pretenden agotar las respuestas a la gigantesca pregunta que estamos tratando. Pretenden ser un reclamo a vivir en profundidad nuestra vocación.

La renovación del sacerdocio

Considero que una reforma de la vida de la Iglesia que incida profundamente y, por tanto, genere también una nueva capacitad de interpelar la vida de los jóvenes, encuentra en todas las épocas de la historia su fundamento en una renovación verdadera del sacerdocio. Al hablar de reforma no me refiero a un plan general, sino que quiero subrayar humildemente la aportación específica que nosotros podemos llevar a la Iglesia en este momento. Concretamente para nosotros, renovar el sacerdocio significa una renovación de nosotros mismos. Lo que suceda en nosotros podrá posteriormente influir en el gran cuerpo de la Iglesia según las dimensiones históricas decididas por Dios, pero también por la fuerza y la radicalidad de nuestra respuesta al llamamiento de las circunstancias de nuestro presente. Todo lo que podemos hacer es, en el fondo, renovarnos a nosotros mismos y reformar nuestras vidas. Esto supondrá un fragmento del sacerdocio renovado del que la Iglesia está particularmente necesitada en este momento.
Querría citar tres experiencias positivas que, por gracia, son reales entre nosotros y en las que intentamos educarnos constantemente: la comunión sacerdotal, la experiencia de la virginidad vivida en el sacerdocio y, por último, la tensión a la conversión que cada uno de nosotros está llamado a vivir como posición personal permanente.

El signo de la comunión sacerdotal

Quiero ofreceros una consideración básica surgida por la experiencia de cada uno de nosotros, pero que frecuentemente podemos olvidar en los hechos: a los jóvenes les atrae la comunión y la amistad que ven entre los adultos.
El corazón de un joven desea el cumplimiento afectivo en un amor verdadero. Lo desea en una auténtica amistad, sincera, constructiva. Allí donde la ve en acto y acepta la invitación que ella representa, su vida cambia porque la nostalgia y el sentido de soledad que vive naturalmente, encuentran un camino de respuesta.
Una casa nuestra, en la que dos o tres curas desarrollan su trabajo refiriéndose el uno al otro con el deseo de compartir criterios y juicios, iniciativas y propuestas, encuentros y relaciones que nacen, es un gran signo también y principalmente para los jóvenes. Por mucho que nos pueda costar vivirlo, nuestra comunión emana una luz que genera por sí misma un deseo de pertenencia en los corazones de quien está en el umbral de la aventura de la propia vida consciente.
En este sentido, una tendencia contra la que constantemente tenemos que luchar es el individualismo. Solemos vivirlo incluso sin darnos cuenta lúcidamente. En nuestras casas sucede a veces que el esfuerzo que supone colaborar y compartir pensamientos y experiencias limita las posibilidades de bien que nos ofrece la realidad en la que vivimos. Pero vivir juntos nuestra tarea misionera sigue siendo el ideal al que tender sin cansarnos ni asustarnos por el esfuerzo o las caídas.
Un campo fundamental en el que vivir esta tensión es el del trabajo misionero. Don Massimo nos solía hablar de la “generación común” y nos reclamaba al hecho de que esta experiencia pertenece, sobre todo, a la esfera de la concepción de uno mismo. Antes incluso que la concepción de la propia obra es, principalmente, en este “nosotros” donde uno encuentra la raíz del sentimiento del propio yo. Tiene que ver, por tanto, con la esfera de la pertenencia, del sentirse enviados juntos, del sentirse parte de un cuerpo, es decir, de una realidad más grande que el propio yo, más grande incluso que las imágenes que cada uno de nosotros tiene de su propia realización personal o del bien de la Iglesia al que sirve.
“Generación común” significa concebir la propia obra como orgánica con una única finalidad. Ninguno de nosotros ha sido llamada como individuo a desarrollar su iniciativa desligada de una misión más amplia. La unidad del intento misionero (de la casa, de la Fraternidad, del movimiento, de toda la Iglesia), precede a toda particularidad de la propia aportación y esta tiene que ser concebida a partir de una unidad, a partir de la totalidad de la finalidad. La unidad de nuestra obra misionera no crece como suma de nuestras singularidades (como solemos pensar). Es más bien al contrario: en la participación cordial en un gran designio, mi don único se exalta y mi vocación, que es irrepetible, se manifiesta, emerge en el tiempo con toda su potente originalidad.
Para colaborar de verdad con mis hermanos se me pide una profunda revolución espiritual: tengo que llegar a sentir como “mío” lo que hacen los demás y, al mismo tiempo, sentir como “nuestro” (no mío), lo que hago yo. Nos gustaría merecer la alabanza que San Pablo dirige a Timoteo: Pues a nadie tengo que se le iguale en la sincera preocupación por vuestros intereses, ya que todos buscan su propio interés, y no el de Cristo Jesús (Fil 2, 20-21).
Sentir como mío lo que es de la Fraternidad, del movimiento, sentir como “mío” lo que es de la Iglesia como tal: la generación común es una actitud que nos sitúa en un horizonte universal. Si no concibo mi obra como mía, sino como parte de un todo, esta se ensancha hasta alcanzar los límites del mundo entero.
A veces es sacrificado pero, ¡qué profundidad en el compartir y de amistad nace del trabajar juntos con esta conciencia! ¡Y qué fascinación suscita la comunión entre hombres adultos, unidos por el ímpetu de llevar a Cristo a los hombres de toda la tierra! Es la fascinación de Cristo mismo la que supera la historia y se hace presente a través de nosotros. Es él, de hecho, el que nos hace una sola cosa, perfectos en la unidad (cfr. Jn 17, 23) para manifestarse al mundo.

El signo de la virginidad del sacerdote

La segunda consideración tiene que ver con el tema de la virginidad en nuestro trabajo misionero. Quiero traer a colación una imagen que me ha llamado la atención. Se trata del testimonio de una de las personas más cercanas a Juan Pablo ll que cuenta su primer diálogo con él, en el confesionario. El encuentro tuvo lugar en una iglesia de Cracovia. Escribe Wanda Póltawska:

«En el altar de la Virgen de Ostra Brama, una reproducción excepcionalmente bonita: en la oscuridad, su imagen es visible por el brillo de la corona. Y en el confesionario ese sacerdote tan atento, tan concentrado en escuchar lo que le decía y hasta en lo que no sabía expresar; y su reacción. (…) No le pedí que fuera mi padre espiritual, no le dije nada por el estilo; vino solo, como conclusión, como ningún sacerdote había hecho antes: «Ven por la mañana a misa, todos los días». (…) ningún sacerdote antes me lo había dicho, a pesar de que algunos me habían propuesto quedar y me habían invitado a ir a verles. Ese sacerdote, sin embargo, no me dijo: «Ven conmigo», sino: «Ven a misa». Mucho tiempo después, cuando pude observar de cerca cómo celebraba misa entendí que para él esa manera de hacer era obvia porque vivía de Dios. Él no quería dar a los demás a sí mismo, sino conducirles a Cristo, por decirlo de alguna manera, a través de él pero no a sí mismo. Para mí fue obvio aceptar su invitación e ir a misa por las mañanas, todas las mañanas porque ese era el sentido de la invitación». (Wanda Póltawska, Diario de una amistad. La famiglia Póltawski y Karol Wojtyla, San Pablo).

La experiencia de esta mujer evidencia el esplendor de la gratuidad que emana de un sacerdote que vive una verdadera virginidad. Muestra también cuál es el secreto de la virginidad vivida: la propia relación personal con Cristo.
En función de su tarea en la Iglesia, el sacerdote tiene una gran posibilidad de influir sobre las personas que entran en contacto con él y en los ambientes en los que actúa. Si el sacerdote no ha alcanzado una madurez afectiva y espiritual suficiente, una verdadera libertad interior, consciente o inconscientemente perseguirá su interés en sus acciones. Según el caso, se tratará de una necesidad no reconocida o no rebatida adecuadamente de afirmación personal, de confirmación psicológica, de intercambio afectivo. Estos son los impulsos escondidos que suelen llevar a los sacerdotes a encarnar criterios mundanos en sus acciones de servicio a la Iglesia. De estas zonas irredentas en los sacerdotes derivan en la Iglesia divisiones, confusiones doctrinales y morales, debilidades de guía, o bien, de forma análoga, una tendencia a la arbitrariedad en el ejercicio de la propia función que puede llevar a los abusos y escándalos, poniendo a prueba la fe de los fieles en tantas partes del mundo.
En su casa, en la Fraternidad, cada uno de nosotros puede encontrar, si quiere, un lugar que lo corrige amablemente, desenmascarando estos impulsos que también nosotros vivimos. A veces, la ironía, que alivia nuestra convivencia, es el medio más habitual de esta corrección; otras, sin embargo, es un juicio de corrección que puede ser incluso difícil aceptar. En todos los casos es una gracia el mismo hecho de que haya alguien que se preocupe por nuestra vida, que reclame el derecho de formar parte de ella, que viva la caridad de una palabra que nos ayuda a considerar la verdad de nosotros mismos.
Ayudémonos, por tanto, a acoger esta iniciativa paterna de caridad que Cristo toma sin cesar de nosotros para evitar que la gracia se nos haya dado en vano (cfr. 2Cor 6,1).

El amor al propio camino de conversión

Para terminar quiero subrayar que, para ser padres no hace falta ser personas perfectas, completamente convertidas. Es necesario estar en camino. No basta con decirnos a nosotros mismos que ya hemos caminado mucho. Corruptio optimi pessima, solía repetir mi profesor de latín del instituto. Es necesario querer seguir estando en camino, clara y abiertamente en camino. Quiero explicar la elección de estos dos adverbios usados. Claramente: es necesario que reconozca con claridad las zonas de mi vida y de mi persona que no he entregado a Cristo todavía y de verdad. Se requiere que acepte caminar hacia un cambio, mendigar la curación de determinadas heridas, mendigar la fuerza de la gracia necesaria para corregirme. Abiertamente: es necesario que viva mi tensión a la conversión exponiéndome a la mirada de los hermanos de la casa y de los superiores que me guían deseando su juicio como instrumento de la caridad con la que Dios socorre mi debilidad.
Solo así podremos mostrar de verdad el camino de Cristo a aquellos que conocemos, solo si experimentamos en nosotros mismos la conveniencia y podemos hablar no por haber oído hablar de ello, sino en base a algo que vivimos. “Una de las cosas que me hacen más consciente es que puedo comunicar solo lo que vivo”, dijo Stefano Lavelli en su intervención.
Pensando en particular en los jóvenes, tienen que encontrar en nosotros a personas que están entregando sus vidas a Cristo ahora, es decir, a personas en camino. No debemos temer el sacrificio que conlleva este camino, y lo que conlleva hasta el final. Para hablar de verdad al corazón de los jóvenes y guiarlo a Cristo se necesitan hombres atraídos por él hoy, dominados por el deseo de parecerse a él. Una renovación de la vida auténtica y profunda de la Iglesia no nacerá por los planes generales pastorales ni por nuevos códigos de comportamiento o protocolos de transparencia si éstos no son instrumentos en las manos de hombres renovados, es decir, que se dejen renovar diariamente.

 

El sentido positivo de la tradición

Me refiero ahora al otro aspecto de esta intervención en la que quiero exponer la segunda de las condiciones que he anunciado para que la Iglesia renazca en los jóvenes. Para ser instrumentos de la reconquista del sentido de pertenencia a la Iglesia en el corazón de los jóvenes es necesario que vivamos un sentido positivo de la tradición. Solo así podremos comunicarlo.
Bien sabemos que en los últimos años se ha propagado sobre algunas palabras una sensibilidad nueva que hace difícil distinguir su verdadero contenido de la onda emotiva que acompaña a su simple uso. Una de estas palabras es precisamente tradición. Hoy evoca a una sensación de opresión, de oscuridad, de límite restrictivo, o bien, a la imagen de un todo inmutable de reglas y doctrinas que, de nuevo, se perciben como obstáculos a la libre expresión, a la investigación y a la alegría de vivir.
De estas sensaciones puede ser fuertemente influenciada la reflexión de quien, dentro de la Iglesia, busca caminos nuevos. Es, por tanto, necesario volver a acercarse a un sentido positivo de la tradición, encontrar una mirada fresca que nos haga percibir la verdadera realidad.
Anticipo sintéticamente dos cuestiones que constituyen el corazón de lo que quiero comunicaros: principalmente me propongo reflexionar sobre el hecho de que la tradición es un acto vivo de entrega, de transmisión; además, propongo la consideración de la tradición como un gesto de amistad; para terminar, considerarla como un tesoro precioso al que se nos ha entregado la llave.

La tradición es un acto vivo de entrega

La tradición no es, en primer lugar, un conjunto de contenidos (como se suele percibir). No es, por tanto, algo que se tenga o no que repetir, según el punto de vista. Es un acto vivo con el que se nos ha entregado un modo de vivir y de entender la vida por parte de la generación que nos ha precedido. Es el acto con el que los padres se dan a sí mismos a los hijos, los maestros a los discípulos. Tradición, en este sentido, es un acto amplio y profundo de entrega de uno mismo.
Por ello, la tradición es un fenómeno que expresa al hombre como tal y, en particular, su naturaleza social. De hecho, encontramos este proceso vivo de transmisión en todos los reagrupamientos humanos animados en la consecución de una finalidad o fundados en un evento: desde la empresa que transmite su cultura (como hoy en día se suele decir), a una comunidad científica que educa a sus jóvenes reclutas en el paradigma cognoscitivo que le identifica, o una sección del ejército que perpetúa su código interno; desde una tribu que se reconoce en los lazos de sangre, a una nación o pueblo que fundan su propia identidad en mitos o actos específicos. Cuanto más grande sea el reagrupamiento, más complejo y variado será el proceso de transmisión y su éxito, pero es la misma estructura antropológica la que surge en este fenómeno (cfr. Joseph Ratzinger, El fundamento antropológico del concepto de tradición, en: Theologische Prinzipienlehre. Bausteine zur Fundamentaltheologie, München 1982).
La Iglesia, que se reconoce a sí misma como pueblo nuevo en torno al hecho de la Encarnación, no es ninguna excepción y, a su vez, es excepcional. Revive de hecho las dinámicas humanas normales conformadas por la gracia que las reviste. La experiencia de vida que transmite contiene una inteligencia de la vida, de uno mismo y de Dios, que tiene su origen en los hechos que Dios mismo ha puesto como actos definitivos de su diálogo con el hombre. La Iglesia ha empezado espontáneamente su tradición movida por el estupor y el sentido de responsabilidad hacia el más significativo de los hechos acaecidos: la presencia de Dios hecho hombre entre los hombres.

Siempre entusiasma ver el primer gran acto de tradición que es el Nuevo Testamento. En él se condensa y conserva el proceso a través del cual la primera generación entregó a la segunda el milagro de su encuentro con Dios hecho hombre, la inteligencia de su obra de redención a través de la Cruz y la resurrección, la certeza en la misericordia del Padre revelada por él y, por tanto, la súplica dirigida a la humanidad entera para que cada hombre dirija la mirada a Cristo, Señor y Dios potente, Salvador del hombre. El entusiasmo, el estupor y la fuerza propulsora de este anuncio son características evidentes de esa tradición primigenia. En el tiempo de Pascua hemos meditado, como todos los años, los Hechos de los apóstoles que visualizan también geográficamente el ímpetu explosivo de aquella propagación del anuncio. ¿Cuáles son las características de esa fuerza comunicativa que hoy nos parece haber perdido y que estamos buscando? Intento dar algunas respuestas que reúno en torno a las palabras finalidad y urgencia.
Si dirigían la mirada al mundo pagano, los primeros cristianos encontraban en ellos mismos una conciencia viva de la finalidad del anuncio que habían recibido, un anuncio que a sus ojos superaba toda sabiduría filosófica y humana general. Si después miraban al pueblo hebreo, volvían a encontrar en sí la certeza de haber recibido una nueva revelación cuya verdad era definitiva y frente a la cual todo presagio precedente era la sombra y la imagen de lo que se había cumplido. Hasta la palabra de los profetas, que habían llegado a presentir la venida de Cristo, se le muestra al apóstol Pedro como lámpara que ilumina un lugar oscuro, en espera de que despunte el día (2 Pe 1, 19) y Pablo confirma su percepción: pero la noche está avanzada; el día está cerca (Rm 13, 11-12).
A esto tenemos que añadir el sentido de urgencia que caracterizaba a la primera generación: el tiempo apremia (1Cor 7, 29), escribe Pablo a los Corintios. Una urgencia motivada por la percepción del desvelar el plan escondido de Dios, misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos (Col 1, 26), y marcada por el estupor de haber sido elegidos para testimoniar su realización (de este moto, Dios ha realizado su designio eterno en Cristo Jesús (Ef 3, 11). Los primeros cristianos eran hombres conscientes de haber sido llamados a vivir en el presente más decisivo de la historia, percibido tanto en su realidad objetiva, como plenitud de los tiempos (Ef 1, 10; Heb 9, 26), como chairòs en el que resuena una llamada que decide la suerte de cada persona y de cada pueblo:¡Éste es el tiempo favorable; éste es el día de la salvación! (2 Cor 6, 2) es la exhortación de Pablo a los Corintios.
En conclusión, la extraordinaria fuerza arrolladora de ese momento (como refleja cada página del Nuevo Testamento), fue la conciencia compartida por los miembros de la Iglesia naciente por haber reconocido un anuncio último, final (en sentido propio). Fue la experiencia que muchos tuvieron de haber sido personalmente interpelados a dar una respuesta excepcional a lo que se presentaba, nada menos, que como el final de los tiempos: por tanto, los que tienen mujer, que vivan como si no la tuviesen; los que lloran, como si no llorasen; los que están alegres, como si no lo estuviesen; los que compran, como si no poseyesen; los que disfrutan del mundo, como si no lo disfrutasen. Porque la representación de este mundo va pasando (1 Cor 7, 29-31). La radicalidad de esta llamada confluía en un todo con su racionalidad y ello suscitaba en los primeros cristianos un sentido muy vivo de gratitud y un clima de serenidad que les hacía libres de todo: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres (…) ¡El Señor está cerca! (Fil 4, 4); también en la mediad en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria (1 Pe 4,13).

Reflexionemos ahora sobre esta pregunta: ¿por qué la lectura del Nuevo Testamento vuelve a despertar en nosotros hoy un sentido de gratitud y de identificación en los actos que se narran? Porque también nosotros hemos vivido ese contacto vital con la generación de creyentes que nos ha precedido. En virtud de la gracia que ha tocado nuestra vida podemos entender de verdad lo que vivió la generación que conoció a los apóstoles.
Son conocidas la preciosas páginas en las que don Giussani ha fijado para siempre en nosotros una imagen positiva de la tradición:

«Juan y Andrés son las máscaras frágiles (el signo) de alguien más potente (…) que se testimonia en ellos. Él se traduce idénticamente, se testimonia idénticamente presente en sus testimonios. ¡Habría que ser malos (en el sentido literal del término), para no aceptar partir con una hipótesis positiva frente a este acontecimiento por el que millones y millones y millones de personas han sido atrapadas por una nobleza mayor de vida y por una humanidad más cumplida! Él pasa a través de mí, de ti, de todos los que dan este testimonio, como ha pasado desde Andrés, Juan, Simón, a su mujer, a su madre, a los hijos, a los hermanos, a los compañeros de pesca y después, a otros, y a otros, y a muchos otros más. Ha pasado el final del primer siglo. Ha empezado el segundo siglo. Se les ha comunicado a otros en el segundo siglo y después a otros tantos en el tercer siglo, y así a lo largo de la historia hasta mi madre y mi madre me lo dijo a mí. Esta es la concreción terrible, divina: fuera de esto no hay cristianismo. Es un acontecimiento que se comunica a través de los demás acontecimientos que este genera. Se llama “testimonio”, el cual consiste en un modo de vida diferente (en cuanto a palabras, moral, comportamiento, generosidad y como concepción de todo)». (Luigi Giussani, La sfida della ragione: Dio e l’uomo moderno. In: Piero Bigongiari et al., La sfida della ragione, Guaraldi, Rimini 1996, p. 68).

«¡Y mi madre me lo dijo a mí!». He aquí en resumen lo que es la tradición en nuestra vida: testimonio y encuentro. ¿Qué hizo don Giussani sino transmitirnos su descubrimiento personal de Cristo de “otro mundo en este mundo” (Luigi Giussani, El tiempo apremia, 1994) con todo el entusiasmo que le nació desde que era un jovencísimo seminarista en Venegono y con todo el gusto por el desarrollo de su exigente consecuencia?

La tradición es un gesto de amistad

Me ha llamado la atención la coincidencia entre esta descripción de la tradición como acto vivo de comunicación y la definición de amistad que el mismo don Giussani nos ha ofrecido y sobre la que meditamos durante las vacaciones de Corvara en 2015: «La amistad es volcar la propia existencia en la vida del otro». (Luigi Giussani, ¿Se puede vivir así?, Ediciones Encuentro, Madrid 2011, p. 83].
Significa que podemos mirar el acto del tradere, que estamos llamados a volver a vivir como en un gesto de amistad. ¡Y lo es en realidad! Es el acto de amistad más grande que podemos vivir hacia el hombre: ¡decirle que Cristo ha venido por él para salvarlo, para hacerle feliz! Mostrarle nuestra vida cambiada y en camino, llena de esperanza y de una serenidad que nadie conoce, llena de inteligencia de la realidad y de un amor que de otra manera sería imposible, llena de paciencia, de cercanía, de compartir, de mansedumbre pero también de fuerza en la adversidad, de tesón constructivo, de transparencia sin ingenuidad, de laboriosidad, de fidelidad, de claridad en la distinción entre lo verdadero y lo falso, de coraje en la afirmación del bien y para combatir el mal…todos los aspectos de la vida de los cristianos que el mundo sin Cristo no conoce, porque no le reconoció a él (1 Jn 3, 1).
Pero, ¿cómo podrán conocerlo?, se pregunta Pablo escribiendo a los Romanos, ¿cómo van a invocar a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo van a oír sin que se les predique? ¿Y cómo van a predicar si no son enviados? (Rm 10, 14-15). He aquí el sentido de nuestra vida y de nuestra vocación: hemos sido enviados a mostrar la vida que Cristo da al hombre, para invitar a todos los hombres a vivir con nosotros, para acoger en ella a quien quede fascinado. Sabemos que esta vida –lo que llamamos encuentro– es una gracia que no se puede reproducir, pero también sabemos que podemos pedir incesantemente al Padre que se la conceda a las personas a las que conocemos y, en particular, a los jóvenes, como decía Marco Aleo en su intervención: «la petición de que suceda el milagro (…del encuentro personal con Cristo) pretende dar forma a todo lo que proponemos, empezando por los niños cuando jugamos, comemos, cantamos, o damos clase».
La misión es en sí un acto de amistad, gratuito y finalizado en sí mismo. Por eso la Carta a Diogneto habla de los cristianos como del alma que habita en el gran cuerpo de la humanidad. Un alma incomprendida e incluso odiada a veces, pero principio esencial de vida. Os encontraréis obstáculos –predijo Jesús– porque no han conocido ni al Padre ni a mí (Jn 16, 2-3). La Iglesia, amante rechazada, portadora de la verdadera conciencia y malentendida, tratada como extranjera, perseguida, desea solo el bien del hombre y trabaja para que el hombre reconozca a Cristo y al Padre, fuente de todo bien.
La tradición es un gesto de amistad y, en cuanto tal, es algo sumamente positivo, bonito, expresión de un movimiento de bien hacia el hombre solo y desesperado que está a nuestro lado, del deseo que encuentre a Aquel que ha atravesado nuestro camino y nos ha llamado a compartir su vida.

La tradición es un tesoro precioso

No podemos, sin embargo, tener en consideración a la tradición solo en su aspecto personal, como acto y relación entre personas vivas que donan y reciben. El acto de donar y de recibir presuponen, de hecho, un objeto entregado y acogido. Existe también un significado objetivo del término tradición que tenemos que volver a aprender a acoger en su valor positivo: el de la tradición como traditum. De hecho no es erróneo decir que la tradición también es un conjunto de contenidos.
Quien está convencido de que se le ha donado algo precioso, tan precioso que le hace desear transmitirlo al que vendrá después, hace lo posible por custodiar ese tesoro. Pensemos en la relación de un discípulo con su maestro: el deseo de fijar el contenido de lo que ha recibido nace como un movimiento natural, como sentido de responsabilidad que el descubrimiento mismo de la verdad genera en aquel que la cumple. También en este caso nuestra estructura antropológica fundamental puede hacer de nosotros creadores de tradición. Aunque Platón se hubiese declarado en contra de la escritura, decidió fijar de alguna manera sus diálogos con Sócrates y las reflexiones que sostuvo a lo largo de su vida. Lo hizo mirando a sus discípulos, a la generación venidera en la que advirtió la responsabilidad frente a la verdad misma que había contemplado. Las resistencias en parte superadas del filósofo griego a entregar a la escritura la vida de su pensamiento nos muestran una experiencia ambivalente que representa una constante del espíritu humano. aunque un hombre profundo haya fijado de alguna manera lo que ha descubierto, entendido y experimentado, siente que no lo puede capturar totalmente, lo que le tienta a desistir. No obstante, se siente invenciblemente empujado, con el mayor cuidado posible, a abarcar el contenido de ese hecho que ha descubierto, porque advierte ese acto como un deber de servicio al hecho en sí y que exige ser transmitido para que sea revivido y profundizado.
Como ya hemos observado, en la Iglesia nos encontramos con las mismas dinámicas humanas, asumidas y transfiguradas en el orden de la gracia. Precisamente por eso se concibieron los evangelios, por la responsabilidad que los apóstoles advirtieron frente al hecho de su encuentro con Cristo. Por el mismo sentido de responsabilidad, Pablo decidió escribir las cartas a las comunidades que fundó o que quería visitar y, de la misma manera, hicieron los demás apóstoles. Quisieron condensar lo que Jesús vivió con ellos y lo que les enseñó. Al mismo tiempo, ellos nos han transmitido el sentido de la trascendencia del evento que intentaban fijar en las palabras con las que intentaban describirlo: Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se pusieron por escrito una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran (Jn 21, 25), anota el evangelista Juan. Y en su segunda carta añade significativamente: Aunque me queda mucho por escribir, prefiero no hacerlo con papel y tinta, pues espero ir a veros y hablar de viva voz, para que nuestro gozo sea completo (2 Jn 1, 12).
El Nuevo Testamento, entendido como el conjunto de los libros canónicos, es el resultado concreto de esta tensión por no perder y por custodiar, para que lo esencial no se pierda ni se tergiverse. Por eso Pablo amonesta a su discípulo (de la segunda generación) con esta recomendación: Timoteo, guarda el depósito (1 Tim 6, 20). Por eso el Apocalipsis, el último libro del canon, concluye con una serie de advertencias dirigidas a si alguno añade (o quita) algo (cfr. Ap 22, 18-20).
El Nuevo Testamento expresa de esta manera la conciencia de ser un texto arquetípico, testimonio de aquel acto arquetípico que fue la primera misión cristiana, la predicación apostólica. Desde su origen, la Iglesia ha reconocido al objeto de dicha predicación, a lo que llamamos el traditum, el valor de fundación sobre el que construir. La ha reconocido como la piedra de toque permanente de toda predicación, de todo acto de tradición, criterio de verdad, medida de fidelidad, fuente de certeza en toda fase sucesiva al redescubrimiento-transmisión del contenido de la fe: (…) que cada uno tenga cuidado en cómo construye, advierte Pablo. Pues nadie puede poner otros cimientos que los ya puestos: Jesucristo (1Cor 3, 10-11). Él es la piedra angular (Ef 2, 20; 1 Pe 2, 7).
Construir sobre este fundamento significa volver a vivir el acto de descubrimiento y de entrega de los primeros y de aquellos que los han seguido en la cadena de transmisión. Así, todas las generaciones han sentido la necesidad de dejar, a su vez, en diálogo con los textos anteriores, algo escrito. Y no solo a través de la escritura: obras de arte, normas de vida, principios de organización de las comunidades, formas litúrgicas, objetos y edificios de culto construidos cuando hubo libertad de culto…toda esta herencia es fruto del trabajo de los cristianos que nos han precedido, movidos por el deseo de fijar en una forma que consideraban adecuada a su tiempo lo esencial de ese evento último e infalible que invadió toda la vida para celebrarlo y revivirlo en primera persona y para que el camino realizado por ellos no fuese recorrido en vano, sino para que la generación sucesiva pudiera retomarlo y emprenderlo desde el punto en el que ellos habían llegado.
Tradición también es, por tanto, el fruto material de este inmenso y complejo gesto de responsabilidad y de amistad con el que nuestros padres quisieron ponerles en las manos a sus hijos con claridad y belleza lo que, a su vez, recibieron, redescubrieron y revivieron, para que también sus hijos pudieran volver a descubrirlo de nuevo y donarlo, reviviéndolo con sus hijos y con los hijos de sus hijos. Esto es la tradición, también en su sentido objetivo.

 

Una última mirada a los jóvenes

¿Qué pasa allí donde la comunicación del sentimiento de la sacralidad de este depositum se interrumpe? Que se convierte en bulto, adorno inútil, peso, condicionamiento negativo y jaula porque la generación que tendría que acoger el tesoro que se le quiere entregar no se ha contagiado del estupor derivado de la fe experimentada como hecho de encuentro.
Si no he conocido a Cristo en mi presente, ¿qué me puede ofrecer el testimonio de los que me han precedido? Sus vidas y sus obras son como un surco paralelo al de mi existencia, un surco por el que no camino y que veré bifurcarse del mío de un modo cada vez más evidente. Si no he tenido la gracia de ese encuentro, si no he sido tocado por el agua de esa tradición viviente que vuelve a sanar, el corazón de la aventura humana de los cristianos del pasado me resulta algo extraño, su lenguaje y sus intereses me parecen oscuros. Esto hace que los perciba lejanos e incomprensibles, como si se tratara de mis abuelos, me parecen incluso enemigos, exponentes de una realidad que de repente se me aparece como opresiva, oscurantista, retrógrada, enemiga de la libertad y de la alegría. De hecho, este es el sentimiento predominante de una generación que no se reconoce y que ya no se siente hija de la Iglesia, que no se identifica con la pertenencia a ella y, por ello, que no reconoce el valor de la herencia cristiana que continúa materialmente a su disposición.
Si el misterio de la libertad contiene en sí mismo la posibilidad del rechazo, también puede reabrir en todo momento el de una nueva acogida. Es esta conciencia la que nos debe animar en el trabajo con los jóvenes. Tenemos que mirarlos como hijos de la Iglesia, como parte, por lo menos, potencial, del gran flujo que atraviesa la historia del hombre. Quizás forman parte todavía inconscientemente, pero precisamente esta ignorancia, lejos de ser motivo de recriminación, indica la amplitud de nuestra llamada misionera.
Todo empezó así también para don Giussani, como él mismo cuenta:

«Después de unos diez años de tareas varias y convertido en profesor en el mismo seminario teológico (donde estudié), encontré en el tren a un grupo de estudiantes y empecé a discutir con ellos sobre el cristianismo. Les encontré tan alejados de las cosas más elementales que me vino como irrefrenable ímpetu el deseo de dar a conocerles lo que yo había conocido». (Luigi Giussani, L’avvenimento cristiano, BUR, Milano 1993, pp. 34-35.).

Aquel ímpetu era tan verdadero y profundo que nos ha alcanzado a nosotros. Ahora nos toca a nosotros entregarles a los jóvenes las llaves de la misma riqueza. El esfuerzo que ello requiere es una fatiga dulce.
Para testimoniarlo, quiero concluir con un último fragmento de la carta de Lorenzo Locatelli que ya he citado donde he descrito el albor de esta nueva, siempre nueva, posibilidad: «Me ha conmovido y confortado la posición de dos estudiantes universitarias que estaban en el Sínodo conmigo», cuenta Lorenzo. «Las propuestas anárquico-revolucionarias a las que asistíamos les han dolido. Una de ellas lloraba. He visto en estas dos chicas un fruto muy bonito de nuestra misión: el amor a la Iglesia. Quizás en este momento es lo que más necesitamos, gente que ame la Iglesia. Con sus heridas. Una de ellas, tras haber participado en el Sínodo, decía que en ella ha crecido el amor a la Iglesia y el afecto al obispo. ¿De dónde nace este sentimiento?, les pregunté durante la última asamblea del grupo de los universitarios de Santiago. Dijeron que este rostro está herido pero que muchos piden una Iglesia como la que ellas han encontrado en el movimiento». Lorenzo refiere la conclusión de las jóvenes: «Todos piden que se les acompañe a mirar lo que nos ha sucedido (refiriéndose a los escándalos), pero estamos acompañados a mirar toda nuestra vida a la luz de Cristo, desde el estudio hasta la relación con el novio. Todos piden que la propuesta cristiana tenga que ver más con la vida de la sociedad actual, pero a nosotros se nos ayuda a comparar todo con Cristo. En el Sínodo hemos conocido personas que tenían nuestras mismas preguntas pero nadie con quien jugársela. Nos hemos dado cuenta de lo que hemos recibido. En resumen, la Iglesia que todos desean sin saberlo es la Iglesia tal y como nosotros la hemos conocido».

Encuentro con los sacerdotes de la Fraternidad San Carlo. Roma, 4 de junio 2018

(En la foto, La llamada de los primeros discípulos, de Cláudio Pastro, Santuario de Aparecida, San Paulo de Brasil).

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