Padre Mattia Zuliani, ordenado sacerdote el pasado 24 de junio en Roma por la imposición de las manos del cardenal Angelo Scola, nos cuenta la historia de su vocación.

El primer recuerdo que tengo de la vocación es una imagen un poco desenfocada donde, junto a unos 30 coetáneos, estamos sentados en círculo alrededor de un crucifijo. El padre pasionista que dirige aquel retiro de Pascua se llama Marcelo y enseña religión en mi colegio. Nos pide ofrecer algo a Jesús para esta Pascua. Cuando me toca el turno, digo más o menos: “Si me quieres, yo estoy aquí”.

No sabía entonces que esa frase se colocaba como una línea de inflexión en mi vida: tenía once o doce años, y hubieran hecho falta otros tantos para que pudiese madurar mi disponibilidad a Dios. Hasta ese momento había sido acompañado en la fe por mi familia y por la parroquia. Nací en una familia católica y mis padres pertenecen al movimiento de CL. El domingo era día de misa y de fiesta. Por la noche, antes de dormir, decíamos las oraciones con mamá. Mayo era el mes de la Virgen y se rezaba el rosario por las calles de mi pueblo, sumergidos en el perfume de las rosas y de la hierba recién cortada. Hacía de monaguillo, aunque no recuerdo haber pensado nunca en ser cura.

Cuando en la escuela secundaria conocí al padre Constante y al padre Marcelo, descubrí que el sacerdote es una persona viva, que sabe amar profundamente. Aquellos curas eran felices y transmitían amor a nuestras vidas de chiquillos. A través de ellos, la hipótesis de entregarme a Dios se asomó en mi corazón y en mis labios.

Pero fueron necesarios varios años: en el fondo había el temor de una elección definitiva, y en la superficie los intereses y las modas más variadas con las que me tropecé en los años del bachillerato. Me enamoraba continuamente, no tenía continuidad en los compromisos y vivía superficialmente, “divirtiéndome”.

Gracias a Dios, sufrí algunos palos, especialmente al final del bachillerato: el final de la relación con una chica, la selectividad pasada con una mala nota, el hundimiento de los ideales políticos. Y a todo esto siguió una desconfianza hacía aquello en lo que siempre había creído, en particular hacía Dios.

No obstante apareciese exteriormente “como siempre”, dentro de mí había un vacío; no sabía siquiera si debía empezar la universidad. En este periodo de extravío, fue decisiva la figura de mi padre. Primero me ayudó a elegir la facultad de Psicología, y después fue el instrumento para que no me perdiese del todo.
Una noche, cenando, declaré: “Hay dos cosas que son inútiles para mi vida, con las que ya no quiero tener nada que ver: la Iglesia y el movimiento”. Después de la sorpresa inicial, mi padre dijo: “De acuerdo. Hagamos así: vas a los ejercicios del CLU [los Universitarios, N.d.T.] de Navidad, pidiendo entender el porqué estas en este mundo. Si no encuentras respuestas, eres libre de dejarlo todo”.
En los ejercicios de Navidad no encontré respuestas tipo oráculo, sino la invitación a seguir un camino, esta vez con nuevos amigos. Confié en ellos. A través de ellos, la hipótesis de la vocación volvió a la luz y se reforzó, también gracias a la ayuda de un amigo más grande, padre Ezio. Pero aún necesitaba un último empujón.

Para graduarme decidí hacer un periodo de prácticas en Uganda; África siempre me ha atraído, y en este periodo me enamoré de ella. Pero como en todos los grandes amores, hay flores y sangre. Las primeras dos semanas me encontré sólo, sin amigos, en un lugar que no entendía y no conocía. Recé mucho a la Virgen, que me sorprendió haciéndome encontrar amigos africanos e italianos. Si mis coetáneos ugandeses me han hecho mucha compañía, los Memores Domini han conservado, con la simple fidelidad a su vocación, también la mía.

Así que una noche me encontré admitiendo: “Tu me has amado siempre, incluso cuando yo desvié la mirada hacia otro lado. Y ahora me sigues hasta en Uganda. ¿Qué más puedo hacer, sino entregarme a Ti?”.

 

En la imagen un momento de la ordenación sacerdotal de padre Mattia, el 24 de junio de 2017.

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