El catecismo de los niños es también el lugar donde redescubrir aquella sencillez de corazón que hace emerger las preguntas verdaderas en cada uno de nosotros.

Un día Cristina se presenta en la sala de catecismo para substituir a una colega ausente. Los dieciséis niños de ocho o nueve años que esperan a la catequista de siempre no la conocen. Entonces ella, que lleva en la mano algunas bolsas de la compra, se acerca a ellos de esta manera: “Vengo del supermercado, y he visto a todos estos niños que entraban en este edificio. Así que entré yo también. ¿Qué haceis aquí?”. “¡Estamos en la catequesis!”. “Y ¿qué es?”. “Aprendamos a rezar, a conocer más a Jesús…”, responden los niños sorprendidos. “¿Y quién es Jesús?”. “¡Es el Hijo de Dios! ¡Es ese de allí, en la cruz!”, dicen apuntando el dedo. “Ah, y luego ¿vais a hacer un picnic en ese edificio grande aquí al lado, con un gran mesa y algunos bancos?”. “Pero no… ¡esta es la iglesia! ¡Y la mesa se llama altar! ¡Sobre la altar se celebra la misa!”.

Durante la hora en que ha substituido a la amiga catequista, Cristina se ha divertido haciendo pregunta tras preguntaa a los niños. Y ellos, conquistados también por su simpatía, han hecho una especie de “revisión” de las cosas aprendidas en los primeros dos meses de catecismo. Una manera no convencional, ciertamente, pero muy eficaz. Así quisiéramos que sucediera siempre.

En Alverca, los niños de seis a doce años se encuentran para la hora de catecismo el sábado o el domingo: a las reuniones alternamos otras actividades como juegos en grupo, encuentros con sacerdotes, visitas a hospicios, pequeñas excursiones. Y naturalmente la misa para las familias, donde los chicos participan como monaguillos, lectores, cantores. De esta manera, los contenidos esenciales de la fe son trasmitidos tanto por la palabra de los catequistas y de los curas como por estos gestos hechos juntos. Este año tenemos un buzón donde los niños pueden escribir sus preguntas. Me impresiona la cantidad y la calidad de estas preguntas. Las tenemos también nosotros los adultos, pero ya no tenemos un corazón suficientemente simple para plantearlas. “¿Por qué los santos son tan importantes?”, “¿Cuál es el sentido de la vida?”, “¿Cómo sabemos si la gente buena va al cielo o al infierno?”, ¿Por qué al final del Padre Nuestro en la misa no se dice Amén?”, ¿Por qué aún no puedo hacer la comunión?”.

Escuchar a estos niños, rogar a Dios para que puedan encontrar su camino en la vida, es una bellísima aventura. Algunas respuestas las encontrarán, otras preguntas permanecerán en la espera, pero de todos modos será el comienzo de una relación excepcional, para siempre.

 

En la imagen, una vía crucis con los jóvenes de la parroquia de Alverca.

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