Como ayuda para vivir el tiempo de Cuaresma, proponemos una meditación sobre el Viernes Santo, centrada especialmente en el episodio evangélico del prendimiento de Jesús y en dos de los protagonistas, Judas y Pedro, que viven dos experiencias contrarias.

Una vez más el ímpetu de Simón suscita nuestra simpatía. Pero, como normalmente sucede, su acción tiene un grave defecto y se queda en nada, en una huida ante la suerte que había afirmado querer abrazar.
Hay otro aspecto que se debe subrayar sobre la expresión «ofrecer el alma por alguien»: puede traducirse con la locución «poner en riesgo la vida» o «dar la vida». Si un pastor en genérico puede poner en riesgo su vida, Jesús, el Buen Pastor, en cambio, la da, dona su propia existencia.
Las palabras de Jesús referidas por Juan –yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla (Jn 10,17-18)– nos confirman que Él «entrega Su alma» como indica la segunda acepción: solo quien dispone plenamente de algo puede de verdad ofrecerlo[1].
Pedro ha escuchado la parábola del buen pastor, pero no ha entendido hasta el fondo su contenido. O quizás no ha querido entender. El hecho es que su interpretación se liga al primer significado, poner en riesgo la vida. Al leer los sinópticos, no parece descabellado decir que la intención de Pedro es imitar al Señor, pero a un nivel menor de lo que Jesús propone. Nadie quiere poner el duda el amor del apóstol hacia el Maestro, pero quizás se trata de un afecto todavía ligado a una imagen «romántica»: morir matando.
En el episodio del prendimiento este equívoco sale a la luz. Jesús no pide un acto de heroicidad sino una identificación profunda consigo mismo, que Pedro aún no ha llevado a cabo. Él tiene en su poder dar la propia vida y recuperarla, y elige libremente sufrir y ser crucificado. Pedro está dispuesto a morir, pero aún no acepta la modalidad que Dios ha elegido para él.
Consideramos ahora la actitud de Jesús hacia Judas, teniendo en mente el tema del ofrecimiento de sí mismo. Judas Iscariote ya se ha quitado la máscara, es el traidor. Las palabras de Jesús no dan lugar a dudas, por si aún quedaban. Pedro, Juan y Santiago están con Jesús cuando la turba enviada va a arrestarle. Los apóstoles habrán asociado en su cabeza y comentado entre ellos por un lado la escena de la horrible traición de Judas y, por el otro, la mirada que Jesús le dirige, a pesar de saberlo todo. Si no han percibido esa mirada por la oscuridad, al menos han escuchado las palabras de afecto: «¡amigo!». Y si no han oído las palabras, a menos les habrá provocado el tono acogedor de Jesús. Toda ambición de reconstruir el reino de Israel se derrumba contra esa mansedumbre que está totalmente fuera de lugar.
Al final, hay un detalle en la escena que es realmente la gota que colma el vaso: la curación del siervo del sumo sacerdote. El hecho de que Pedro se abalance sobre él es perfectamente comprensible (como máximo nos podemos preguntar por qué no acomete contra Judas), pero la curación de Malco no tiene ningún sentido en una situación así: no sirve para nada, no le salva la vida a Jesús. Intentemos pensar en lo que significa para los discípulos ver un milagro en aquel contexto. Es un gesto tan inútil que no puede ser más que divino, en el sentido de que está tan despojado de cualquier tipo de retribución, tan extraño a cualquier lógica utilitarista que solo puede deberse a la revelación del verdadero rostro de Cristo: la caridad hasta el amor por el enemigo. Esperaban la legión de ángeles y Cristo aniquila todo afán militarista de los Doce.
De modo que Jesús, según la lógica de la Carta a los Hebreos, llevado a la consumación por su sufrimiento, ofreciendo al Padre esa voluntad [por la que] todos quedamos santificados, está entrando en el santuario celeste para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Está en otro nivel, inaccesible aún para sus amigos.

 

Pedro frente a Judas

Volviendo a la comparación entre Pedro y Judas, podemos observar que, en cuanto a las condiciones externas, en cierto sentido los dos van «a la par». Ambos han pecado, pero esto ya se lo había profetizado Jesús, que había abierto una brecha para la misericordia. Al revelar que conocía su traición, de algún modo les anticipa el perdón. En cambio, como sabemos, los rasgos de sus posturas durante el Viernes Santo son muy diferentes. ¿En qué se basa la diferencia? Intentemos entender por qué Pedro, aunque sale de la escena habiendo derramado lágrimas amargas a causa de su traición, se mantiene firme.

San Ambrosio nos ofrece una observación fundamental e incomparable acerca de las lágrimas de Pedro:

«Buenas son las lágrimas que lavan la culpa. Lloran aquellos a los que Jesús mira. Pedro ha negado una primera vez y no ha llorado, porque el Señor no le había mirado. Niega una segunda vez y de nuevo no ha llorado, porque el Señor aún no había dirigido su mirada hacia él. Niega por tercera vez: Jesús le mira y él llora amargamente […].
Tú también, si quieres merecer el perdón, borra tus culpas con las lágrimas: en ese momento Cristo te mira. Si descubres alguna falta, él, testigo presente de toda tu vida secreta, te mira para recordarte el error y llevarte a confesarlo. Imita a Pedro que, en otra circunstancia, dijo tres veces: «Señor, tú sabes que te quiero» (Jn 21,15). Niega tres veces y tres veces confiesa su fe. Niega de noche, pero confiesa en pleno día […]»[2].

Simón se escandaliza de la mirada de amor dirigida al traidor. Él sentía que había sido justo al realizar su gran acto de fidelidad, pero ahora, al experimentar la amarga recompensa del orgullo, se encuentra mendigando, pidiendo ser mirado de la misma manera.
Es lo que había profetizado Jesús al decirle: Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos (Lc 22,32). Precisamente por haberlo experimentado, puede ser el primero.

«Enséñanos de qué te han servido tus lágrimas. Pero ya nos lo has mostrado: puesto que antes de llorar habías caído. Después de las lágrimas has sido elegido para guiar al resto, tú, que antes no sabías guiarte a ti mismo»[3].

Todo esto no le sucede a Judas. Y se debe caer en la cuenta de que él también ha recibido la mirada misericordiosa de Jesús. Solo podemos aproximarnos al misterio de su mal. Su figura lanza un gran interrogante a los cristianos de todas las épocas. Los mismos evangelistas no saben bien cómo gestionar la herencia moral de su traición. Juan opta por la tesis de la codicia, el amor excesivo por el dinero: era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando (Jn 12,6). La liturgia bizantina retoma este argumento de manera casi obsesiva, pero después le hace una pregunta retórica a Judas:

«¿Por qué, si amabas la riqueza, seguías a Aquel que enseñaba la pobreza? Si en cambio Le amabas a Él, ¿por qué has vendido a Aquel que no tiene precio, entregándolo a la multitud homicida?» [4].

La pista indicada por Juan no se sostiene hasta el final. Es necesario pensar en otra cosa.
No es exactamente una fuente ortodoxa, pero al principio del musical Jesucristo Superstar encontramos una sugerencia que podría ayudarnos a resolver el misterio. Judas abre la escena diciendo:

«Si separas el mito del hombre verás con qué nos encontramos. / Jesús, has empezado a creer las cosas que dicen de Ti, / realmente piensas que esta fábula de la divinidad es verdad […]. / Todo el bien que has hecho se disolverá pronto, / has empezado a importar más que las cosas que predicas».

Me parece una hipótesis interesante: hay una roca sobre la que se asienta la fidelidad de Pedro, y lo mismo puede haberle sucedido a Judas, el cual, quizás y simplemente, había entendido todo antes que él. Sus imágenes de cumplimiento no se correspondían en absoluto con el punto de vista de Jesús. Solo que en Judas esto se atribuye a una grave falta de fe; quizás a una ausencia de caridad.
Ciertamente, podemos decir que el abandono de Judas al diablo no sucede de una vez por todas, sino a través de una caída progresiva. Juan identifica dos momentos durante la última cena[5]; Lucas, otro al inicio de la semana santa[6]. Es un movimiento progresivo de rebelión, de cerrazón, de obstinación; un precipicio de rebelión sobre el cual solo podemos hipotetizar, que se acentúa paradójicamente con la cercanía de Jesús, quien revela los secretos de nuestro corazón.
Quizás convendría reconstruir la lucha que se libra dentro de Judas observando los gestos que realiza. La gran diferencia entre Pedro y el Iscariote, en cuanto a su actitud tras la traición, es que Judas intenta justificarse, Pedro, no.

«Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo: ‘He pecado entregando sangre inocente’» (Mt 27,3-4).

«Judas se arrepintió». Es una afirmación muy fuerte. Aun así, se trata de un arrepentimiento trágico, en primer lugar, porque él pide la absolución a sus propios cómplices, los sacerdotes, incapaces de interceder por los pecados y, sobre todo, profundamente corruptos. Pero no es solo esto: el «teatro» que muestran porque ninguno quiere los treinta denarios y, junto a esto, la responsabilidad de la sangre inocente de Jesús es una representación grotesca de la verdadera esencia del problema. Las dos partes discuten la suma maldita, hasta que encuentran una solución que salva las apariencias: se comprará un campo (cfr. Mt 27,7).
La tragedia consiste en el rechazo a asociarse a la única sangre que nos puede salvar. Irónicamente, es la misma ceguera que aflige al pueblo de Jerusalén, el cual, frente a Pilato, invoca sobre sí mismo la sangre de Jesús (cfr. Mt 27,25). Aparentemente, la situación es la opuesta, pero de hecho, se trata de la misma dinámica, a pesar del aparente reconocimiento de su culpabilidad. Los judíos piensan que están en lo cierto y, por tanto, pueden atribuirse la sangre de Jesús, pero en realidad se engañan: están seguros de que su gesto no tendrá consecuencias. Ha llegado el momento en que todos los que Le persiguen piensan que así dan culto a Dios (cfr. Jn 16,2).
Ciertamente, no se trata de reducir el problema a una cuestión de nacionalidad: no hay ni judío ni griego, sino que todos somos uno en Jesucristo nuestro Señor (cfr. Gal 3,28).
El criterio que divide el mundo no es una pertenencia étnica cualquiera, sino la respuesta de fe que se da o no a la pretensión de Jesucristo de ser el Señor de la historia. Como expresa Juan Crisóstomo, la maldición que los judíos invocan no es irrevocable, en cuanto que:

Un Dios misericordioso no ha ratificado esta sentencia, sino que ha aceptado a muchos de los judíos. Pablo era uno de ellos y muchos miles de los que creyeron en Jerusalén.

Por último, no hay diferencia entre quien no quiere responder por la sangre de Cristo (Judas y los sacerdotes) y quienes piensan que pueden atribuirse la maldición, sosteniendo que no son culpables (si Jesús hubiese sido simplemente un hombre, los judíos, al matarle, sencillamente habrían cumplido con su ley). Todos se pierden la cuestión central.
El punto decisivo es la fe, la fe en la misericordia de Dios por encima de todo: hemos creído en su amor.
Dice Nicola Cabasilas:

«Hay muchos obstáculos que pueden oponerse a nuestra salvación, pero el más grave consiste en no volver inmediatamente a Dios para pedir perdón después de haber pecado, sino que, llenos de vergüenza y temor pensamos que Dios ha sido desdeñado y está descontento con nosotros y que es necesario por ello una larga preparación si queremos acceder a Él. Ahora bien, la consideración de la amistad de Dios por los hombres aleja del alma este pensamiento por completo. Si tú sabes con claridad cuán dulce es el Señor y que mientras sigues hablando dirá: ‘!Aquí estoy!’, ¿qué puede impedirte que te presentes de inmediato ante Él, después de haber pecado? […]
En los pecados hay dos tipos de dolores: uno alivia y el otro arruina a los que los cometen; de ambos tenemos dos claros testimonios: el primero, el del beato Pedro y el segundo, el del miserable Judas.
En Pedro el dolor custodió la buena voluntad, y él, con su llanto amargo, no estuvo menos unido a Cristo de lo que lo había estado antes de pecar contra Él. En cambio, a Judas, el dolor le llevó a la horca y se fue cargado de cadenas en el tiempo de la liberación común; mientras se derramaba la sangre que purifica el universo, solo él desesperó de ser purificado.
[…] el pecado, por tanto, nos vuelve malvados ante Dios y ante nosotros mismos. Pero mientras el dolor por nuestra ingratitud hacia el Señor no nos causará ningún daño y nos será muy útil, no sucederá de la misma manera si, tras habernos hecho una excelente opinión de nosotros mismos, al verla destruirse por nuestros pecados, nos afligimos, abatimos y torturamos el corazón con amargo resentimiento, como si ya no se pudiese vivir una vez que hemos caído con tales culpas. Debemos huir de esta tristeza, porque es evidente que genera la muerte, al igual que el afecto excesivo por nosotros mismos. En cambio, la primera tristeza nace del amor por el Señor, por reconocer claramente a nuestro benefactor y de saber que no solo no le damos nada de todo lo que deberíamos, sino que, es más, recompensamos sus beneficios con nuestra maldad.
Entonces, de la misma manera que el orgullo es un mal, también lo es el dolor que nace en el alma por orgullo. Por el contrario, dado que el amor por Cristo es infinitamente digno de alabanza, nada procura mayor beatitud a los hombres rectos como sentir la aflicción y el dolor del alma, herida por los dardos de este amor[7]».

 

Concluimos con una oración de la liturgia bizantina.

«Presentemos nuestros sentidos purificados a Cristo y, como amigos Suyos, entreguémosle nuestras almas. Haz que no nos sofoquen las preocupaciones mundanas como a Judas, sino que clamemos en nuestro corazón: ‘Padre nuestro, líbranos del mal’»[8].

 

Retiro de Viernes Santo en la Casa de formación, 10 de abril de 2020.
(Imagen: «El prendimiento de Cristo», detalle del mosaico, Basílica de San Marcos, Venecia).

 

[1] Cfr. Kittel, GLNT, vol. X, coll 1119s.

[2] San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam, X, 88-90.

[3] San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam, X, 91-92.

[4] Liturgia bizantina, laudes del Jueves Santo.

[5]«Ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo» (Jn 13,2); «Detrás del pan, entró en él Satanás» (Jn 13,27).

[6]«Entonces entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce» (Lc 22,3).

[7] N. Cabasilas, Vita in Cristo, 652b, 652c; 653a; 653b; 653c.

[8] Liturgia bizantina, Oficio de la Pasión.

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