Padre Marco Vignolo fue ordenado sacerdote el 24 de junio pasado en Roma, por la imposición de las manos del Cardenal Angelo Scola. Nos cuenta la historia de su vocación.

El encuentro decisivo para mi vida ocurrió en cuarto de secundaria, durante una de las primeras clases del profesor de Religión, que me invitó a un encuentro de estudiantes después de la escuela. Lo llamaban “el radio”. Fue el primer contacto con una compañía de amigos que me involucró y me ayudó a sacar las preguntas más importantes que llevaba en el corazón, a formular junto a ellos, guiados por una persona mayor, un intento de respuesta.

Algunos meses más tarde se realizaron los primeros ejercicios de Pascua, el Triduo de Juventud estudiantil en Rimini: en las palabras del cura, padre Giorgio, encontré algo que me correspondía profundamente. De esa compañía ya no me separé nunca. Aún siendo seis mil, tuve la sensación clarísima de que el sacerdote me hablaba directamente a mí.

Recordando hoy los años del bachillerato, no puedo más que agradecer al Señor por haberme dado la posibilidad de encontrar personas verdaderas, que me amaban y me aman más de lo que yo sé quererme a mí mismo. La caritativa el sábado, el radio, la escuela de comunidad, la misa, se convirtieron en citas fijas. He crecido gracias a una mirada sobre mí que dejaban vislumbrarse estas preguntas: ¿qué será de él? ¿Cuál será su destino?

En la universidad, como estudiante de primer año de Derecho, volvió a acontecer el encuentro que había tenido con 14 años. Muchos amigos me implicaron en sus vidas, desde los laudes por la mañana al estudiar juntos para aprobar los exámenes, de la política universitaria a los bancos que acogían a los novatos, de la venta militante de la revista Tracce [Huellas, N.d.T.] al diario estudiantil, de las relaciones con los profesores a la vida en el piso, hacíamos juntos experiencia de los muchos intentos de afirmar una Presencia en nuestra vida. Gracias a estos amigos, se me recordaba constantemente no dar por descontado aquello que había entre nosotros, la razón de nuestra unidad: Jesucristo. Con ellos estaba llamado a responder a una pregunta que en los años me ha cambiado: ¿qué es lo que sustenta tu vida? ¿En qué encuentras satisfacción? Con el tiempo, de una manera discreta, pero firme, se afirmó en mí una intuición: dar toda la vida a aquel encuentro hecho cuando era adolescente.

Una experiencia en particular fue decisiva: la representación estudiantil en la universidad. Ir hasta el fondo de las razones y también de la fatiga de este compromiso, ha hecho que descubriese querer vivir todas las relaciones en la verdad, en la plenitud. Así, durante el último año de universidad decidí entrar en el seminario de mi diócesis, Chiavari.

Fue un momento fundamental, sobre todo porque me permitió profundizar en mi vocación. Las relaciones de amistad con los compañeros de viaje, la mirada de los superiores, la paternidad de mi obispo, me han ayudado a entender que estaba llamado a una vida sacerdotal en la fraternidad y en la misión. Así llegué a Roma, a la Fraternidad San Carlos.

Una frase de Mounier me ha acompañado en estos años como un recordatorio constante: «Es de la tierra, de la solidez, es de donde brota el parto lleno de alegría (…) y el paciente sentimiento de una obra que crece, de etapas que se suceden y que han de esperarse con calma, con seguridad… Es necesario sufrir para que la verdad no cristalice en doctrina, sino que nazca continuamente de la carne».

Con inmenso agradecimiento recibo el don del sacerdocio, consciente que no es un regalo para custodiar celosamente para mí, sino para gastar por las personas que encontraré.

 

En la imagen, padre Marco Vignolo, al centro, durante la fiesta después de la ordenación.

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