Desde 1991 la misión de la Fraternidad llega hasta los confines de Siberia. Una entrevista a nuestros sacerdotes.

Sacerdotes católicos en Siberia durante el confinamiento: para echarse a temblar. En cambio, uno de ellos, Francesco, que pasó más de tres meses, desde marzo hasta julio, solo en el pueblo de Palavinnoje, cuando cuenta de este periodo menciona una extraña palabra, «gracia»: «ha sido una gracia inesperada». Lo expresa tal cual y lo repite varias veces, casi excusándose por la extraña asociación. ¿Y el otro, Alfredo? «He vivido una gran experiencia como ermitaño», cuenta desde Novosibirsk. «De verdad, lo digo sin autocomplacencia, ha sido un periodo fecundo». Y suelta una carcajada. Sí, porque él se llama así: Fec, Alfredo Fecondo. De nombre y hecho. Para ambos, los sacerdotes de la misión siberiana, el confinamiento no ha supuesto un momento vacío para perder de vista sino una temporada rica de presencias, si bien, inusuales. Francesco Bertolina lleva en Siberia desde hace 29 años. De lunes a jueves vive en Novosibirsk, en la casa de la misión donde son dos de momento. Los jueves va por los pueblos de la provincia de Krasnozersk, lo cual quiere decir que, bajo el sol o con nieve, se hace cientos de kilómetros para ir a celebrar misa, administrar los sacramentos o simplemente para hacer compañía­ a alguna familia y muchos ancianos.

«El 24 de marzo supe que a las 20h de ese día el presidente cerraría las fronteras, prohibiendo el acceso a Novosibirsk. Ya estaba en el coche, yendo de camino, pero me quedé aquí. El lunes de Pascua celebré misa solo». Hay mucho que hacer para uno que, como Francesco, no sabe estarse quieto. Ayuda a las personas que tienen Internet a conectarse a las celebraciones de Pascua que su amigo monseñor Paolo Pezzi, arzobispo de Moscú, realiza en la catedral; arregla la cocina del piso y el techo del garaje; participa como puede en algún funeral. «lleva la comunión a una pareja de ancianos en Krasnozersk. Ella, Mina, tiene 94 años. Es totalmente ciega pero tiene un excelente oído. Él, Ivan, era sordo pero veía bien. No podían ayudarse el uno al otro. En los hospitales de aquí no atienden a las personas ancianas y enfermas. De modo que una hija dejó el trabajo de vendedora para ayudarles durante el día. Por la noche se turnan el resto de hermanos. Siempre me ha impresionado el afecto que tienen estos hijos hacia sus padres y cómo me acogen también a mí: cada vez que iba me hacían una fiesta. Estuve en el funeral de Ivan pero después no me quedé. Con la nieve helada, para moverse por aquí se necesita un 4×4».

Mientras tanto, en la ciudad, la vida de Fecundo también es más solitaria. Sale una vez por semana únicamente para hacer la compra. En las dos parroquias en las que está –San Agustín, un piso en la ciudad universitaria, y San José, una pequeña iglesia construida por los misioneros, a unos diez kilómetros– volvió a celebrar la misa presencial desde hace solo pocas semanas. Cuando empezó el confinamiento hacía poco que Fecundo había terminado su tesis de doctorado. Acogió la cuarentena como una posibilidad de descanso y preparación de un curso que impartirá en otoño en el seminario de Roma. «Además de cocinar –mi pasión–, pasaba los días en una habitación donde leía ante una ventana. Lo primero que descubrí fue el cielo: hacía tiempo que no lo miraba. Era precioso, azul». Después, llegaron huéspedes inesperados: «gorriones y pichones. Empecé a darles de comer, después me di cuenta de que por ahí cerca volaban los vencejos. Cuando era pequeño los veía por el pueblo. ¡Descubrí que también había en Rusia!». Fecondo come y Bertolina se pone a dieta, pero para ambos es un tiempo de preguntas. «Esta es una circunstancia bastante dura», confiesa don Alfredo. «Me ha surgido de forma potente una pregunta: ¿quién me ayuda a vivir? La invitación que nos hacía Carrón a ‘vivir intensamente la realidad’ era fascinante. Descubrí que para mí significaba vivir las cosas de todos los días con sencillez, pero con un gusto nuevo: por la mañana, comer pan con aceite, tomate y un buen pimiento fresco era un acontecimiento; ver al papá gorrión dar de comer al polluelo es una experiencia de rara belleza». La escuela de comunidad ofrece una ayuda: «Me he descubierto observando la realidad y descubriendo que ahí está la mirada de otro». Además, descubre a Grossman, Vida y destino. «Casi mil páginas para darme cuenta que amo todos esos nombres, su destino. También he celebrado alguna misa».

Habiendo descansado y volviendo a la dieta y al ayuno, Francesco aprovecha el confinamiento para reflexionar sobre un problema que le preocupa desde hace tiempo. Siendo párroco de Palavinnoje, se dice a sí mismo que quizás debería vivir aquí de forma más estable: «Entablar relaciones, cultivar amistades, en definitiva…vivir. Pienso en esto desde hace 20 años pero me equivocaba». Francesco lo explica bien, con la sencillez que conmueve a quien le conoce. «He entendido que tengo que aceptar que sea otro quien establezca los tiempos y el modo de una presencia: permanecer con Cristo donde él quiere, estar donde él permite, donde él pide o se ofrece, es el principio de una paz indecible, sin parangón ni límites».

La última pregunta puede darse por supuesto pero no debería. ¿Qué mantiene unidos a dos osos siberianos como Alfredo y Francesco? «No sé si existen dos personas más diferentes como nosotros», confirma Bertolina. «Pero agradezco al Señor la relación con Fec, porque es una persona transparente mientras que a mí, que vengo de la montaña, me cuesta abrirme. La relación entre nosotros viene del reconocimiento de haber sido enviados aquí a vivir nuestra relación con Cristo, donde nos han llamado y, de modo privilegiado, en nuestra casa. Con sus reclamos, Alfredo me ayuda a vivir una tensión hacia Cristo. Siempre implica un camino, nunca un acomodarse». «Osos y ermitaños», añade Fecondo. Después, se vuelve serio: «En el descubrimiento de mi yo, me he topado también con la gracia de la compañía de Francesco. Cuando volvió en julio reestructuramos la casa. No me esperaba que después de tantos años pudiese florecer una relación tan cotidiana como la nuestra. Me conmueve la caridad que tenemos el uno con el otro y el deseo que ha renacido en nosotros de poder ser –y aquí es necesario usar las palabras eternas del querido don Giuss– compañía hacia el destino, dentro de una compañía más grande». En este lugar, tras el confinamiento llegan a extrañas conclusiones. «Todo es gracia», dice Francesco. Y Alfredo concluye: «He cumplido 60 años, he celebrado mi vigesimoquinto aniversario como sacerdote: justo cuando uno debería hacer las cuentas con lo que ha vivido, está empezando todo. En definitiva, lo mejor está por llegar».

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