La luz del martirio brilla en el oro de un icono que cuenta la historia de los nuevos mártires rusos, muertos bajo el régimen soviético.

Desde que comencé mi aventura rusa, hace ahora tres años y medio, he llevado siempre conmigo un icono que compré el primer verano transcurrido en Moscú. El icono representa a los mártires de la persecución comunista en Rusia. Están retratados 200 de los cerca de 564.000 santos que han vertido su sangre por Cristo. Obispos, monjes, la familia imperial y, también, niños. Todo está representado con abundancia de detalles, todo rostro es diferente de los demás, fiel a las fotografías obtenidas.

En el centro del icono, sobre el fondo de la catedral de Cristo Salvador de Moscú, demolida por Stalin y reconstruida en los años 90, vemos la cruz, victoria de Cristo sobre el infierno y la muerte. Bajo la cruz, una altar cubierto por un mantel rojo que reclama a la alegría pascual en que viven ahora los mártires. En el Evangelio abierto sobre el altar se lee: «No tengáis miedo de los que puede matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma». En torno al icono se representan quince estampas con algunos episodios de la persecución comunista.

El primer recuadro representa las islas Solovki. Un antiguo monasterio, cercano al círculo polar ártico, empleado como campo de concentración. A la izquierda la iglesia de la principal isla transformada en prisión, a la derecha la isla Anser, donde se apareció a un monje la Virgen pidiendo que se construyese una iglesia dedicada al sufrimiento de su Hijo. Así surgió la “Ermita del Gólgota”, que después sería transformada en el hospital del campo, convirtiéndose, literalmente, en el monte Calvario para muchos de los nuevos mártires. Junto a la iglesia un milagro sucedido: un abedul, cuyas ramas crecidas de modo no natural, forman una cruz perfecta. En otro recuadro está representado el martirio de santa Isabel Fedorovna, mujer del príncipe Sergio, hermano del zar, muerto en un atentado en 1905. Fundó un monasterio en Moscú tras la muerte de su marido. En el lapso de tres meses fue arrestada y arrojada al fondo de una mina con otras siete personas a morir de hambre y por las heridas que le habían producido. En los días que precedieron a su muerte, Isabel, hasta el último, rezó entonando canticos y buscó aliviar el sufrimiento de sus compañeros de prisión.

El amarillo del oro, que domina el icono, transfigura el mal representado hasta el punto que sólo si se mira con atención se advierte que allí se representan crímenes terribles: personas sepultadas vivas, ahogadas, fusiladas.

En el icono como en la realidad, cuando entro en una iglesia, y veo que los nuevos mártires son venerados, experimento una sensación de esperanza, porque percibo un pequeño germinar de la fe. Recibo el mismo coraje cuando veo una iglesia que, reconstruida hace poco, con sus cúpulas doradas, transfigura el gris de los edificios soviéticos.

carlo zardin

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