David Crespo, nuevo sacerdote de origen portugués, nos cuenta su historia.

«¿Cómo has hecho para comprender que te harías sacerdote? ¿Se te ha aparecido la Virgen?» me preguntan los chavales de la cárcel de menores de Casal del Marmo, de Roma. «¡Ojalá!» respondo secamente frente a sus caras desilusionadas.

Nací en Alverca, una pequeña ciudad a las puertas de Lisboa donde mi historia está ligada a la de la Fraternidad san Carlos. Por varias razones, no frecuenté la catequesis ni la parroquia. Desde pequeño, no obstante, pasando las vacaciones en el pueblo de mis padres, ayudaba a mi abuela en la preparación de la Semana Santa, con sus variadas devociones populares.

Un día, en los primeros años de la escuela superior, una amiga me dirigió una invitación inesperada: «Debes conocer a los nuevos sacerdotes italianos que han llegado a la parroquia. ¡son diferentes!» No estaba especialmente interesado pero a la parroquia acabé casi “por casualidad”. Entonces conocí a don Francesco. Una simpatía inmediata y mi proposición de ayudarle con la catequesis dieron inicio a una amistad cada vez mayor, que se extendió hasta abrazar a todos aquellos que en los siguientes once años han participado en la misión portuguesa, desde Zé Maria a Silvano y Rafaelle, de Nicolò a Luis Miguel.

Con la licenciatura en Derecho, comencé la práctica forense, sin dejar de colaborar en la iglesia de los Partorcillos de Fátima. Es más, la amistad con aquellos sacerdotes italianos, tan diferentes pero al mismo tiempo tan felices, se hizo cada vez más apremiante, introduciéndome al movimiento de Comunión y Liberación.

Todo esto, poco a poco, aportó un mayor gusto a mi vida. Y ejercer la abogacía me gustaba mucho, aunque resultase duro. Recuerdo particularmente aquella noche en la que cerramos, tras una jornada completa de negociaciones, un contrato a las 23:59, con champán. A la mañana siguiente estaba libre, por lo tanto, para ir de vacaciones con los muchachos de la escuela media a los que desde hacía algunos años seguía en su camino. Fueron propiamente aquellos días los que marcaron el momento del cambio. Mirando la belleza vivida juntos en los juegos y la excursión por la montaña, e impresa en nuestros rostros al volver a casa, he conservado en lo profundo de mi corazón el deseo de ser cada vez más instrumento de ese acontecimiento. Así como de llevar el grito de plenitud de esos chavales hasta ponerlo delante de Dios.

Algunos años después, a una chavalita que estaba entre ellos, le diagnosticaron un cáncer. Cuando fui a verla al hospital, me dijo: «Quiero asistir a tu ordenación». «Vânia» le respondí, «sé que estás sufriendo mucho, ofrece tu dolor por nuestras vocaciones». Fue llevada al Paraíso en Junio del 2013 la misma mañana en que en Roma se desarrollaban las ordenaciones de la Fraternidad de san Carlos. Hoy recuerdo su sonrisa, que desde allá arriba intercede para que se cumpla mi vocación.

Pasados siete años, la promesa inicial comienza a cumplirse, a través de la concreción de rostros fraternales que Dios me ha dado llamándome a la compañía de la Fraternidad. Aquí conozco mi verdadero rostro. Cuando atravieso la puerta de la cárcel de menores, de hecho, mi corazón se enciende de gratitud por el don de una casa que todos los días me acoge y consuela. Por eso, de esta misericordia, puedo hacer partícipe a los chavales que me encuentro. Uno de ellos, D., me escribió: «Cura, ¿te acuerdas cómo te insultaba cuando te veía? Pensaba que eras como tantos otros, falso y con dos caras. No obstante, debo decirte que he cambiado de idea. No todos están siempre dispuestos a echar una mano donde se necesita, no todos, más bien casi ninguno. Y bien, las cosas cambian, estamos en 2016 y tengo incluso amigos sacerdotes, ¡quién lo iba a pensar!

A propósito, a veces me viene la idea de ir junto a ti y a mi hermano a “dar un golpe”, pero paciencia, se me pasará…»

“Robar” las almas y llevarlas a Dios, ¡Me gusta!

 

En la foto, David Crespo con uno de los presos del Instituto Penitenciario de Menores de Casal del Marmo de Roma. Tras la ordenación, don David se incorporará a la casa de Ciudad de México.

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