Desde Taiwán una historia de conversión: Pedro, joven feligrés de San Francisco Javier en Taishan, nos cuenta su encuentro con Cristo.

En diciembre de 2015 he empezado a frecuentar la catequesis pre-bautismal en la parroquia de San Francisco Javier, en Taishan. Anteriormente nunca me había preocupado realmente de conocer a Dios. Pertenezco a una familia de religión tradicional, y de pequeño pensaba en Jesús o en Dios como divinidades extranjeras. A pesar de que había asistido a la escuela católica “Celso Costantini”, hasta 2º de la ESO (14 años) no había tenido ninguna curiosidad por el catolicismo, no me interesaba profundizar en su visión. Pero después, justamente a causa de las religiones tradicionales, en mi familia empezaron unos conflictos que me causaron un gran sufrimiento. Fue la primera vez que pensé en acercarme a Jesús. Recuerdo que, mientras atravesaba el campus de la escuela, levantando la cabeza vi una frase escrita: “Vengan a mí todos los que estáis afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”. Me sentí conmocionado, por un momento pensé en adherirme al cristianismo. Pero después no tuve el coraje de cambiar.
Más tarde, mi vida se había vuelto muy vacía. Pensaba que sólo podía contar conmigo mismo, seguro de que nadie – persona o divinidad – podía ayudarme. Me faltaba la fe, había abandonado las creencias tradicionales y no pensaba que rezarle a Buda o a alguna otra divinidad pudiera ayudarme. Tanto en el compromiso del estudio como en la vida cotidiana, cargaba sobre mis espaldas el peso de todas las dificultades.
Por supuesto, en este periodo había tenido otras ocasiones de entrar en contacto con la fe cristiana, a través de mis compañeros de escuela o el encuentro con los misioneros que a menudo se acercaban justo cuando necesitaba ayuda. También hubo un par de ocasiones en las que quise acercarme a protestantes o católicos, pero nunca logré tomar una decisión, dar el primer paso.
A finales de 2015 terminé el Máster: estaba confundido respecto al futuro. Un día, yendo a una entrevista de trabajo, oré a Dios: si me ayudaba, hubiera encontrado el coraje para ir a conocer a Cristo. Me contrataron para el trabajo, que todavía hago hoy. Entonces me puse a buscar una iglesia donde hubiese podido informarme sobre los “procedimientos” para convertirme en cristiano. Aunque haya muchas confesiones, en aquel momento elegí la que me era más familiar, o sea la Iglesia Católica. En internet, bajo la lista de las parroquias, encontré la iglesia de San Francisco Javier. La información decía que el párroco era extranjero. El domingo decidí ir a misa allí.
Cuando entré en la iglesia estaba confundido. Pero la profesora Wang Zhen Xin se dio cuenta de que no era un feligrés habitual: me habló, y con precisión me acompañó a participar en la misa del día. Luego me ha presentado el párroco An Shen Fu, don Emanuele Angiola. Así empecé la catequesis. Siguiendo el curso, escuchando regularmente las palabras del Evangelio durante la misa dominical, me he acercado a Dios y a la historia de Jesucristo.
Guardo en la memoria muchas impresiones de aquellos días: la más profunda nació del pasaje del Génesis donde dice que el Dios enfadado, después de haber provocado el diluvio que había destruido todo sobre la tierra, se arrepintió e incluso estableció una alianza con el hombre, prometiendo que nunca más hubiera hecho una cosa similar. Según las imágenes tradicionales, las divinidades son severas con aquellos que erran, y consideran natural castigarlos. En este caso, en cambio, era Dios quien sentía remordimiento. Por primera vez he experimentado que Dios es distinto a como yo imaginaba la divinidad, es realmente misericordioso. Luego descubrí en el Evangelio, episodio tras episodio, como Jesús buscaba a los pecadores y se acercaba a ellos, esperando en su conversión y perdonando sus pecados. Hasta el punto en que, para remitir los pecados de todos los hombres, fue clavado en la cruz: esto realmente me impresionó.
Nunca pensé que era una persona perfecta e, incluso cuando aún no tenía ningún concepto de pecado, me daba cuenta que a menudo hacía acciones no buenas. Pero Jesús, el Hijo de Dios, no ha dudado en encarnarse, a cargarse de un sufrimiento tan grande para salvar a un pecador como yo: esto me conmueve profundamente. Después he empezado a mirar las cosas de forma diferente, he buscado los signos de Dios en la vida cotidiana para descubrir que las dificultades, al final, se resuelven con facilidad. En el pasado, cuando superaba los momentos fatigosos de la vida, pensaba que había sido cuestión de suerte: ahora veo los signos que Dios me da de su acompañamiento incesante. Cada vez que lo pienso, mi corazón se llena de calor y de conmoción: un sentimiento que antes no conocía.
Doy gracias a Dios por no haberme abandonado cuando yo – una, dos o tres veces – rechazaba su mano que me invitaba. Él siempre me ha buscado. Por tanto, deseo tomar la cruz y seguir a Jesús. Aunque todavía soy un pobre pecador, quiero comprometerme a convertirme en un cristiano que da su respuesta a Dios misericordioso.

En la imagen, un momento de catequesis con algunos feligreses.

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