Enseñar es redescubrir en los chicos nuestras mismas preguntas y expectativas, y reconducirlas en la historia de la que formamos parte.

Segundo de bachillerato, primera hora de clase del año. Al fondo del aula están Luigi, Darío y Antonio: están exentos de la clase de religión pero se han quedado en clase porque no saben a dónde ir. Explico cómo, a través del trabajo en clase, la cuestión será de descubrir que el cristianismo no es una historia del pasado, incluso con rasgos gloriosos. No es como estudiar la religión egipcia para entender las pirámides. El cristianismo es algo que atañe profundamente el hoy de cada uno, porque se propone como respuesta a nuestras preguntas.

Luigi susurra con su compañero, sonríe, hace sus cosas. La semana siguiente retomamos la clase. Hago notar que las preguntas de nosotros los hombres no son artificios abstractos sino que se imponen en nuestros días a través de lo que sucede. Luigi está presente. Desde el fondo del aula, donde estaba sentado con sus amigos que entraran en la hora siguiente, se ha movido a una fila en el medio. Se fija, escucha lo que digo y las intervenciones de sus compañeros. Le pregunto qué piensa, pero él guarda silencio.

Tercera clase. Luigi está sentado en primera fila, retoma lo que nos hemos dicho la semana pasada. Al final de la clase me pide mi dirección mail. Durante el año quedamos en contacto y nos vemos, incluso con otros.

Llevo enseñando veinte años en las escuelas secundarias estatales de Roma. Empecé como suplente de religión en el instituto profesional de hostelería, en un barrio de la periferia de Roma, después pasé al bachillerato clásico. Ahora enseño en un bachillerato científico cerca de vía Veneto. El episodio con Luigi sintetiza bien el valor que tiene para mí entrar en clase cada mañana. Es impresionante descubrir como lo que he empezado a vivir confusamente cuando tenía la edad de estos chicos es lo que ellos también esperan y desean. Me llena de asombro redescubrir que soy parte de una historia que afecta mi vida hoy y que, a través de mí, puede interesar también a quien, a sus 15 años, ha renunciado a vivir, conformándose.

Para el nuevo año escolar, Luigi ha decidido no pedir el exonero de la hora de religión. Es uno de esos rostros que deseo volver a mirar cuando entro en clase cada mañana.

 

En la imagen: Roma, momento de juego en el «Centro», del que Sergio Ghio es responsable.

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