El mal no es la última palabra sobre la vida: algo que se vuelve a descubrir cada día, en el acompañamiento a los detenidos. Un testimonio desde Moscú.

La semana pasada fui a Pot’ma para visitar a los presos de la cárcel. Hacía meses que no iba y me esperaban. Conocí a Columbino, de 32 años, un nuevo detenido que había llegado hacía poco después de la sentencia definitiva: veinte años de condena por contrabando de drogas. ¡Qué pena verle llorar mientras me contaba lo que había hecho! «Sabe, padre –me decía– creía que era un hombre fuerte, un superhéroe capaz de luchar y ganar en cualquier situación. Ahora he entendido que no es así. He descubierto que soy frágil como todos. En estos dos años y medio de cárcel, esperando la sentencia, he reflexionado mucho y he vuelto a ver toda mi vida, como en una película. ¡Cuánto mal y cuántos pecados he cometido! Todo esto me pesa en el corazón, como una montaña de la que quiero liberarme». Después, me pidió que le confesara.
Hace unas semanas, en el colegio, al terminar una clase, vi a un hombre al final del pasillo. No lo conocía y pensé que sería el padre de uno de mis alumnos. Me acerqué para saludarle, y me dijo que estaba allí esperando al hijo de un amigo suyo. Me explicó que vivía en Moscú desde hacía 25 años. Al principio, había creado una empresa de muebles junto con su mujer, con la que había ganado mucho dinero y logrado un negocio exitoso. Después, con la crisis, su empresa quebró. Con ella, también él se derrumbó, volviéndose reactivo, impaciente y violento con su mujer y sus hijos, hasta provocar finalmente la separación. En pocos minutos, me contó el mal que había cometido, el peso que le oprimía.
Le escuché en silencio, sin saber qué decir ya que había sido algo inesperado. En cualquier caso, sabía que no quería irme sin decir nada. Así, balbuceé: «Recuerde que usted no es los errores que ha cometido, aunque hayan sido graves. Usted está definido por algo que es inmensamente más grande». Él no entendió, o quizá, quería escuchar de nuevo esas palabras: «Pero, ¿qué está diciendo?». «Todo el mal que ha realizado, todos los errores y pecados no son la última palabra de su vida. Lo que le define es el hecho de que es amado por Aquel que le está donando la vida ahora mismo. Por este motivo, cada instante se le está dando para volver a empezar de nuevo». Se conmovió. Viendo las lágrimas en sus ojos, también yo me conmoví y me fui de allí impresionado de lo que Dios hace por la felicidad de cada uno de sus hijos. Con cierto pudor y temor, pude balbucear esas palabras porque, por mi propia experiencia, es de lo que estoy cierto.
Necesito ser amado por alguien que me libere de mis miserias. Creo que lo peor que puede suceder en la vida de un hombre no es tanto realizar el mal, sino no saber a quién acudir para ser perdonado, para volver a vivir sin estar aplastado por la propia culpa. A través de lo que sucede, entiendo que Cristo sana mis heridas al permitirme entrar en las de los demás. Mi necesidad de Él se esclarece al encontrarme con personas solas y necesitadas. Es impresionante darse cuenta de que, dentro de la pertenencia a Cristo, la realidad no se muestra estática como una imagen, sino que te habla. Cuando permitimos que Cristo entre en nuestra vida comprendemos que lo que sucede empieza a ser significativo, como si, realmente, se tratase de otra vida.

 

En la foto (a la izquierda), Giampiero Caruso, capellán de los italianos en Rusia, en Moscú, durante un momento de cantos.

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