El p. Paolo Sottopietra nos invita a contemplar a María, que “fue toda ella un sí” a Dios y “toda ella un no” a todo lo se le oponía, para que aprendamos a imitarla y a preferir todo “lo que es santo”.

Detengámonos a contemplar por un momento la persona de la Virgen.

Mirémosla mientras crece sin pecado, acompañada por sus padres. Contemplemos su amor por José y su convivencia. Miremos la relación que nace entre ella y los discípulos de su Hijo, a partir de los primeros que Jesús comienza a invitar a su casa. Mirémosla mientras sirve. Caminando por las calles de Palestina ente las mujeres que siguen a Jesús en sus viajes.

¿Qué vemos? Vemos que Dios ha querido ligar a la persona de María una fuerza especial de santificación. En todas partes María ha facilitado el camino de las personas que la encontraban hacia la plena verdad de ellos mismos. Lo ha hecho con una autoridad discreta que ha ido poco a poco imponiéndose, sobre todo por la relación que mostraba tener con su Hijo y con Dios. Hasta el día de Pentecostés, en el que la encontramos en el centro de la oración de toda la comunidad cristiana reunida en Jerusalén.

Orar con María ayudaba a orar también a los apóstoles, a los más íntimos como Juan. Nadie ha rezado como ella. La Virgen se dirigía a Dios con total apertura, sin el menor reflejo de ese miedo que a veces nos empuja a nosotros a escondernos de Su mirada. María era toda espera, toda pregunta y confianza. En su diálogo con Dios no se defendía, estaba completamente abandonada.

Habría estado bien rezar con ella, como es también bello dejarse ayudar por ella a orar.

Confianza desarmada, abandono: si miramos a María estas palabras se convierten en sinónimos de fuerza. Nos lo confirma la primera palabra que la Biblia pronuncia sobre ella, una profecía belicosa: Pondré enemistad entre ti y la mujer, dice Dios a la serpiente.

María fue toda ella un sí. Y por este motivo fue toda ella un no.

Radical fue su amistad con Dios, constante e indefectible su preferencia por lo que es santo. María fue un sí claro también a los hombres y a las cosas, en el orden establecido por Dios. María ha amado profundamente este orden. Igualmente radical fue por consiguiente su enemistad hacia el desorden y el perturbador del orden de Dios, hacia el Enemigo. Por este lado, María fue siempre y sólo un no.

Por la narración de los Evangelios y el libro del Apocalipsis sabemos que María ha sufrido por esto. Ha sufrido por el mal, por la debilidad y la corrupción de los corazones y de las relaciones. Ha compartido el sufrimiento que nuestra cesión al mal comporta.

Su corazón ha acogido todo este dolor en su interior, participando siempre más plenamente en la misión de su Hijo. Ha pagado con Él el precio del perdón.

La positividad total de María y su también total enemistad transmiten a los hombres seguridad y esperanza.

María está. Está para el bien, está contra el mal. Su santidad la hace alegre y segura, empeñada activamente en el bien de los demás, atenta, acogedora, diligente, siempre dispuesta a perdonar, llena de confianza hacia todos, capaz de compadecer, pronta a interceder por todos ante el Hijo y ante el Padre.

Esta es la fuerza de santificación que cambiaba a quien vivía cerca de ella y que nos cambia también hoy a nosotros.

Mirar a María nos ayuda, porque nuestra vida está llamada a reflejar tanto su sí como su no. Cristo nos quiere en el mundo como quiere a su madre. Parecidos a ella. Nos quiere comunicar la fuerza de santificación que es propia de la Virgen, para que seamos también nosotros un reflejo en el mundo. Desea para nosotros la amplitud del corazón de María, para que los desorientados encuentren refugio bajo nuestra mirada buena, cargada de esperanza y de perdón; para que los niños y los jóvenes encuentren en nosotros padres y madres que les abran el camino de la relación con Dios; para que quien por gracia vive ya con Él, encuentre en nuestro testimonio un apoyo a su fe; para que la oración de nuestras casas mantenga distante al maligno de los barrios en los que vivimos; para que la comunión que se vive entre nosotros sea un signo para el pueblo que nos ha sido confiado.

En portada, detalle del mosaico de Marko I. Rupnik y de los artistas del Centro Aletti en la iglesia de Santa Maria del Rosario de los Mártires Portuenses, en Roma, encomendada a la Fraternidad de san Carlos (foto Giorgio Caramia).

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