Una meditación de Paolo Sottopietra sobre el Paraíso, el “para siempre” del Cielo que ya está preparado en nuestra vida terrenal.

El racionalismo de nuestro tiempo ha debilitado en nosotros la capacidad de imaginarnos concretamente el Paraíso, el último puerto de nuestra vida. La eternidad se nos aparece como un no-tiempo. Las únicas imágenes que nos ayudan son una luz deslumbrante, que no deja distinguir formas y contornos, o un aire enrarecido atravesado por nubes blancas. Por tanto nos cuesta caer en la cuenta de que nuestro presente tiene que ver con el “para siempre” del Cielo, y estamos así menos disponibles a la fatiga de la lucha cotidiana por la verdad de nosotros mismos y del mundo en que vivimos. Para luchar, de hecho, tendríamos que estar convencidos de que los actos y las decisiones que tomamos realmente importan.

Pero lo eterno no es una atmósfera vacía. Después de su resurrección, Jesús permitió a Tomás tocar sus heridas, demostrando haber entrado en la eternidad con los signos de su pasión, los signos que expresan su amor por los hombres. Esto vale también para nosotros. También nuestro amor por los demás se preservará para siempre en su concreción. En el Paraíso permanecerán, transfigurados, los signos físicos de esta vida nuestra, un testimonio bello y perenne de lo que ha acontecido en el tiempo, en la tierra. Permanecerán también los signos de nuestras decisiones más verdaderas, de las alegrías más puras y de los sufrimientos que habremos padecido. Permanecerán las relaciones con los seres queridos, los contenidos del diálogo con los amigos y los de nuestras plegarias.

En el Paraíso, en resumen, no comenzaremos de cero. Las palabras pronunciadas delante de Dios, las peticiones que le habremos presentado, las promesas, el perdón pedido y obtenido, la gratitud que le habremos expresado, el asombro experimentado por su cercanía, y después el compromiso que le habremos ofrecido, los sacrificios realizados, la familiaridad con los santos que habremos buscado, tanto los conocidos en la tierra como los que invocamos en el Cielo, la confianza alcanzada con aquellos que percibimos más cercanos, la ayuda implorada de ellos y recibida, todo esto no será cancelado. El Paraíso es un lugar de relaciones.

No hay instante que no pese sobre nosotros con la potencia de los siglos, cantaba Ada Negri en una bellísima poesía titulada “Tiempo”, y la vida tiene en cada latido la tremenda medida de lo eterno. Pero si este es el verdadero peso de todo lo que vivimos, entonces tiene sentido trabajar, construir, vivir, sufrir, gozar, disfrutar de la comunión con los hermanos y los amigos, con Dios mismo. He visto Francia desde la nieve hasta el mar y sobre el platillo de la balanza mi vida pesar, exulta Juana de Arco en una canción de Francesco De Gregori, contemplando su misión. Si el Cielo es concreto, Dios nos ha realmente abierto de par en par delante de nosotros el mundo y la historia. Que yo esté o no esté, por tanto, no da igual. Que yo viva con toda mi conciencia, que yo sirva con toda mi creatividad, que yo diga o no hasta el fondo mi sí, sea lo que sea lo que Dios me pide en este momento, incluso si fuese algo infinitamente pequeño y escondido a los ojos de los hombres, no da igual. El instante que vivo tiene un peso para el destino del mundo.

Es por eso que siento brotar en mí la pasión para que tú también, hermano hombre, cercano o lejano, conocido o desconocido, puedas llegar conmigo allá donde estamos destinados a existir para siempre. Es por eso que no me es indiferente que tú estés o no estés, que tú puedas conocer la utilidad de tu vida actual, que yo pueda mañana disfrutar de tu compañía en el Paraíso.

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