Sor Francesca de las Misioneras de San Carlos pronuncia los votos definitivos el 4 de Abril. Nos cuenta su historia.

Recuerdo muy bien el día en que a mi hermano y a mí nos cambió la vida: era el verano del 93, jugábamos al futbolín bajo los pórticos con los amigos de siempre. Luca dijo que al día siguiente iría a un lugar a intentar vender sus libros usados de la escuela, para hacerse con un poco de dinero. Nada particularmente interesante, si no fuese porque aquel lugar no era un simple negocio sino algo mucho más grande, instalado por algunos estudiantes de Prato junto a Graciano, el profesor de religión de mi hermano. Eran chavales normales que, no obstante, habían descubierto que Jesús no era ese Dios «aburrido aprendido yendo a la catequesis», como cantábamos con Luca Carboni, sino una persona real, presente, encontrable en una compañía de amigos. Y era Él quien realmente embellecía todo, incluso el estudio, permitía que la alegría fuese eterna y el dolor no fuese un sinsentido. En resumen, o Cristo o la nada, nos decían y decían a todos. Una bella pretensión, pero estaban tan convencidos que dedicaban todo su tiempo a verificar aquel descubrimiento y comunicárselo a todos. Tanto que llegaban a decírnoslo también a nosotros que respecto a la Iglesia y a la Doctrina no estábamos ni mínimamente interesados.

Mis padres nos han enseñado que el amor es la cosa más importante, gastándose literalmente por nosotros. No hemos sido malcriados con cosas pero con amor sí. Sólo que este amor no estaba ligado a Dios, era humano, pero que con su grandísima dignidad no llega a decir una palabra definitiva sobre el dolor. En segundo de bachillerato, mi padre, mi súper-héroe, enfermó imprevistamente: un ictus que, con el tiempo, le llevo a perder cada vez más su fuerza, la independencia y poco a poco toda función primaria. En aquellos años el Señor me rodeó de testigos increíbles: mi madre, cuyo cuidado y amor por mi padre me hicieron desear no contentarme con nada menor que cuanto en ella veía; mi padre, con su transformación desde la rabia y dolor iniciales a la paz que le ha cambiado físicamente la mirada; todos los amigos de Comunión y Liberación, que han estado cercanos como tantos nuevos hermanos y hermanas, incluso tras la partida de Luca a los Estados Unidos y la mía a Roma. De entre todos, son verdaderamente ellos los que me han mostrado aquello en lo que mi padre, poco antes de enfermar, no creía: que lo que habíamos encontrado en “Gioventù Studentesca” pudiese ser verdadero para siempre, no sólo un asunto de muchachos.

El encuentro con don Paolo y con Rachele me volvió a deslumbrar. Tenían los mismos deseos que durante años había visto crecer en mi corazón: llevar a todos la belleza que había encontrado sin dejar para mí ningún espacio reservado, para que pudiese ser para todos visible de Quién era. Reencontraba en ellos hasta las preguntas que tenía acerca del gran amor a mi tierra y a mis seres queridos y, sobre todo, la certeza de que la felicidad no había de ser buscada en lugares y circunstancias diferentes de aquellos en que ya estaba. ¿Cómo era posible? No nos conocíamos antes y no nos conocíamos aún. Pero lo poco que había visto me bastaba: quería estar con ellos, para siempre.

En el encuentro con “Gioventù Studentesca”, a los 15 años, Cristo ha querido encontrarme y yo he comenzado a seguirlo. Pero, con el tiempo, y sobre todo, entre las Misioneras de san Carlos, he comenzado a descubrir hasta qué punto el darme a Él no era de una vez para siempre sino una experiencia cotidiana. Deseo gastar el resto de mi vida en este descubrimiento y en compartirlo con aquellos que el Señor quiera.

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