En el centenario de las apariciones de la Virgen, un testimonio de padre José, uno de los fundadores y párroco por largo tiempo de la primera iglesia en el mundo dedicada a los pastorcitos de Fátima.

No se puede ser portugués y no amar Fátima. Además, mi familia materna es originaria de un pueblo que se encuentra a tan solo 20 km de Fátima. Mi bisabuela y mi abuela estaban entre la multitud de cincuenta mil personas que asistieron al milagro del sol el 13 de octubre de 1917. He frecuentado el Santuario desde que era pequeño. Recuerdo sobretodo grandes peregrinaciones de enormes multitudes en medio de las que yo no lograba ver nada.

Por ello, no puedo pensar en mi vida de fe sin pensar en Fátima. En todos los momentos importantes de mi vocación he pasado por su Santuario. Durante los primeros años de sacerdocio, fui vicepárroco en Bombarral, una ciudad en la que tuvo lugar un famoso prodigio de la Virgen. El pueblo vio la iglesia quemarse, incendiada por grupos masones durante la revolución de 1910. Luego la iglesia fue reconstruida, pero en la conciencia colectiva del pueblo cristiano la herida del sacrilegio realizado no sanó nunca completamente. En el 1947 la estatua peregrina de la Virgen de Fátima atravesó todo Portugal por primera vez. Cuando llegó a Bombarral, una gran multitud la estaba esperando. Una familia reconocida del pueblo liberó algunas palomas blancas que, después de haber sobrevolado la estatua, se detuvieron a los pies de la Virgen y por más de un año acompañaron fielmente la peregrinación. Durante el periodo che pasé en esa parroquia, concurrió el quincuagésimo aniversario del prodigio, y fue conmemorado con el retorno a la ciudad de la estatua peregrina de la Virgen de Fátima. Quedé impresionado por el impacto que vi reverberar en Bombarral. Fue un evento che involucró a toda la comunidad en una expresión común de fe.

En octubre de 1997 empecé a ser párroco de Alverca, donde dos años más tarde se abrió nuestra casa. Hacía más de veinte años que en la parroquia se hablaba de construir una nueva iglesia. Durante aquel periodo había una fuerte influencia comunista y anticlerical en la ciudad, por lo que edificar una nueva iglesia era difícil. Sin embargo, a pesar del clima político, cada mes de mayo una multitud de gente acompañaba la estatua de María durante la procesión de la Virgen de Fátima. Finalmente, en el 1999 fue posible llegar a un acuerdo con el alcalde y obtener un terreno para la construcción. En el 2000 san Juan Pablo II vino a Fátima para beatificar a los pastorcitos Francisco y Jacinta. En esa ocasión nació en nosotros la idea de dedicar la nueva iglesia, la primera en el mundo, a ellos.

En el 2002 tuve la gracia de encontrar sor Lucía. Estaba un poco nervioso de la idea de acercarme a esta mujer santa que había tenido la gracia de hablar con María.

Como yo era el párroco de la futura iglesia de los Pastorcitos, el postulador de la causa de canonización me presentó a sor Lucía como “el cura que cuida a los pastorcitos”. Después de una breve pausa, ella dijo: «¡No es verdad! No es él que cuida a los pastorcitos, ¡son los pastorcitos que lo cuidan a él!». Durante nuestro diálogo, me impresionaron su sencillez y su firmeza. Ella no quería ser el centro de la atención. Usaba la ironía para que las personas no se concentraran demasiado en ella. El capellán del convento le dijo que ese día era el aniversario del encarcelamiento de los pastorcitos. Ella respondió que se estaba bien allá en la cárcel: habían recitado el rosario con los prisioneros y algunos se habían convertido. Hablando de su madre, nos contó que era una mujer que amaba antes que todo la verdad, que habría dado la vida por la verdad, como había repetido muchas veces. Sor Lucía le preguntó al cardenal, prefecto de la Congregación de los Santos, por qué sus primos no eran todavía santos, qué faltaba. El prefecto le dijo que todavía no habían aprobado el segundo milagro y ella respondió con sencillez que para ella estaban ya en el cielo.

Cuando empezamos los trabajos para la construcción de la iglesia, sor Lucía nos escribió una tarjeta de saludo, apoyando de esta manera el inicio de la obra.

Todo el mensaje de Fátima es una invitación a volver a Dios. El misterio de la Santísima Trinidad es, desde la primera aparición del ángel, el contenido de la revelación. Que haya sucedido a tres niños nos recuerda que para volver a Dios es necesario recorrer el camino de la infancia espiritual.

Francisco estaba impresionado por la belleza de Dios y de la Virgen. Jacinta vivía intensamente la piedad hacia los pobres pecadores. Se preocupaba por el bien eterno de los hombres. Lucía permaneció como la testigo que tenía que anunciar la verdad comunicada por el cielo. En los tres vemos las virtudes teologales vividas en modo heroico. La contemplación de Francisco estaba llena de esperanza. El amor de Jacinta por los pecadores era una grandiosa expresión de caridad. En la obediencia incondicional a la voluntad de Dios trasmitida a través de la Virgen, vemos en Lucía una heroica testigo de la fe. Que el ejemplo y la intercesión de los tres pastorcitos nos ayude a ser más profundos en la oración, más ardientes en el amor hacia los demás y más apasionados en la misión. ¡Imitémoslos en su humildad y audacia!

 

En la foto, una imagen del encuentro de padre José María con sor Lucia en el 2002

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