El lunes 9 de Abril, en la solemnidad de la Anunciación, las hermanas Marilù Arbesu Barahona, Annie Devlin, Maria Anna Sangiorgio y Teresa Zampogna hicieron sus votos perpetuos. Publicamos las historias de su vocación, empezando por la hermana Marilù.

Mirando hacia atrás en mi historia, tengo que dar gracias a Dios que me ha amado al darme su cercanía por medio de muchos encuentros. El primero fue con la Virgen de Guadalupe. Luego, a mis padres, que me bautizaron y guiaron en la fe sobre todo con su testimonio.

Las monjas en el colegio me explicaron que Jesús siempre está presente en el tabernáculo: este descubrimiento ha sido el comienzo de mi relación personal con Cristo. Hice mi primera confesión y mi primera comunión el mismo día, y comprendí que para recibir al Señor necesitaba preparar mi corazón confiándome a su misericordia. En la hermana Elena y padre Anselmo, dos amigos de mis padres que han estado muy cerca de mí, vi una alegría que me ha hecho desear ser como ellos.

Era todavía una niña cuando mamá y papá encontraron el movimiento de Comunión y Liberación: en los momentos compartidos sentía que había algo más grande que me unía a las personas que encontraba. Llegada al bachillerato, ya no era suficiente para mí seguir: necesitaba crecer en la fe. Así fue como el Movimiento se convirtió en algo para mí. Me sorprendía la forma como las personas estaban juntas, me sentí tomada en serio y amada. El cuidado por la belleza, el orden de las cosas han sido descubrimientos bellísimos. En la Universidad encontré una chica que venía de una familia del Movimiento: por los números de la comunidad en Ciudad de México ¡puedo decir que fue realmente un milagro! Eva pertenece a la bellísima comunidad de Coatzacoalcos, una de las más grandes del país, fundada hace más de treinta años por la fidelidad de un grupo de mujeres. Las dos éramos muy fieles a los gestos. Siempre invitábamos a los que encontrábamos en la universidad, pero sin grandes resultados. Así vivimos entre nosotras la intensidad que el Movimiento nos proponía, hasta llegar a la experiencia del perdón y de la corrección fraterna. En ese momento, nuestro deseo era ver crecer el Movimiento: hoy me doy cuenta que esto ha ocurrido, no a través de las multitudes que esperábamos encontrar si no en nuestro crecimiento. En aquellos años, el responsable de los universitarios en México era don Franco, un sacerdote de la Fraternidad San Carlos. Había conocido también a algunos seminaristas que vivieron con nosotros en ciertos periodos. Mirándolos, deseaba encontrar un lugar donde ser educada de la misma manera. Cuando uno de ellos, Rubén, me dijo que existían las Misioneras de San Carlos, he descubierto otro rostro de la misericordia de Dios que, mientras suscitaba un gran deseo en mi corazón, preparaba el lugar para acogerlo.

Entre las Misioneras me he sentido como en casa, tanto en la temporada pasada en Roma como en los años vividos en Reggio Emilia, al servicio del obispo Massimo. Entendí que mi estabilidad coincide con la pertenencia a las Misioneras. La belleza que me había cautivado en el Movimiento ahora ocupa todos los momentos del día, desde la forma de rezar hasta poner la mesa.

Hoy estoy aprendiendo que la santidad es posible pero que no se alcanza solos. La comunión vivida con mis hermanas, sobre todo en los últimos años, me ha hecho descubrir que el abrazo y el perdón pasan por compartir la vida. Quiero servir el Señor en el mundo, empezando por los Estados Unidos, donde iré en unos pocos meses.

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