Publicamos la historia de la vocación de la Hermana Annie Devlin, de las Misioneras de San Carlos, que pronunció sus votos perpetuos en Roma el 9 de abril.

Publicamos la historia de la vocación de la Hermana Annie Devlin, de las Misioneras de San Carlos, que pronunció sus votos perpetuos en Roma el 9 de abril.

Crecí en Long Island, Nueva York, la última de seis hijos de una familia católica. En mis padres siempre he visto una fidelidad a la verdad, a la justicia y al bien que nacía de su fe cristiana.

Cuando llegué a la universidad, sin embargo, la figura de Cristo todavía me resultaba bastante obvia. Allí, había empezado a buscar sus huellas de una manera un tanto circunspecta. El encuentro de mi hermana con algunos franciscanos, que la transformó por completo y al final la llevó a un convento, sacudió algo en mí. Recuerdo el vértigo de una tarde, cuando de repente caí en la cuenta: “O Cristo es todo o no es nada”.

Luego me mudé a California para trabajar y dedicarme a mi gran pasión, las carreras competitivas. Con la pregunta que la vocación de mi hermana había sembrado en mí, comencé de vez en cuando a detenerme en una iglesia donde estaba abierta la adoración eucarística perpetua. Con el tiempo, mi pregunta ha cambiado. Si al principio me preguntaba quién era Jesús para mi hermana, dispuesta a ofrecer todo para tenerle, luego comencé a preguntar: “Pero ¿Tú quién eres?”; y también: “¿Quién soy yo para ti?”. Y finalmente, en esa iglesia silenciosa, nació una claridad en mí: “Tú eres todo y yo soy tuya”.

Desde este encuentro potente han cambiado todos mis criterios. He aceptado la invitación de un grupo de jóvenes que dedicaban un año de su vida a la evangelización, y empecé a gustar de una amistad en Cristo. Empecé un trabajo en la parroquia que me permitía compartir el descubrimiento de Cristo con muchos jóvenes. Leía todo lo que podía encontrar: me han marcado en especial los escritos de Juan Pablo II. Decidí entonces ir al fondo de su visión del hombre y me inscribí al Instituto Juan Pablo II en Washington, D.C.

Es allí donde encontré la Fraternidad de San Carlos y la vida del Movimiento de CL. Me impactó la radicalidad de la relación con Cristo que vivían con libertad dentro de su amistad, de la seriedad con la que juntos miraban todo. Siguiendo su vida, también la mía comenzó a encontrar una unidad profunda. Cuanto más profundizaba en los estudios de teología y en la amistad en el movimiento, más se aclaraban en mí dos deseos. Ante todo el silencio: quería que mis palabras arraigaran cada vez más en la palabra de Otro. Después, quería ponerme a disposición de Dios como instrumento para comunicar al mundo la belleza de Cristo. Cuando Don Antonio López me pasó “Nuestro rostro”, las páginas donde las Misioneras de San Carlo se describen, por un momento todo al mi alrededor se paró: “Si este lugar existe verdaderamente” pensé “entonces ¡hay un lugar para mí en este mundo!”.

Después de completar mis estudios en 2011, entré en la Casa de Formación. Ahora sirvo el Instituto como secretaria general. Aquí se me da poder vivir una existencia totalmente compartida en la concreción de la comunión que alcanza, conoce, ama y acompaña cada rincón de mí. Aquí Cristo es verdaderamente todo: Él da todo, exige todo, se esconde en todo, brilla en todo.

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