Aquí está la historia de la vocación de Sor María Anna Sangiorgio, de las Misioneras de San Carlos, que pronunció los votos solemnes el 9 de abril pasado.

Nací en Brianza, la cuarta de siete hijos, de un padre que vendía zapatos, apasionado por su trabajo y de una madre que se entregó totalmente por nosotros. Crecí en una casa donde estábamos unidos, con muchos amigos para quienes la mesa estaba siempre preparada con cuidado. De mis padres recibí el don de la fe, y la vida vivida junto a mis hermanos ha permitido a Dios entrar con naturalidad en lo cotidiano de mi día a día. Desde la señal de la cruz que mi mamá nos hacía hacer por la mañana hasta la oración común en la habitación del más pequeño antes de acostarnos, cuando cada uno de nosotros se dirigía a Dios con una intención o un agradecimiento especial.

Deseando vivir la misma amistad y unidad de vida que veía en mis padres y mis hermanos, en el tercer curso de bachillerato decidí inscribirme al Don Gnocchi, donde había una fuerte presencia de personas de Comunión y Liberación. Allí encontré una compañía de amigos que me ayudó a vivir a la altura de los deseos que tenía en el corazón. Con ellos, siguiendo a don Giussani, empecé a descubrir que realmente el Misterio se hizo carne, que aquello que mi corazón deseaba existía y me venía al encuentro. Lo podía experimentar en la plenitud del estudio común, en el gusto de los cantos y las comidas, en la caritativa con los enfermos, en las excursiones y en los diálogos sobre la actualidad. Me daba cuenta con agradecimiento creciente de que estaba recibiendo todo. Y empecé a desear darlo todo yo también.

Debido a mis estudios de idiomas, tuve ocasión de pasar unos periodos en España y en los Estados Unidos. En estos países extranjeros, cada vez me sorprendía cómo se me donaban personas que pronto se me hacían queridas. A través de ellas descubría a Cristo como una compañía que me cuidaba y a la que podía acudir siempre, donde sea que estuviese. Además, me daba cuenta de la universalidad de lo que vivía con mis amigos del movimiento y de cómo el corazón del hombre es el mismo, en cualquier lugar. Pienso en Rosa, conocida durante un semestre en Sevilla. Estaba apegada a ella porque la veía viva en clase y deseaba una compañía en el estudio, como la que vivía en Milán. Un día, en la cocina de mi apartamento, me dice: “María Anna, yo te envidio porque siempre estás feliz. Me doy cuenta de que necesito apoyar mi vida sobre algo o sobre alguien, porque de otro modo exploto”. Había dejado la Iglesia, pero en su corazón leal y verdadero se había despertado una gran nostalgia. Un mes más tarde, en una iglesia de Barcelona donde ella iba cuando era niña, rompió a llorar: “Quisiera volver a empezar a rezar” me dijo. Algún mes más tarde yo estaba en Boston, y en el corazón tenía el grito de necesidad de Rosa. Una amiga me invitó a una velada de cantos con los chicos de CL. «Toda la vida grita la verdad, que Su Presencia en nosotros está, en el milagro de la comunión, única forma de liberación» cantamos a una sola voz. En medio de esos chicos desconocidos y en un lugar nunca visto antes, recuerdo que pensé que por esa presencia hubiera podido ir por todo el mundo, porque en todas partes y con cualquiera hubiera sido posible esta comunión que estaba viviendo y que deseaba tanto. Justamente en uno de mis viajes en los Estados Unidos conocí la Fraternidad San Carlo: me fascinó la comunión entre ellos. “¡Yo quiero vivir así!” pensaba, mirándolos. Siguiendo a estos curas y seminaristas, llegué a las Misioneras. En la concreción de este cuerpo en el que Dios ha insertado mi vida, descubro que Cristo permanece, en una comunión cada vez más vinculante y liberadora, que quiere vivir conmigo y con todas las personas a las que nos envía. Después del primer período de noviciado en Roma, fui un año a Reggio Emilia, al servicio del obispo Massimo y luego me fui a Denver. El verano pasado regresé a Roma, donde me quedaré para vivir en la Casa del centro y donde ahora estoy siguiendo los trabajos de restructuración del nuevo convento.

 

Sor María Anna Sangiorgio, de Merate (Lecco, Italia) después de los votos vivirá en la casa general en Roma. En la imagen de abajo, con algunos chicos de la comunidad de Broomfield (Denver, EEUU)

lea también

Todos los artículos