En el canto es posible experimentar la belleza de la comunión y el gusto por la misión.

El canto me ha acompañado siempre. Desde que era niña y adolescente ha sido para mí la mejor modalidad con la que poder expresarme. Cantar me daba paz y hacía que me sintiese más yo misma. Cuando me encontré con el movimiento, conocí a amigos que quedaban frecuentemente para cantar juntos. Fue mi primera experiencia de canto como expresión de una comunidad. Cantar nos permitía manifestar la alegría y la gratitud de estar juntos, era expresión de nuestra amistad.

Con el tiempo, la fidelidad a aquella compañía me ha permitido profundizar mi relación con Quien la generaba y, así, el canto se ha convertido en el instrumento para comunicarme con el Amigo más grande que nos unía. Las palabras de nuestros cantos se convertían en oración de alabanza y agradecimiento: «Te alabo, Señor, porque un día estabas lejos de mí, ahora en cambio has vuelto y me has tomado contigo». Las palabras se volvían decisión de seguirle: «He dejado tras de mí todo miedo, toda duda, porque siento una gran alegría en el corazón si pienso en lo bueno que es mi Señor».

Este año me ha sido confiada la caritativa de las «Estrellas de San Lorenzo». Junto a dos hermanas y un grupo de adultos y jóvenes, pasamos la tarde del sábado con los niños de una parroquia del centro de Roma. Al principio me esforzaba por comunicar los episodios de la vida de Jesús sobre todo con palabras. Después intuí que el canto podía ser un instrumento privilegiado con el que comunicar la fe. Así descubrí otro aspecto del canto, el misionero. Empecé a entonar los cantos y a mover las manos, como don Giussani en la primera misa del movimiento, y los niños empezaron a seguirme. Es bonito escuchar sus voces durante la misa, que pronuncian palabras que quizá aún no comprenden del todo pero que probablemente quedarán grabadas en su memoria. Sus madres me dicen frecuentemente: «¡En casa le encanta repetir las canciones que aprende en caritativa!». Del mismo modo que para mí cantar juntos es la experiencia que me hace sentir en casa, también para los niños puede ser un momento de comunión real y de compartir sus deseos más profundos. Y, ¿cuál es el deseo más profundo sino el de vivir desde ahora la alegría que viven los ángeles y los santos cantando sin cesar en la casa del Padre?

 

(En la foto, los cantos del coro durante la misa de las ordenaciones sacerdotales de la Fraternidad San Carlos – Roma, 22 de junio 2019).

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