Cada día somos testigos de muchos milagros, que son la sonrisa con la que Dios nos acompaña.

Estoy en el colegio corrigiendo los deberes de ciencias de mis alumnos de primaria. Tomo los de Eunice (el nombre es de cuento de hadas). Está muy bien escrito, con dibujos llenos de detalles. Pero al empezar a leer veo que no hay ni una sola respuesta correcta. Sonrío. Sé que Eunice se ha esforzado, quería hacer algo bonito pero aún le cuesta leer, quizá no ha entendido lo que tenía que hacer. Le llamo a mi mesa, leo para ella las preguntas y responde bien a todas. Vuelve a su sitio feliz. Llamo a su madre, le cuento lo que ha pasado y le propongo que le ayude con los deberes. Ella me lo agradece y me asegura que le ayudará.

Eunice es una niña huérfana. La madre a la que llamo es en realidad una de sus familiares, que la acogió cuando nadie la quería. Teniendo a sus otros dos hijos en nuestros colegios, decidió inscribir también a Eunice en uno de ellos.

En un artículo reciente del Corriere della Sera, el papa emérito Benedicto escribe: «Una de las grandes tareas importantes y fundamentales de nuestro anuncio, dentro del límite de nuestras posibilidades, es crear espacios de vida para la fe, y sobre todo encontrarlos y reconocerlos». Cada mañana voy al colegio con este deseo en el corazón: que mi trabajo, las clases, las conversaciones con las personas estén orientados a construir un lugar de esperanza, donde sea posible afrontar la vida juntos, con sus alegrías y sus dramas. Un lugar donde yo pueda reconocer al Señor que actúa en mi vida. No pasa un día sin que sea testigo de pequeños milagros de esperanza: la señora que ha acogido a Eunice y que le quiere como si fuese su hija; los profesores que aceptan trabajar juntos, dejarse corregir y tomar en serio la relación con los niños, dialogando con ellos en vez de imponerse con violencia (como sucede normalmente en Kenia); los padres que buscan ayuda y consejo, etc.

De vez en cuando me acuerdo de los deberes de Eunice. Nosotros también tenemos muchas veces un gran deseo de hacer las cosas bien. Pero no siempre sabemos leer los signos dentro de nuestra historia. Pienso que Dios sonríe al vernos empeñados en nuestros tentativos inseguros y que cada día nos manda a alguien que nos ayuda a leer lo que nos sucede. En nuestras manos está la posibilidad de escuchar, fiarnos y seguir.

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