Jugar juntos y descubrir que el miedo no tiene la última palabra.

Hace un tiempo, sor Valeska, Rachel y los chicos con los que hago caritativa hicimos una salida junto con los Cavalieri de Lazio (el grupo de chicos de los primeros cursos de secundaria). Estuvimos en la abadía de Tre Fontane, cerca de Roma, un lugar ligado a las figuras de muchos santos, en especial, de San Pablo y san Zenón y sus legionarios: hombres distanciados entre sí en el tiempo por centenares de años, pero cercanos por el gran sí que dieron al Señor. Escuchamos su historia, después estuvimos comiendo y jugando y terminamos yendo a misa.
El momento de los juegos tocó de modo especial el corazón de los chicos, y, en consecuencia, también el mío. En mitad del caos de gritos, encerronas y emboscadas, me fijo en Ana: está sola, sentada en mitad del prado, parece perdida. Me acerco. Me intimida su mirada triste pero no me resisto a preguntarle por qué no juega con el resto de amigos. «Tengo miedo», responde. «No soy buena jugando, me robarán la cinta muy rápido y seguramente pierda». Yo, que, al igual que ella, siempre he evitado jugar por los mismos motivos, le provoco: «¿Sabes qué pasa cuando te roban la cinta?». «No». «¡Nada!» Coges otra y sigues jugando!». Ana levanta los ojos y me pregunta: «¿De verdad?». Le digo que sí y le ofrezco una cinta. Sigue incierta, así que insisto: «Venga, ánimo. Mira a tus amigos que están jugando, ¡están contentos!». De nuevo le ofrezco la cinta y ella la coge, se mete en el juego acercándose a un chico y le desafía. Al final le roban la cita, pero después vuelve a pedirme otra, sonriendo.
Las palabras que le dije a Ana eran ante todo para mí: me doy cuenta de que estar con los chicos, adentrarme en el laberinto de sus pensamientos y miedos, hace que descubra una verdad que no podría aferrar sola. Estoy cierta de que también san Pablo y san Zenón tuvieron miedo (¿quién no lo tendría en el momento del martirio?), pero el hecho de que estuvieran ciertos de abrazar a Cristo y de ganar la vida eterna hizo posible que el miedo no tuviese la última palabra. Solo los rostros luminosos que nos hacen compañía pueden hacer que venzamos el miedo de coger una cinta y jugárnosla.

 

(En la foto, un grupo de chicos de secundaria durante la salida).

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