¿De verdad uno es más feliz cuando hace lo que Dios le pide?

Este verano pasé tres semanas con Chiara en las tierras de san Ambrosio y san Carlos para echar una mano en el campamento de verano de la parroquia de nuestros sacerdotes en Milán. Fueron días intensos de teatro, juegos, cantos, excursiones y oración con un centenar de niños, además de jóvenes y adultos responsables. Tres semanas para contemplar la obra de una propuesta cristiana vivida y deseada, pensada hasta el último detalle. Los momentos más luminosos fueron aquellos en los que alguien se dejaba provocar y empezaba a seguir, involucrándose del todo en la propuesta que se le hacía. De hecho, la alegría en los juegos es siempre proporcional a la involucración personal, más allá de las ganas o de la capacidad. ¡Qué bonito ver a un equipo animar a quien se mete en la prueba de tiro con arco! O ver cómo se tiran los niños pequeños sobre la lona mojada para lanzar bolas más grandes que ellos. O seguir a un chico, que en vez de pasearse por ahí, se sienta a sacar punta a los lápices para que todos puedan colorear. En quien sigue, surgen una luz y una alegría que no pasan desapercibidas ante una mirada atenta.
He visto que esto sucedía cuando me hice amiga de algunas niñas chinas: estaban tan contentas que intentaron enseñarme algo en su idioma, como los números hasta el diez o la versión china de Fray Santiago, suenan las campanas. Entre intentos y risas, descubrí que dos de ellas eran hijas de padres no creyentes. Conocí a los padres el último día, durante la fiesta final. Miraban cómo jugaban las hijas con una gran sonrisa. Les pregunté si estaban contentos de que sus hijas fuesen a la parroquia y me respondieron con sencillez: «Están felices».
Un día estábamos yendo de excursión a Arona, a visitar la colosal estatua de 35 metros de san Carlos Borromeo. Mientras hablaba con una niña, esta me preguntó: «¿De verdad uno es más feliz cuando hace lo que Dios le pide?». Sí, así es, y quizá es lo que ven los padres de mis pequeñas amigas chinas cuando, sin saberlo, con sencillez y estupor, reconocen en las hijas la felicidad de quien se ve atraído por la propuesta cristiana, que les llega de forma tan inesperada.

(En la imagen, una tarde en el oratorio de la parroquia de San Carlo alla Ca’Granda, en Milán – Foto: Leonora Giovanazzi).

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