Tantas oraciones confiadas a hojitas de papel: el diálogo de los niños con Dios nos enseña a tener una relación de confianza con Él.

“Querido Dios, tengo un poco de vacío en mi corazón. Por favor, ayúdame a llenarlo”. “Señor, déjame ser tu amiga”. “Yo tengo muchos miedos, te ruego, ayúdame a alejarlos”.

Estas son solo algunas de las muchas oraciones de los niños de catequesis de la parroquia de la Navicella en Roma. Hemos construido una caja de cartón, en los lados hemos escrito con el rotulador “caja de las oraciones”: hemos colocado allí cerca unas hojitas y un bolígrafo. El año pasado, tanto durante el Centro de Verano como en el tiempo de Cuaresma, la caja se quedó en el patio: en cualquier momento se podía parar y escribir, pedir. El diálogo con Dios, en efecto, es siempre accesible, siempre abierto. Luego todos los días sacábamos una oración de la caja y la leíamos a todos como intención común: la petición de uno se convierte en parte de la oración de todos, o sea en la oración de toda la Iglesia.

En los niños se ve bien cómo la petición es una posición estable de la vida, y cómo de viva está en ellos la confianza de que hay alguien que nos escucha en todas nuestras necesidades. “Dios, haz que este viaje a América sea hermoso y que yo no me haga daño”. “Dios, ayúdame a ser cada vez más fuerte y cercano a ti, para no caer en el pecado”. “Señor, ayuda a quien todavía no te conoce y quien necesita de tu ayuda (¡mientras lo quieran!)”.

Además en ellos es cristalina la certeza de que la vida no termina aquí, en la tierra: “Querido Dios, quisiera que mi amigo del corazón Marcos tenga un lugar hermoso en el Paraíso porque me ha hecho unos regalos y quisiera que se los hicieran a él también”.

Y después, una petición así: “Jesús, que mis dolores se conviertan en un regalo para ti”.

Frente a estas peticiones de los niños me ha venido a la memoria un episodio que contaba don Oreste Benzi, un diálogo entre una madre que dice al hijo: “Roberto, ¡di las oraciones!”. Y su respuesta seca: “¡Yo no digo las pequeñas oraciones!”. Don Benzi intervino: “Señora, Robertino no quiere decir las pequeñas oraciones, quiere hablar con Jesús”. Y acercándose a Robertino, añade: “Ven conmigo, hablemos con Jesús”. “Nos pusimos con nuestras manos juntas, en silencio, y él, tan buenecito que he tenido que parar yo, ¡sino él hubiese continuado!”.

Nosotros estamos hechos para este dialogo profundo con Dios. Educar los niños a la oración me reeduca a mí, me reclama a una relación sencilla y llena de confianza con Dios.

(foto de Stefano Dal Pozzolo).

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