En la visita a algunas familias necesitadas de Nairobi, el despertar en nosotros del verdadero significado de la misión.

Cada semana, después del encuentro de Ujiachilie, el grupo de niños y chicos discapacitados que seguimos en la parroquia, junto con algunos de nuestros colaboradores, visitamos a sus padres y pasamos un rato con ellos. Es un momento bello y precioso, siempre lleno de sorpresas y provocaciones. Es un gesto sencillo pero lleno de significado que nos permite conocer a nuestros hijos y sus familias, dónde y cómo viven, algo más de su historia y su vida cotidiana. Por encima de todo, quiere ser una expresión del amor y del interés que tenemos por sus personas y sus vidas.
Seguimos a las madres y los niños a través de los malos caminos que llevan a las casas donde viven, mientras que, con orgullo, nos abren camino y nos muestran los lugares de su vida cotidiana, la escuela de los niños, el apartamento de la vecina. Tener un huésped es siempre algo precioso aquí, una bendición de Dios, por esto nos acogen con una cálida bienvenida. Es difícil irse sin haber recibido al menos una taza de té, incluso cuando la situación económica de la familia es particularmente difícil.
Sentados en el sofá o en algún soporte improvisado, se charla. A menudo, las personas que visitamos se encuentran libres para hablar sobre ellos, sobre la enfermedad de sus niños, sobre los avatares de otros hijos. Mostrando algunas fotos, nos cuentan de sus familias de origen y de sus relaciones con ellas, a veces marcadas por abandonos o malos entendidos. Lo que sorprende mucho a las madres es vernos mimar a sus hijos, sin miedo de mirarlos y tocarlos. Descubrimos historias de gran sufrimiento y muchos milagros de amor, a menudo ocultos ante los ojos del mundo.
Las situaciones más difíciles son también aquellas en las que el significado más profundo de nuestra visita surge con mayor claridad. Así sucedió hace unas semanas, cuando fuimos a la casa de D., después de enterarnos de la muerte del último hijo nacido, que ocurrió durante el parto. El tercer hijo llamado al cielo. La familia estaba encerrada en un muro de silencio que delataba un dolor resignado y triste, indiferente incluso a rezar juntos. Nuestra insuficiencia ha puesto de manifiesto más claramente el verdadero significado de nuestro estar allí: la posibilidad de que Cristo use nuestra presencia, nuestros gestos torpes, nuestras palabras, para alcanzar a estos amigos. Es Él lo más precioso que podemos ofrecer a los hombres a los que somos enviados. El Señor le dijo a Zaqueo: “Hoy quiero ir a tu casa”. Lo repite a esta gente también a través de nosotros, haciéndonos instrumentos indignos de su amor.

(En la foto, la hermana Mónica Noce con algunos niños de la comunidad de Kahawa Sukari, Nairobi)

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