Si donamos lo que hemos recibido, lo ganamos con una profundidad nueva. Un testimonio desde Estados Unidos.

«Sister Lu, ¿puedes hacer el tiburón?». Vine a Denver, a Estados Unidos, con el deseo de ser misionera y todos los días me encuentro haciendo el tiburón para los niños de infantil de nuestra parroquia, donde trabajo junto a mis hermanas desde hace casi un año.

Este trabajo hace que frecuentemente me venga en mente mi primer encuentro con Cristo.

Cuando tenía tres años y vivía en Ciudad de México, empecé a ir a un colegio de monjas. Recuerdo el día que nos llevaron a ver la capilla: la monja nos explicó que al lado del sagrario siempre hay una luz encendida que indica que Jesús está presente. Subrayaba que Él siempre estaba allí. En aquel momento cambió mi vida porque desde entonces no me volví a sentir sola. Recuerdo sobre todo que, cuando tenía miedo por las noches, mi mente y mi corazón se dirigían hacia aquel Jesús que estaba siempre ahí para mí.

Hoy, treinta años después, vuelvo a pensar en ese momento y me impresiona ver cómo una persona, incluso tan pequeña, puede hacer experiencia de Dios y ver que esta experiencia permanece y puede crecer en el tiempo. Quizás Dios me donó aquel momento porque sabía que más adelante me enviaría a estar con niños de aquella edad. Este recuerdo hace que tome a los niños en serio: ellos ya están viviendo cosas que darán a su vida una dirección precisa, y estoy contenta de estar con ellos en este momento de su vida.

Empezar a ir al colegio no es fácil. El primer día se emplea muchísimo tiempo para poner a los niños en fila. La profesora les repetía: «¡Poneos en fila!», «¡Manteneos en la fila!», «¡Seguid la fila!». De repente, uno de los niños me miró y me dijo: «¡Lo de la fila es muy difícil!». La primera experiencia fuera de casa para estos niños es un momento importante: estoy aprendiendo de ellos la sencillez de fiarse, lo cual es fundamental para conocer. Las lágrimas porque echan de menos a su madre disminuyen a medida que se genera una relación entre ellos y los adultos. En esta experiencia empiezo a descubrir el rostro de Cristo como maestro, que nos mira con mucho amor, lleno del deseo de que nuestros corazones puedan abrirse para encontrarle y conocerle en todas las situaciones de la vida.

 

 (En la imagen: Denver, una salida con un grupo de jóvenes de los primeros cursos de secundaria).

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