Las preguntas de los alumnos abren rendijas y ocasiones de diálogo pilladas al vuelo. Un testimonio desde Francia.

Cuando los días se llenan de encuentros y cosas que hacer, un intercambio de palabras, aunque sea fugaz, puede ser muy significativo. El año pasado empezamos a trabajar cerca de Grenoble (donde vivimos), en un gran colegio de Corenc, dentro del ámbito de la supervisión: nos encargamos de vigilar a los alumnos en clase mientras hacen sus tareas y durante las horas de estudio individual por la tarde. Aunque vemos a los alumnos hasta cuatro horas seguidas, tenemos que hacer que se concentren y trabajen bien. Durante los exámenes, en el aula reina el silencio y mientras estudian está prohibido hacer cualquier cosa que distraiga. ¡No es la situación ideal para entablar un diálogo! Por otro lado, ellos mismos están condicionados por la presión de los exámenes, el estrés y, a veces, la competición entre ellos. No obstante, entre su estudio y su trabajo, me he topado con algunas preguntas muy bonitas que me hacen, momentos robados en mitad del frenesí diario, que irrumpe en el horizonte y lo amplía.

Por ejemplo, mientras camino entre los pupitres y observo a los alumnos de bachillerato, Joachim levanta los ojos del libro y me pregunta: «Perdone, ¿usted cree que existe el destino? Hemos estado hablando sobre eso entre nosotros; yo no creo, Margaux sí». O, por ejemplo, en el aula, entre el vaivén de los profesores y alumnos que piden notas, fotocopias, listas de asistencia, mientras espero la de mi clase, Frederic me la entrega con una pregunta: «¿Tú qué crees, Mariagiulia? ¿crees que el infierno existe?». Suena el teléfono y la campana: «¡Hay que entrar en clase pero tenemos que hablar de ello!», respondo. Y, aún más, mientras me paseo por la clase veo que Samuel no está haciendo nada, me acerco y él empieza un interrogatorio: «Hoy no consigo concentrarme. Pero quería preguntarle: ¿por qué va así vestida? ¿Cómo es que trabaja aquí¿ ¿Y por qué decidió ser monja?». También la pregunta de Kenza llega de manera directa: «¿Usted es monja?». Al decirle que sí, sigue comentando: «Entonces, usted es creyente. Realmente cree en Dios, ¿verdad?».

Al final de cada día me doy cuenta de que nuestra misión empieza justo en no dejar pasar una sola de estas conversaciones. Estas preguntas, robadas del ritmo frenético del día, de la rutina cotidiana, son tan fugaces que el minuto después podría llevárselas por delante. En cambio, son perlas que se nos ofrecen y que debemos custodiar porque si las tomamos en serio pueden convertirse en verdaderos tesoros: ocasiones de diálogo y de anuncio. Así, mientras atendemos nuestra tarea, Dios abre puertas.

 

Imagen: algunas misioneras de San Carlos con una familia (en el centro sor Mariagiulia), Grenoble, Francia.

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