Un año con jóvenes universitarios, sus preguntas, sus descubrimientos: compartir la vida significa formar parte de una unidad más grande.

Este año, junto con la hermana Antonella, tuve la gracia de seguir a un grupo de jóvenes de nuestra parroquia de los Protomártires romanos. Al comenzar la universidad, estos jóvenes se sintieron desafiados en muchos aspectos de su vida, especialmente sobre su fe.
Al principio nos sorprendió sobre todo la conciencia que tenían de su necesidad, que los empujaba a buscar respuestas. Durante nuestra primera reunión, me di cuenta de que, incluso sin saber a quién se hubieran encontrado delante suyo (¡nunca se habían visto antes!) se habían presentado lo mismo. Al final de ese momento, de hecho, uno de ellos dijo: «Estoy realmente feliz de que seáis jóvenes».
En estos meses hemos querido compartir nuestra vida con ellos. Por ejemplo, para el Adviento les regalamos un libro para orar Completas todos los días y les propusimos recitarlas juntos al final de nuestras reuniones semanales; después de Navidad, uno de ellos nos dio las gracias diciendo que había comenzado a orar de nuevo. Durante el año leímos junto a ellos un texto de Massimo Camisasca, luego tuvimos la oportunidad de conocerle, y los chicos le hicieron muchas preguntas. En los meses siguientes los invitamos a cenar a nuestra casa, a la vigilia de Pascua en el seminario y a la misa de mis votos definitivos. Después de estos momentos, uno de ellos nos dijo: «He entendido que vosotros os tomáis todo en serio; si tenéis que rezar, rezáis, pero si hay que divertirse, lo hacéis también ¡e incluso muy bien! «, y estaban asombrados de sentirse como en casa en estos lugares tan nuevos para ellos.
Al final del año, me sorprendió que dos chicos dijeran: «Venir aquí para mí se ha convertido en ir a ver unas amigas, que pueden ayudarme porque son mayores» y «Este momento con vosotras se ha convertido en un compromiso para mí, ya no es una cosa que hago cuando no tengo nada más que hacer; ahora sé que no puedo hacer nada más el jueves por la noche porque tengo que venir aquí, se ha convertido en un trabajo».
Cuando les dije que me hubiera ido definitivamente a los Estados Unidos, me sorprendió que, a pesar de que estaban afligidos, reconocieron presente entre nosotros una unidad más grande, que en la Iglesia vivimos siempre unidos por lo cual, como dijo uno de ellos, «en nuestra amistad hoy entran también los Estados Unidos, ¡se abre el mundo!»
(En la foto, un momento de La fiesta de «il Centro», en Roma – foto de Stefano Dal Pozzolo).

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