La santidad vivida marca la tierra donde vivimos y la hace sagrada, lugar de la memoria del Dios encarnado.

El pasado verano transcurrí un tiempo en nuestra casa de misión en Broomfield (Colorado). Para mí era un lugar nuevo y al mismo tiempo familiar: casas bajas, calles circundadas de árboles y parques como los de las afueras de Washington D.C., donde vive mi familia. Basta con que des la vuelta a una esquina para encontrarte ante la larga cadena de las Montañas Rocosas, que frecuentemente me han dejado impresionada.

Viendo que estaba fascinada por las montañas, un sábado por la mañana sor Patrizia y María me llevaron a una de las cimas más cercanas de la cordillera. Desde las pequeñas colinas, aún zona de praderas y coyotes, fuimos subiendo atravesando un cañón boscoso, entre abetos y álamos. A veces, a nuestras espaldas, en alguna curva se vislumbraba la inmensa llanura que se extiende hacia el este. Todo era precioso, pero mientras subíamos, empecé a tener un extraño sentimiento de soledad y pérdida. Después entendí: en los últimos años he vivido en Italia y me he acostumbrado a un paisaje inmerso en la memoria de un pueblo cristiano. En Italia es normal encontrar a lo largo de un camino un crucifijo, una capilla o una gruta donde quizás habría vivido un ermitaño, huellas físicas de una fe vivida. Nos recuerdan el origen de la belleza que nos rodea y nos señalan que Dios, creador de todas las cosas, se ha encarnado y sigue estando presente a lo largo de la historia. Nos hablan de un pueblo que camina junto a nosotros, el pueblo de los santos, aquellos que aún viven en la tierra y los que están ya en el cielo.

Nació en mí una aguda nostalgia de que también en mi tierra americana la Iglesia pueda construir lugares que muestren la cercanía de Dios hacia los hombres. En los días siguientes a la excursión me preguntaba: «¿qué podrá convertir en “santa” a esta tierra?». La respuesta se me hizo evidente al mirar durante ese tiempo a mis hermanas y a la obra misionera que llevan a cabo.

Un lugar se transforma en santo si hay uno que vive allí la relación sagrada que Dios quiere establecer con él. Tierra Santa es tal porque Jesús vino a habitar entre los suyos, pero también Asís es una tierra santa porque en ese lugar San Francisco vivió la relación con Él. Todo lugar en el que vivimos puede convertirse en santo y perdurar en la historia, si vivimos hasta el final el camino de la santidad a la que estamos llamados.

 

(En la imagen, vista de las Montañas Rocosas desde la casa de la Fraternidad de Denver, Colorado).       

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