Un episodio de justicia en las calles de Nairobi puede ser ocasión de identificarse con la humanidad de Cristo. Un testimonio desde Kenia.

Hace unos días, mientras leía el periódico me sorprendió una noticia: ¡Kenia estaba considerada como el país más generoso de toda África! El pasado domingo, celebraba misa en la universidad y cuando me referí a este dato me sorprendió que el pueblo se echase a reír. Esa risa era el reflejo de una percepción bien distinta de la realidad.

Según otra estadística, Kenia se encuentra entre los primeros treinta países del mundo a nivel de desigualdad entre ricos y pobres, y entre los cuarenta primeros por violencia social.

Al volver de misa en coche tuve la posibilidad de caer en la cuenta personalmente de la fiabilidad de ciertas estadísticas. Estaba yendo por una calle que da a la entrada de nuestra zona cuando me di cuenta de que había mucha más gente de lo normal. Todos corrían a ver algo, incluso un camión se paró a la entrada de una casa. Por un momento, tuve la tentación de darme prisa, superar el camión y llegar a mi casa por otro sitio. Pero al final me hicieron un hueco. El guardia de tráfico no estaba en su sitio, la calle estaba llena de gente armada con palos, barras de hierro y cuchillos. Toqué el claxon y el guardia me abrió camino. Me bajé del coche y me acerqué: en mitad de la calle yacía una persona exánime, boca arriba. Vi alrededor rostros llenos de odio y violencia. Este hombre había robado, le pillaron y una multitud de personas que se habían armado le persiguió para darle una lección, que normalmente acaba en la muerte. Mob justice, la llaman. Miré al hombre, miré a todos a la cara, me fijé en aquel que gritaba más. Se produjo un silencio increíble ante la presencia de un sacerdote. Con voz potente, grité: «¡Ninyi si Mungu!», «¡Vosotros no sois Dios!». El que estaba más enfadado me miró, después bajó los ojos y la barra. Me arrodillé al lado del hombre: tenía el rostro ensangrentado, un ojo magullado y le costaba respirar. Cogí un trozo de su chaqueta y le limpié la cara; me miró incrédulo con el otro ojo y dijo una palabra solo: «¡Agua!». Tenía la boca reseca. Pensé en el rostro de Jesús. La multitud me miraba en silencio. Entre los rostros que tenía alrededor, me fijé en el de una joven mujer. Le pedí que me trajera un poco de agua para lavarle la cara a aquel pobre hombre. Se fue corriendo pero no volvía. Le había parado la suegra, temiendo que la gente la matase. De hecho, un minuto antes de mi llegada, había sido ella quien había derramado un cubo de agua sobre el hombre, encendiendo la chispa que había avivado el fuego. Con un hilo de voz, él me dijo: «Sácame de aquí». Yo solo no conseguía meterle en el coche. Alcé la vista y miré a la gente en torno mientras metía las manos bajo las axilas del pobre hombre. Un hombre tiró al suelo una larga barra de hierro y me ayudó cogiendo las piernas de la víctima. Nos abrimos paso bajo los ojos de la muchedumbre, incrédula ante lo que veía y oía. De camino, compramos una botella de agua y nos paramos ante la policía para denunciar lo que había sucedido. Mob justice, declararon. ¿Qué había hecho aquel hombre? Nadie lo sabe. ¿Quién le acusaba? Nadie, nosotros no, ciertamente. Le llevamos al hospital, fuimos recibidos con frialdad por la enfermera. Al final, la ambulancia se puso en marcha y pusieron al hombre en una camilla. Con un hilo de voz me dijo su nombre. Rezamos juntos un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Le bendije. Él repitió: «Thank you, father».

A la vuelta, en la parroquia, me encontré con la mujer joven a la que había pedido agua: quería darme las gracias. Me doy cuenta de que lo que ha pasado nos ha unido en Cristo.

 

(Alfonso Poppi, sacerdote desde 1980, es párroco de St. Josep, en Nairobi [Kenia]. En la foto, una calle de la capital).

 

lea también

Todos los artículos