Querido Francesco,
Hace sólo un mes y medio que estoy aquí, pero tengo ya muchísimas cosas que contarte.
Durante la semana estoy ocupado en las actividades de la parroquia. La ujiacilie, la caritativa con los chicos con discapacidad, se está revelando cada vez más hermosa. Paso mucho tiempo con Andrew, un chico en silla de ruedas que destaca por su inteligencia. Ha aprendido inglés (uno de los pocos entre los chicos) mirando la televisión. El año pasado había pasado mucho tiempo con él, y era frustrante el hecho que cada dos segundos resbalara de la silla de ruedas (a menudo se pone tan rígido que no puede apoyarse en la parte trasera).
Ahora, en cambio, tiene una a su medida que lo mantiene recto. No sabiendo bien qué proponerle – dada su inteligencia pero también su incapacidad de manipular un lápiz para dibujar – en una ocasión decidí leerle un cuento. Estaba imantado. La vez siguiente volví con Las crónicas de Narnia, y hemos empezado. Le gusta mucho, y a menudo es la ocasión para enseñarle (y para mí de aprender) nuevo vocabulario. Es gratificante ver cómo se apasiona por la historia y qué contento se pone cuando lo animo después de una respuesta correcta. Si una pregunta mía es demasiado difícil, sacude la cabeza y suda como un loco. Por desgracia, me he dado cuenta de ello sólo después de algunos encuentros, así que antes de dejar de hacerle preguntas demasiado difíciles ¡le he hecho sudar unas cuantas veces!
En una ocasión me quedé muy contento de haber trabajado con Paul. Él es capaz de dibujar, de resolver problemas de matemáticas y otras cosas, pero me cuesta entender cuándo está realmente contento. Una vez preparé un origami, y él era la persona adecuada con quien hacerlo. Antes lo hice yo, después él conmigo. Se bloqueaba con los pliegues de papel más difíciles. Entonces decidí dejarle libre de completar el paso que había empezado mal para que, sacrificando mil hojas, pudiera equivocarse y darse cuenta de que el camino emprendido no funcionaba. Sólo entonces podía demostrarle el camino correcto. ¡Qué satisfacción ver los pasos hacia delante que ha dado! Las manualidades son un gran instrumento educativo. Al final completamos el cisne, lo hemos puesto en un pequeño recipiente y regalado a las señoras de la cocina. La vez siguiente estaba contento de verme. Y lo estaba también yo.
Después está el Meeting Point, donde asistimos a los enfermos de SIDA. Allí todos hablan kiswahili, por lo cual a menudo me siento como un pez fuera del agua. Aunque su acogida haya sido estupenda desde el comienzo, sólo ahora empiezo a no sentirme un extraño para ellos. Todos tienen unas historias increíbles: son unos santos. Hay una señora mayor que vende leña: se carga sobre la espalda una pesada cesta que lleva por ahí desde la mañana hasta la noche. Deberías ver el rostro que tiene: hermosa, feliz. Ha sido literalmente salvada. El Meeting Point se vuelve más y más africano: ellos mismos empiezan a hacerse cargo de los miembros y de otros enfermos que encuentran e invitan.
Las historias son muchas, quizás demasiadas para contarlas todas, pero te aseguro que cada día asisto a verdaderos milagros.
He ido a una Jumala -una misa de la comunidad del barrio- donde Dora, madre de dos niños casada por lo civil, se hacía bautizar para casarse dos días después en la iglesia. ¡Esa cara que tenía! Feliz, seria, sobria. Conmovedor: pienso que los acontecimientos que relata Lucas en los Hechos son adecuados para expresar esta escena. Aquella noche entendí y aprecié la liturgia del bautismo. Todo rematado por cantos africanos que llenan literalmente el corazón.
Mañana a las seis acompaño a don Gabriel Foti a la peregrinación a Komarok con los universitarios.
Todas estas jornadas se enmarcan entre el silencio de la mañana y la adoración eucarística de la noche. Vivo amando a Jesús y estoy muy contento. Un abrazo,

Emanuele

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