Las preguntas de los niños nos ayudan a descubrir la respuesta última, el amor de Dios por su criatura.

Cuando el niño era niño, era la época de estas preguntas: «Por qué yo soy yo y por qué no eres tú? ¿Por qué estoy aquí y por qué no estoy allí? ¿Cuándo empieza el tiempo y dónde acaba el espacio? La vida bajo el sol ¿es quizás tan sólo un sueño?»

Así habla Damián, uno de los ángeles que, en la película El cielo sobre Berlín, tienen el encargo de guardar y custodiar a quienes viven en esa ciudad. Estamos en los años ochenta, en plena guerra fría, y la capital alemana aún está dividida en dos. La capa opresora de la ideología provoca, en los que viven allí, la resignación a una vida que se repite cada día en un gris siempre igual. La vida de las personas se arrastra cansinamente, sus deseos han sido tristemente frustrados, la realidad para ellos parece haber perdido interés. Cuando el niño era niño, era la época de las preguntas. Ahora ya no. Cuando para los adultos la realidad pierde interés, cuando los mayores ya no tienen respuestas, incluso los niños dejan de preguntar. Pero preguntar es el principio del pensamiento, de la cultura, de la filosofía. Los niños son los primeros filósofos. Y la pregunta tiene sentido sólo si hay alguien que tenga el valor de buscar las respuestas, de intentarlas, de proponerlas. Sin una hipótesis de respuesta, el niño, el hombre, deja de preguntar. Y se acaba por aceptar, resignados y de forma acrítica, el compromiso con lo que el mundo nos ofrece. Se trate de la ideología impuesta por un poder político opresivo, como en la Alemania del Este de hace treinta años, o de la más engañosa que hoy, a través de todo tipo de medio de comunicación, nos transmite los nuevos valores del progresismo reinante.

Dice von Balthasar: «El niño se despierta a la conciencia de sí como evocado a esta conciencia por el amor de la madre». Y el amor de la madre y del padre se cumple cuando se traduce en una propuesta a su libertad, hecha también de gestos, sugerencias, juicios.

Cada uno de nosotros es ese niño, que necesita ser escuchado en sus preguntas y necesita, a su vez, escuchar unas respuestas. Pide que alguien se implique en su vida, alguien que esté dispuesto a guiarle, corregirle e incluso a aprender de él a preguntar y dejarse interrogar nuevamente por la realidad.

Al final de la película, el ángel Damián, que se ha enamorado de una mujer que observaba todos los días el cielo gris de Berlín, decide abandonar su naturaleza celestial para convertirse en un ser humano, diciendo: “Asombrándome del hombre, me convertí en hombre”. Damián se vuelve mortal para poder compartir con su amada sus dramas y sus alegrías, para afrontar, junto a ella, los desafíos y los interrogantes que la vida le pondrá delante. En la Navidad, también Dios se hace hombre por amor de Su criatura. O mejor, se hace niño. Para suscitar en nosotros unas preguntas. Y sugerir las respuestas.

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