Proponemos una meditación de don Paolo Sottopietra, escrita durante las ordenaciones sacerdotales y diaconales de junio, sobre el sacerdocio y su eficacia totalmente donada por Dios.

En estos días un nuevo grupo de jóvenes hermanos nuestros llega a la ordenación diaconal y sacerdotal. Mirándolos, dispuestos a partir para su misión, pasan por mi mente las ciudades y las calles que les esperan. Su vida se desarrollará en el servicio de Dios y de la Iglesia, en países lejanos, en contacto con hombres y mujeres que aún no conocen. Pienso en los patios y en las casas donde entrarán, en los rostros de quien les abrirá la puerta. En su interior, encontrarán niños y jóvenes a quien invitar, ancianos a quienes llevar la comunión, enfermos para ser ungidos con el óleo santo. Pienso en cuantas veces dirán “Yo te absuelvo de tus pecados”, llevando el consuelo a quien está oprimido por su propio mal; y cuantas veces repetirán en la misa “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”.

Casi todos los días de su vida hablarán con alguien que busca un consejo: un joven que debe tomar una decisión importante, una pareja que se está preparando para casarse o que no encuentra las razones para hacerlo, una mamá o un papá preocupados por los hijos. Las palabras que dirán podrán quedar como puntos de luz en la vida de tantos, les acompañarán. Habrá también quien pida cuentas de la enseñanza de la Iglesia, quien buscará provocarles, quien se mofará de ellos. Cada encuentro les dará la oportunidad de retomar conciencia de la belleza de aquello en lo que creen. Cada vez podrán dar nuevamente testimonio que vivir para Cristo vale la pena.

Su tarea no será siempre fácil. Mientras los miro, pienso en los momentos difíciles que tendrán que pasar, en los errores que cometerán. Sus infidelidades, pequeñas o grandes, podrán desafortunadamente obstaculizar el camino de las personas que les serán confiadas. Y es justamente éste el pensamiento que siempre me vuelve a sorprender: Dios no ha hecho de la santidad de sus curas una condición para la eficacia del sacerdocio, sino que continúa sirviéndose de hombres frágiles y falibles para comunicar su presencia. Es un hecho consolador y vertiginoso al mismo tiempo, que la fe nos enseña a afirmar en su desarmante objetividad. Los pecados y los errores de los sacerdotes no quitan nada a la fuerza divina que se transmite por medio de las palabras y los gestos propios de su tarea.

Este misterio sin embargo no nos libera de la responsabilidad de ser dignos de lo que llevamos. Al contrario, la hace más apremiante. No sólo por nosotros mismos, sino también por las personas a las que somos enviados. Son bellísimas las palabras con las que el obispo, al final del rito, recuerda al sacerdote que acaba de ordenar: date cuenta de lo que harás, imita lo que celebrarás. Conforma su vida al misterio de la cruz del Señor Jesucristo. Al mismo tiempo lo confía a la protección de Dios y le recuerda que a Él debe mirar, para sumergirse en una tarea tan superior a sus fuerzas: el Señor Jesucristo, que el padre ha consagrado en Espíritu Santo y potencia, te guarde para la santificación de su pueblo. En la fuerza del Espíritu está toda nuestra esperanza.

 

En la imagen, don Davide Tonini con algunos fieles en Ciudad de México.

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