Una de las experiencias más misteriosas y fascinantes del sacerdocio es aceptar la voluntad de Dios. Se trata de un «desposeimiento» gradual que encuentra su punto culminante en la ceremonia de la ordenación y que se despliega, a partir de ese momento, en cada instante de la vida. El ejemplo más emblemático es, sin duda, la celebración de los sacramentos, en los que destaca la desproporción entre la limitación de la persona y la grandeza de Cristo que se apodera de palabras y gestos humanos. Cada momento de mi vida es en realidad una realización de esta misteriosa donación, a través de la cual experimentamos una plenitud inimaginable.
Durante el seminario, añoré muchas veces aquel primer y ya lejano instante en el que dije de sopetón el primer «sí» a la posibilidad de empezar el camino hacia el sacerdocio. En cierto sentido, tenía necesidad de aquella pureza, de aquella entrega total que yo había vivido a la edad de dieciocho años. Después, el día de la ordenación sacerdotal lo pedí con insistencia al Señor: «Haz que vuelva a ser puro y simple como aquella vez». Al momento no pareció suceder nada… pero Dios, siendo un Padre bueno, te toma muy en serio y espera pacientemente hasta el momento en que decide qué y cómo pedirte que cambies.
Ha sido así con la separación física de mis seres queridos, después con una serie de cambios de programa en mi actividad pastoral, luego con la partida hacia un destino que no había osado imaginar, pero por el que desde el primer momento sentí una enorme gratitud. Y finalmente, en la vida en la misión, entrar en una historia de relaciones y de obras en las que soy tan solo el último peldaño, y servir a aquello que había sido construido por otros.
Aprender a hacer la voluntad de Dios es por tanto un proceso gradual. Cuando vamos a la montaña no podemos pensar que alcanzaremos la cumbre sin una preparación adecuada y una larga marcha de aproximación. Incluso en mi vida aceptar la voluntad de Dios pasa siempre a través de pequeñas cosas, quizás banales, que educan el corazón para aceptar los grandes retos de la vocación. Todo es ocasión de crecimiento y de conversión: vivir en un país extranjero, aceptar una forma de cocinar lejana a tu sensibilidad o juntarse para cantar con otros amigos en una velada que habías proyectado de forma totalmente distinta. Al mismo tiempo, he tenido que aprender y estoy aprendiendo que para crecer es necesario también obedecer a quien ama mi vida. Solo siguiendo la voluntad de otro que va por delante en el camino puedo ser sostenido y ayudado para descubrir la positividad de la existencia y el designio oculto en cada pequeño paso que Dios me pide de dar.
Solo esta experiencia de «desposeimiento», que san Pablo describió con tanta intensidad con la frase «Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí» [Gal 2, 20], no es ciertamente una prerrogativa del sacerdocio, sino una consecuencia del bautismo. Todos estamos llamados a vivir esta realidad misteriosa, que no excluye el drama de la libertad, pero cuya belleza vence sobradamente toda resistencia inicial. Hacer la voluntad de Dios es por tanto un camino hecho de pasos que hay que dar cada día, hacia la gran meta de la felicidad que otro nos ha preparado y cuya belleza no podemos ni siquiera imaginar.

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