La historia de la vocación de Antonio Acevedo, uno de los cinco sacerdotes ordenados el 23 de junio.

Los primeros diez años de mi vida los pasé en Bogotá, Colombia, donde recibí el don de la fe. Mis papás me enseñaron a rezar y me transmitieron la certeza de que la vida ante todo es buena. Mi abuela me enseñó a rezar el rosario y los domingos veía a todos mis amigos, del conjunto donde vivíamos, en misa. Sin embargo, las condiciones de inseguridad fruto del conflicto civil colombiano, llevaron a mis papás a tomar la decisión de buscar un lugar “más amable” para la familia y emigramos a Vancouver, en Canadá. Fue allá donde tuve la primera intuición clara de que Dios quería que fuera sacerdote. Un fin de semana, mis papás me llevaron a visitar un internado benedictino para decidir si quisiera ir a terminar mi colegio allá. Apenas llegamos, encontramos las puertas cerradas por ser de noche, pero noté que había una ventana con las luces prendidas. Decidí golpear en la ventana y llegó el rector, quien me dijo: “Entra por la ventana”. Sorprendido, me despedí de mis papás mientras él, sonriendo, continuó: “Bienvenido, cuando seas sacerdote, podrás decir que entraste al seminario por la ventana”. Quedé con la boca abierta: fue en ese momento que caí en cuenta que se trataba de un seminario. Ese fin de semana en el seminario, pude ver la vida de servicio de los monjes: las laudes temprano y el trabajo en el campo. Era un tipo de vida que me fascinaba y al mismo tiempo me asustaba. Cuando regresaron a recogerme mis papás, les dije que no quería ir a ese colegio. En realidad, me puse a pensar: “Será que Dios quiere este tipo de vida para mi?”
Poco después, luego de trasladarnos a Washington D.C., donde mi papá encontró un mejor trabajo, me encontré en otro colegio benedictino. Me surgieron nuevos interrogantes que no respondían a las preguntas, que como joven, llevaba en el corazón: “qué sentido tenía que nos hubiéramos trasladado a Estados Unidos? La guerra, en un primer momento y las oportunidades de trabajo en segunda instancia, nos habían llevado hasta allá, pero estos hechos no eran suficientes: buscaba una respuesta definitiva. Me preguntaba si era posible ser feliz ahora en este mundo y no tan solo algún día en el cielo. Al no encontrar las respuestas a estas preguntas, decidí dedicar todas mis energías a estudiar, pensando en regresar un día al Canadá.
Sin embargo, durante mi último año de colegio, mi vida cambió de manera impredecible: al llegar al colegio, el primer día, conocí a cuatro estudiantes italianos de intercambio, que fueron a cursar ese año en mi curso. Sentí de inmediato una atracción especial hacia ellos, quienes me ofrecieron su amistad sencilla y contagiosa. Un día, antes del almuerzo, me invitaron a rezarle a la virgen mediante una oración muy bella que no conocía: era el Ángelus. Intuí que al centro de sus jornadas estaba presente la fe, y me impactó poderosamente su alegría. Al final del año, me encontré en paz con migo mismo: entendí que no tenía que irme a ningún otro lado para ser feliz, me bastaba estar con ellos. Allí encontré la respuesta a mis preguntas: había dejado mi país natal para encontrarlos.

Nuestros caminos tomaron cursos distintos: yo terminé en la universidad en Vancouver, Canadá, y ellos regresaron a Italia. Antes de irse, me dijeron que su amistad era para siempre y tenía un nombre: Comunión y Liberación. En consecuencia, cuando llegué a Vancouver, busqué y encontré nuevos amigos que pertenecían a ese movimiento: caras no conocidas, pero familiares. Durante mis cinco años de universidad, entendí que la posibilidad de entregar mi vida a Dios, algo que nunca había dejado de desear, había encontrado un lugar donde volverse realidad. Tuve la oportunidad de compartir todo con ellos: desde la pasión por el estudio hasta una buena comida y una buena cerveza. Entendí que la fe tiene que ver con estas cosas, es más, las hace más bellas: nos dan la posibilidad para afirmar nuestra pertenencia a Jesús, aquel quien nos permitió estar juntos. Gracias a su compañía, sentí la necesidad de compartir la belleza de una vida así y pedí entrar al seminario de la Fraternidad San Carlos: la casa que me acogió para abrazar la vida con todos, sea en una comunidad conocida y cercana o en los confines más extremos del mundo.

lea también

Todos los artículos