Proponemos la historia de Patrick Valena, nuevo sacerdote ordenado el 23 de junio.

“Santíguate y di las oraciones”. Así me decía mi mamá cuando era niño, ajustándome las mantas, empezando por el día en el que, en el salón de casa, ella y papá nos habían enseñado a mí y a mi hermana el Padrenuestro y el Ave María. Es uno de mis primeros recuerdos, tal vez el momento en que me di cuenta del hecho de que Dios está y nos pide algo, por lo menos no ser olvidado y pedirle ayuda. Nací y crecí en Delebio, en un pequeño pueblo entre las bellas montañas de Valtellina, cerquísima del Lago de Como. Mi infancia está ligada a la vida de la parroquia, donde mi camino se encontró con el de dos sacerdotes. Para mí era bonito estar con don Angelo en el oratorio, asistir a sus clases de religión en el colegio. Reconocía en aquel joven cura a un hombre feliz de entregarse totalmente para el bien de los chicos. En la cuarta clase de primaria empecé a hacer de monaguillo y conocí a don Giovanni, el párroco, persona sobre manera sobria, determinada, austera, a veces también un poco severa. Recuerdo en especial la profunda conmoción que tantas veces vi en su rostro durante la misa. Realmente acontecía algo, cuando  acogía la ostia entre sus manos. Él lo sabía, estaba seguro, lo percibía y yo me daba cuenta a través de su voz resquebrajada, de sus ojos lustros. También aquel sacerdote anciano era un hombre feliz. En un momento dado, durante mi adolescencia, se abrió camino en mi corazón este pensamiento: “Cuando sea mayor yo también seré como estos dos curas, antes como don Angelo y luego como don Giovanni”. Pero me guardé la cosa para mí, no la hablé con nadie. Los tiempos aún no eran maduros.

A partir de 2003 empecé a estudiar en el bachillerato clásico de Sondrio. Aquí sucedió otro encuentro decisivo, el que marcó más profundamente mi vida: fue el encuentro con Livio De Petri y la pequeña pero apasionadísima comunidad de Juventud Estudiantil (GS) que se reunía a su alrededor en el oratorio de Poggiridenti. La experiencia de GS me permitió descubrir las razones profundas de la fe que ya me había sido dada y me enseñó que el cristianismo es alegría. Todo esto me introducía, paso a paso, dentro un diálogo personal con Dios y me obligaba a preguntar: “¿Qué quieres, Señor, de mi vida?”.

Estos mismos años fueron marcados también por otras experiencias importantes: la pasión por el estudio, la banda de música de mi pueblo, el teatro, un vínculo importante con una chica.  El nuevo párroco de Delebio me propuso ser el catequista de un grupo de chicos de bachillerato, un poco más jóvenes que yo. Con muchos de ellos nacieron y crecieron rápidamente profundas relaciones de amistad. Pero sobre todo me encontré lleno de un enorme deseo de dedicar mi vida, a tiempo pleno y sin reservas, a proponer a todos la alegría de la fe. En estos mismos años tuve que afrontar también dos pruebas muy duras: un periodo no breve de enfermedad muy grave y la trágica desaparición, con solo quince años, de Claudio, uno de los chicos de mi grupo por un accidente. Estos dos hechos hicieron crecer en mí la radicalidad y la urgencia de la pregunta sobre la finalidad de la vida. Durante el último año de bachillerato, se hizo claro que deseaba ser sacerdote: sólo la fe me sostenía verdaderamente y yo estaba dispuesto a renunciar a todo para poder servir a Jesús. La intuición que había tenido cuando era niño volvía, cargada de razones y llena de hechos que la sostenían.

En 2008 me mudé a Milán para estudiar filosofía en la Universidad Católica. Los tres años de universidad se caracterizaron por amistades intensas dentro de la comunidad de CLU. Encontré algunos misioneros de la Fraternidad San Carlo con quienes me encariñé, y empecé a seguirles. No deseaba otra cosa que vivir como ellos, es decir ser un sacerdote que vive con otros sacerdotes, disponible para la misión en el mundo. En abril de 2011 me encontré por primera vez con don Massimo, que me acogió enseguida en el seminario. Empezó así mi aventura en la Fraternidad San Carlos.

 

(Patrick Valena, de Valtellina, tiene 29 años y trabajará con el obispo de Reggio Emilia-Guastalla, Mons. Camisasca. En la foto, un momento de ordenación sacerdotal).

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