La homilía de Paolo Sottopietra en la primera misa de los sacerdotes ordenados el 22 de junio. Meditación sobre la eucaristía, sacramento de unidad.

Yo recibí del Señor lo que os transmití, escribe Pablo a la comunidad cristiana de Corintio con autoridad y consciente de ser heredero de la tradición. El Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Éste es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Asimismo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía» (1Cor 11, 23-25).

Pablo transmite los gestos y las palabras que ha recibido por revelación de Cristo resucitado. Él se une así a los demás apóstoles. También ellos transmiten los mismos gestos y las mismas palabras que Jesús les había enseñado durante la última cena mientras estaba físicamente con ellos, y que, más tarde, les repitió durante el breve tiempo en que se les apareció tras la resurrección. También nosotros, al cabo de veinte siglos, transmitimos los gestos y las palabras de quien nos ha precedido, que reviviremos a continuación. De hecho, Pablo dice: Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga (1Cor 11, 26).
Memoria y anuncio, pasado y futuro se encuentran aquí, en el altar donde el sacerdote consagra el pan y el vino, y los distribuye como hizo el mismo Jesús. Por tanto, la celebración de la eucaristía es un acto de tradición en el sentido más estricto y esencial del término.

Hace casi cien años, el escritor francés, François Mauriac, escribía estas preciosas líneas en un artículo dedicado a la memoria de la última cena de Jesús: «Nos gustaría detenernos, volver a encontrarnos en el lugar donde la frente de Juan se apoyó, volver a vivir en espíritu el minuto de la historia del mundo en que el pan fue partido, en torno a un gran silencio, cuando pocas palabras bastaron para firmar la nueva alianza del Creador con su creación. Desde entonces, en memoria de Aquel que pronunció aquellas palabras, miles de sacerdotes se inclinan sobre el cáliz, miles de vírgenes velan ante el sagrario, legiones de siervos de los pobres comen aquel Pan, signo de su sacrificio cotidiano; a lo largo de filas infinitas, todos los niños que hacen la primera comunión entreabren los labios aún no contaminados, y, en memoria del Salvador, una multitud inmensa de impúdicos, asesinos y prostitutas vuelven a encontrar la pureza de los primeros años en contacto con esa Hostia, que les vuele similares a los más pequeños. Desde aquella noche, surgen en mitad de la tierra las columnas de Vézelay y de Chartres, anhelantes del Pan viviente, que dará la vida al mundo» (François Mauriac, Jueves Santo).
«Pan viviente». He aquí el aspecto realmente admirable: este acto de tradición, renovando la memoria de algo que hemos recibido, posibilita que suceda algo vivo, una Presencia viva y vivificante, aquí y ahora entre nosotros. Nada más lejos de una tradición entendida como una forma vacía, como herencia que desde el pasado ha llegado hasta nosotros, pero inerte y sin vida. Aquí, en cambio, ¡forma y vida coinciden de un modo evidente! Justo aquí, en la eucaristía, en el mismo acto de transmisión del hecho originario sobre el que se funda toda nuestra fe y desde el que nuestra vida recibe respiro y sentido: ¡la muerte y la resurrección de Cristo!

Es tan grande el asombro de los cristianos ante este hecho que, para celebrarlo, a lo largo de los siglos se han erigido miles y miles de iglesias, basílicas y catedrales, joyas de arte y de belleza, preciosas y decoradas por manos de miles de pintores, escultores y artistas de todo tipo. Cálices, patenas, sagrarios, tapices de hechura finísima: el ímpetu de fe y de maravilla ante el milagro de la eucaristía ha superado frecuentemente las posibilidades económicas y los recursos humanos de quien ha llevado estas obras, implicando el trabajo y las energías de generaciones posteriores. Mauriac piensa en la Edad Media y en su Francia, nombra a Vézelay y Chartres con sus columnas esculpidas, pero en toda Europa y en el resto del mundo nos encontramos con estos admirables edificios, y no solo en las grandes ciudades sino también en pequeños pueblos aislados. A nosotros nos basta con admirar hoy el esplendor de la basílica en la que nos encontramos, dedicada a san Clemente, el tercer sucesor de Pedro sobre la cátedra de Roma, con su famosísimo mosaico absidial.
Todo esto nace de un único deseo: ofrecer un lugar digno en el que, al inclinarse el sacerdote ante el pan y el vino, filas de hombres y mujeres, mayores y niños, monjes y laicos puedan acoger cada día en sus labios aquello que el mismo Jesús llamó Pan del cielo (Jn 6, 32).

En este momento nuestra meditación sobre la eucaristía ya está enfocada en una contemplación maravillada de la Iglesia. Quien recibe la trasmisión iniciada por los apóstoles es la Iglesia; los hombres y las mujeres que acogen esta tradición se convierten en Iglesia. Por tanto, la eucaristía es sacramento de unidad porque reúne a personas que viven en los diferentes puntos de la tierra, y porque atrae a personas y pueblos a lo largo de todo el tiempo de la historia en una única corriente. Un pueblo único que recibe esta tradición cada domingo y cada día. Un pueblo que, mientras escucha las palabras de la memoria que nos ha sido entregada, se convierte en testimonio de un milagro que siempre se renueva, fresco y vivo, un milagro que permite a todos aquellos que lo desean la posibilidad de una unión íntima y personalísima con Cristo.
De la eucaristía nace la Iglesia y esta transmite el recuerdo que vuelve a hacer posible el milagro: en este círculo que se renueva continuamente la Iglesia prolonga la presencia de Cristo en la historia.

Queridísimos Marek y Francesco, el sacerdocio al que habéis sido llamados está en el centro de este hecho, a la vez íntimo e inmenso.
El sacerdocio es servicio a este hecho, que empieza en la humildad de un trozo de pan y de un vaso de vino, que continúa en mi vida y en la tuya, cambiadas por la comunión con Cristo, y que termina en la vida eterna, en la comunión plena con Él y entre nosotros en el envite eterno, como dice la liturgia de hoy. Un milagro cotidiano que, acompañando nuestro camino hacia el cielo, lleva al pueblo de los cristianos a sembrar la tierra de verdaderos tesoros de arte, de música, de sabiduría, de cultura, de leyes y costumbres dirigidas a reconducir a las relaciones entre los hombres al respeto y a la justicia. Espléndidos signos que, aún siendo imperfectos y siempre mejorables, son profecías concretas de una civilización de amor en la que el hombre puede vivir y crecer según su verdadera dignidad.
Marek y Francesco, os deseamos que siempre podáis vivir conscientemente dentro de este gran horizonte misionero, en el que el protagonista es el mismo Cristo, presente en cada pequeña hostia –que desde ahora en adelante consagraréis todos los días de vuestra existencia– y vivo en la Iglesia a la que estáis llamados a amar y servir. Que vuestros corazones y vuestras manos puedan ser siempre dignas de aquello que reciben y transmiten.

Homilía de la primera misa de Marek Mikulastik y Francesco Montini. Basílica de San Clemente al Laterano. Roma, 23 de junio 2019 – Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

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