La homilía de mons. Paolo Pezzi, arzobispo de la Madre de Dios en Moscú. Durante la celebración de las ordenaciones sacerdotales y diaconales de la Fraternidad san Carlos.

Queridos ordenandos:

 

Hoy es un día particularmente importante para vosotros y para toda la Iglesia, en el que el sacerdocio y la Eucaristía se unen en vuestras vidas, en vuestra vocación.

 

El primer aspecto que querría meditar con vosotros es el sacerdocio como preferencia y elección de Cristo. El Génesis es lúcido al hablar de un extraño personaje, Melquisedec. Subraya algunos de sus aspectos que después serán centrales en la tradición de la Escritura: es rey de la paz, no tiene una genealogía, ofrece pan y vino.
Pero Mequisedec también es sacerdote. Justamente esta característica es retomada por el salmista y, al final, por la Carta a los Hebreos. Un sacerdocio que es fruto de una elección, de una predilección absolutamente única y gratuita por parte de Dios. Si el sacerdocio levítico se nos muestra más bien como un servicio, como un ministerio, un servicio para el bien de la comunidad (y para garantizarlo será transmitido de padres a hijos, habiendo una tribu destinada a ello), el sacerdocio de Melquisedec sitúa en primer plano la gratuidad de la elección –«te he escogido porque te he escogido, te he amado porque te he amado», dice Dios– y su duración. El para siempre dirá el salmo, y, aún más, desde la eternidad, como dice la Carta a los Hebreos, como si el sacerdocio y la preferencia estuviesen en el designio de Dios ya antes del tiempo: «Con amor eterno te he amado», escuchará Jeremías; «Tú nos has amado, Señor, desde lo profundo del tiempo», decía un viejo canto del movimiento.
Ahora bien, creo que para vosotros, los que hoy seréis ordenados –ya seáis sacerdotes o diáconos, desde el punto de vista de la preferencia de Dios esto no tiene importancia– es decisiva la conciencia de haber sido elegidos, la certeza de ser preferidos. La conciencia de la preferencia indica dos aspectos: es fuerza en la debilidad, es capacidad humilde de volver a empezar siempre, es fuente de asombro continuo; pero también es consuelo en la tribulación, orientación en la persecución, dulce compañía en los días a veces grises y sin excepcionalidad aparente. Una vez, don Massimo nos dijo que la memoria de la preferencia, de la vocación, es contenido del instante, es la roca capaz de frenar el mar, es la llama que milagrosamente puede iluminar toda una noche.

 

El segundo punto tiene que ver con la Tradición. Pablo no duda al hablar de la conciencia de transmitir aquello que hemos recibido y que no hemos creado nosotros mismos. Para él se trata de la humilde certeza de estar inmersos en una historia, en un pueblo que nos precede y que permanecerá después de nosotros. Sin amargura y sin orgullo, hablará de sí mismo como un apóstol, como un elegido para una misión única, pero no como lobo solitario o héroe sin vínculos. En las últimas cartas focalizará su atención en la fraternidad con sus colaboradores.
La Tradición tiene la finalidad de incorporaros en una historia, en la historia de la Iglesia a través de un carisma, de don Giussani, del movimiento de CL, con vuestro rostro particular, con vuestra vocación, con vuestro ser sacerdotes de la Fraternidad San Carlos.
Por tanto, la conciencia de la Tradición es conciencia de pertenecer a este pueblo, a esta historia. No estáis dentro de esta historia como patatas dentro de un saco, sino como piedras vivas, con conciencia de pertenecer, diría humildemente orgullosos de pertenecer a este pueblo, a esta historia.

 

Un tercer aspecto que indica la liturgia de hoy es la misión, que querría retomar con vosotros indicando sus rasgos como servicio sacerdotal, como dilatación de la comunión, de la vida que trae consigo. En una antigua traducción italiana de este fragmento del Evangelio, accidental e irónicamente ambigua, se recitaba: «dad vosotros mismos de comer». Está claro que en el texto original «vosotros» es sujeto y no complemento directo, pero me resultó interesante esta ambigüedad cuando escuché comentarla. Nosotros solo nos podemos dar a nosotros mismos, a aquello que nos constituye, aquello que nos hace ser lo que somos. Por tanto, seréis sacerdotes misioneros en la medida en que tengáis claro y en cuenta, ante vuestros ojos, quienes sois, en la medida en que la casa y la vida común no sean solo un pretexto, o peor aún, un impuesto que pagar, un deber, para después hacer lo que queráis. No, la comunión, el generar juntos es justamente aquello que nos constituye, y, por tanto, aquello que podréis y deberéis dilatar, si no queréis que el río de la Iglesia se seque. Puesto que de vuestra fidelidad, apoyada por entero sobre la fidelidad de Dios, depende vuestra misión.

 

Dicho esto, podemos entender bien el lugar que puede y debe ocupar el silencio, esta estructura monástica de nuestra vida, la “columna vertebral monástica” como la llamó don Massimo al principio de nuestra misión en Siberia. En su documento sobre la santidad, el papa Francisco cuenta que un día san Bernardo se dirigió a sus monjes con estas preguntas: «Entonces, me atrevo a preguntarte: ¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con Él sin prisas, y te dejas mirar por Él? ¿Dejas que Su fuego inflame tu corazón? Si no le permites que Él alimente el calor de Su amor y de Su ternura, no tendrás fuego, y así ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras?» (Francisco, Gaudete et Exultate; Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares). Creo que cada uno de vosotros podéis dejaros interrogar por estas preguntas, no solo para vuestra propia vida espiritual, sino también para la propia dedicación pastoral, ya que el primer riesgo de división entre la oración y la realidad externa, entre la vida espiritual y la vida pastoral se encuentra en nosotros mismos.
Personalmente, estas preguntas de san Bernardo me han conducido con la memoria a los primeros años del seminario, al momento en que un buen día me di cuenta que la oración no me estaba separando ya de la realidad que me rodeaba.
Estaba “haciendo silencio” –como decíamos en el seminario–, es decir, en silencio contemplaba el Rostro de Cristo, y recuerdo que quizá, por primera vez, dije de modo consciente “Tú” a Cristo. Me encontraba ante una reproducción del icono de Cristo Salvador de Rublev, imagen que tiene relación con el origen de mi redescubrimiento del cristianismo. Don Massimo y don Giussani nos pinchaban frecuentemente para que nos arriesgásemos a decir “Tú” a Cristo.
Me di cuenta aquel día, rezando de rodillas ante el icono, que toda la realidad, toda la historia, incluyendo la mía, mis éxitos y fracasos, los encuentros realizados, la belleza del mundo y de los rostros humanos, la fealdad y el dolor por el mal en el mundo, estaban misteriosamente, pero realmente abrazados, incluidos en aquella relación. La contemplación no es una fuga de la realidad, sino la posibilidad de llevar hacia delante, hacia el destino toda la realidad.
Así empecé a amar el silencio, no porque me podía aislar del mundo, sino porque me permitía llevar dentro a todo el mundo. El contenido, por así decirlo, de mi relación con Cristo está hecho de la memoria sorprendida por la vocación que Tú, oh Cristo, me has dado y me das ahora: Tú, oh Cristo, me has elegido, me eliges ahora, me has llamado, me llamas ahora, no te has parado y no te frena toda mi indignidad; Tú la has restaurado y recompones de nuevo en unidad mi humanidad a través de la memoria de mi vocación; Tú la has purificado y la purificas de toda fealdad del pecado a través del gran e inimaginable don del perdón, de la confesión.

 

Queridos ordenandos, hoy volvemos con el corazón al misterio de la presencia de Cristo en la vida y en la historia de la Iglesia: el Corpus Domini. La adoración eucarística es la relación con Cristo en la Iglesia. He aprendido a dejarme mirar por Cristo en el tiempo que paso ante el Santísimo Sacramento, normalmente cada mañana antes de la Santa Misa. Aquella Presencia dulcísima y tiernísima, absolutamente indefensa y, al mismo tiempo potente, es el corazón del mundo, trae consigo toda la realidad creada, mi vocación y misión. San Juan Pablo II, en su carta Mane Nobiscum Domine del 2004, escribía esto sobre el año eucarístico: «Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria en la adoración».
 
Amen. Veni Sancte Spiritus, veni per Mariam.

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